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Sentencias (de muerte)
Pongo a disposición de mis lectores un nuevo servicio. Se trata de una lista de aforismos que no significan nada y que permiten impresionar a los amigos y a las citas de buen ver sin correr el riesgo de que a uno le lleven la contraria. Son absolutamente inofensivas: nadie podrá enfadarse con quien las diga por el hecho de que su opinión le resulte molesta. Eso sí, como estas máximas no quieren decir nada en absoluto, para triunfar con ellas es necesario declamarlas con suavidad, levantando ligeramente una de las cejas y, quizás, sonriendo con picardía. El dedo índice de la mano izquierda ha de estar moderadamente alzado, sin llegar a la rigidez. Cuando no hay nada que decir, la pose es esencial. Por supuesto, también hay que tener la suficiente agilidad como para cambiar de tema justo después de que los interlocutores hayan quedado impresionados con el ingenio de uno y justo antes de que se den cuenta de que no hay tal ingenio. O sea, que no les dé tiempo a pensar e incluso que al final de la tarde comenten: "¿Cómo era aquello tan rebonito que dijo?", pero que no lleguen a acordarse, no sea que se den cuenta de que decir, lo que se dice decir, no se dijo nada. Aquí va la primera remesa: -Todo el mundo es igual, hasta que te fijas y te das cuenta de que todo el mundo es diferente. -El problema de la izquierda no son los ideales, sino las ideas. Y el problema de la derecha no son las ideas, sino los ideales. -La muerte es como el final de una película que es comedia y tragedia a la vez. -La literatura es el planeta en el que viven los libros. -Para vivir la vida, hay que dejar transcurrir los años. -El dinero sirve para comprar (recomendamos una pausa) lo que se puede comprar. -Hay cosas que no compensan. -Internet está llena de páginas, pero no es un libro. -Los libros están llenos de páginas, pero no son internet. -La música es el himno del alma. -El alma es la música del concierto de nuestras vidas. -Un buen plato es como un buen cuadro. (O un buen cuadro es como un buen plato.) -Si las mujeres pueden ser madres es porque llevan vida dentro de ellas durante nueve meses. -Los periódicos sólo traen fotos, noticias y artículos de opinión. Si se prefiere, uno puede atribuir la autoría de estas citas a alguien con renombre en esto de los aforismos, cosa que puede ayudar a crear una mayor credibilidad y sensación de profundidad e inteligencia. En este caso, se recomienda citar a los intelectuales y escritores que han dicho tantas cosas que resultaría casi imposible comprobar la veracidad de tal atribución. Los nombres más indicados son los de Oscar Wilde, George Bernard Shaw, Hermann Hesse, G. K. Chesterton, Groucho Marx, Lichtenberg, Albert Einstein, Winston Churchill, Miguel de Unamuno y Pedrito Ruiz.
Fragmento de un memorial sobre el fin del mundo, firmado por fray Javier Salvador, en el año de Nuestro Señor de 2057
Comenzó con un desprendimiento de tierras, el cual achacóse a la actividad de una tuneladora. Provocó el tal desprendimiento que viniese a dar con el suelo un edificio, sin sus personas, pero sí con sus enseres y piedras. No se dio importancia al hecho en cuestión aunque hay que decir que desconocíase que en el tal edificio vivía el Doctor Don Matías Torres de Villadiego, reputado, ahora ya sí, astrólogo, cuyos no bien oídos pronósticos habían dejado establecido paso por paso lo que después iría ocurriendo, para pasmo de incrédulos y mentecatos. Fue el caso que la población de lo que antes era Barcelona entró en ira con las autoridades locales y regionales por algo que en realidad éstas no podían prever, al tratarse de la mano de Dios nuestro Señor y al no haber prestado oídos a las palabras del Doctor Torres. Ni siquiera cuando en Tarragona removióse de nuevo la tierra y cayeron más edificios del Monte Carmelo hicieron las gentes más que enfurecer contra las autoridades y achacarle las culpas a una tuneladora que, bien lo sabe Dios, sólo pasaba por ahí. Más tarde, cuando comenzaron a desplomarse otras construcciones y vínose abajo incluso el Gran Cipote de Barcelona, tampoco hubo más quejas que las habituales contra los políticos y señores técnicos. Y no fue hasta que la Barceloneta y media Gerona hundiéronse en el mar cuando entre ceja y ceja a unas pocas ánimas benditas por la fe se les apareció la idea de que el mundo estuviera tocando a su fin y el Señor cuya sabiduría es infinita hubiera optado por las catalanas tierras para dar aviso de sus intenciones. Poco tardó en confirmarse cuanto aquel puñado de benditos comenzaba a sospechar y bramaba por las calles, advirtiendo de que el fin estaba cerca, a pesar de que los más les tomaban por locos. Y es que el fuego de un volcán que teníase por durmiente en las tierras centrales del principado catalán hizo desaparecer bajo las cenizas la franja de tierra que va entre los Pirineos y el Ebro. Quedaron así incomunicadas las poblaciones del litoral y las ilerdenses, provocando el llanto de no pocas familias. No mucho duró esta situación, al tragarse finalmente las aguas las ciudades de Barcelona, Tarragona y Gerona, dejando que asomara sobre el mar como muestra de la grandeza de Nuestro Señor Jesucristo la cruz de la cima de lo que antes fuera el monte Tibidabo. Fue éste el comienzo de lo que se ha venido en llamar la Época de Tinieblas, que achacaron algunos al terrorismo, otros a internet, los de más allá a los nacionalismos y los de más acá a las bebidas espirituosas. Pocos fueron quienes vieron en estos claros signos la llegada del fin del mundo. Sucedieron por entonces los hechos que sabemos ya todos, y de los que sólo mencionaré algunos, a modo de recordatorio vano y final. Dios sabe que este memorial es innecesario, pero espero que perdone la vanidad a este siervo Suyo, que quiere hacerlo sólo como muestra de su amor por el Hombre y la Mujer, creados el uno a semejanza de Dios y la otra a partir de una costilla del primero. Fue entonces, pues, cuando vinieron los calores sobre Siberia y los fríos sobre Etiopía, cuando la música fue gratis y los ateos hicieron que ardiera en llamas tales como las del infierno la Catedral de Nuestra Señora de París. Fue por aquel entonces también cuando llovieron ranas en Filadelfia, Amazon no entregó veintisiete libros en Alemania y las italianas costas se vieron asediadas por medusas del tamaño de una mula. Sucedió también entonces que el presidente de Canadá marchóse a cohabitar con su loro a Groenlandia y la ínsula de Madagascar navegó por su cuenta y riesgo hasta el Mar Mediterráneo, sobrevolando para pasmo de todos la península de Arabia, que ya por aquel entonces estaba viendo cómo, cual rostro plagado de purulento acné juvenil, sus tierras se llenaban de montañas nevadas. Fue, sobre todo, cuando salió finalmente por televisión el Doctor Don Matías Torres de Villadiego, dando aviso de lo que estaba ocurriendo, para risa y burla de los científicos, así ardan en lo más profundo del infierno por haber conducido tantas almas a la incredulidad y, si Dios en su eterna misericordia no lo evita, a la condenación eterna. Tras de estos y otros sucesos maravillosos y formidables, llegó el fin del mundo en el que vivíamos. Deshinchóse el globo terráqueo y las ánimas fuimos llevadas a un campo de refugiados, donde estamos esperando nuestro turno para el juicio final, por el que han pasado no pocos hombres y mujeres, y que estoy yo esperando, teniendo hora para el viernes a mediodía.
Cuidado, que viene el Ave
El Ave no irá muy rápido, pero lo cierto es que va dejando boquetes por donde quiera que pasa. Primero en Zaragoza y ahora en Barcelona: nada menos que veintisiete personas del barrio del Carmel se han quedado sin casa por aquello de que, vaya, habíamos calculado mal, coño, es que aquí te tendrías que haber llevado tres, ah, vale, es verdad, entonces da negativo. Un pequeño error de cálculo que todos los afectados comprenden y sin duda recordarán entre risas dentro de unos meses, cuando ya estén esparcidos por la ciudad en sus nuevas casas con veinte metros cuadrados menos, esperando que reconstruyan el edificio que, vaya, se ha roto. Yo pasé mi primer año de vida en el Carmel. Lo único que casi recuerdo al respecto fue una visita que hice con mi madre años más tarde. Ella iba a ver a una amiga suya y yo creo que estuve un rato jugando con la hija o el hijo de aquella amiga. Vale, no recuerdo con quién jugué, si es que jugué con alguien y si es que ese alguien existía. De hecho, lo único que recuerdo del barrio es una montaña altísima que creo que imaginé la noche antes, cuando me dijo mi madre que íbamos al Monte Carmelo. Lo que estoy seguro de no haber soñado es la mala jugada que me hizo mi madre con el bocadillo que comí a media tarde, o a media mañana, o cuando fuera que me lo comiera, que eso tampoco lo recuerdo. El caso es que a mí no me gusta el tomate. Y por tanto no quería que mi madre me untara el pan del bocadillo con esa maldita cosa roja que se supone que es una fruta, pero sabe tan mal como una verdura. A mi madre, como a todas las madres, le bastaba que yo dijera que algo no me gustaba para obligarme a comerlo. Ya lo había intentado con el plátano, y el tomate no iba a ser menos. Así, en un gesto de crueldad inaudita, me untó el pan del bocadillo con esa porquería, creyendo que yo no tenía ni ojos ni lengua y que, por tanto, no me daría cuenta. Había puesto además muy poco, de modo que casi no se advertían ni el color ni el sabor. Mordí, mastiqué, qué es esto, incluso tragué, ¿no me habrás puesto tomate? No, no... ¿Y esto rojo que sabe tan mal qué es? También recuerdo que yo no me comí esa cosa. Imagino que yo cogería una más que justificada rabieta. Ignoro si mi madre me compró otro bocadillo o mantuvo su indignado convencimiento de que a mí me gustaba el tomate y lo único que quería era fastidiar. ¿Qué tiene que ver esto con las obras del Ave? Pues nada, simplemente me ha venido este recuerdo a la memoria, y mi odio al tomate y al pan con ídem ha renacido en mí con una especial virulencia. ¿Qué habrá hecho de malo el pan para que lo embadurnen con esa cosa?
(Sí, ahora ya sé que fue el metro y no el Ave. Perdón por las prisas.)
¿Dónde está ese progreso del que tanto nos hablaban?
Junto con la política y el tiempo, hay otro tema de conversación digno de las peores mesas de las bodas: los coches. Aclaremos algo antes de continuar: yo no sé nada de automóviles, a pesar de que me gusta la Fórmula 1. En lo único en que me fijo es en el diseño. Y en el compact que pueda haber puesto. Eso sí, yo tengo un coche. Un clásico, casi: un Seat Ibiza que este año alcanzará la mayoría de edad. Lo gracioso es que se trata de un Ibiza Junior. Todo un sarcasmo. Imagino que no le faltará mucho para llegar a ser Senior. Al menos, el coche aún tira. Cuando arranca, que en invierno le cuesta. El caso es que, por lo que veo, los coches siguen todos muy atrasados. Los de ahora son más bonitos, más rápidos, más seguros y algo más fáciles de conducir, pero siguen funcionando más o menos igual: con pedales, palancas, un volante y gasolina. Una maquinaria digna de una locomotora a vapor o de un submarino de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de los progresos, faltan botones, pantallas y lucecitas para que podamos considerar al automóvil un utensilio del siglo 21. Gran parte de la culpa es de los conductores. Da igual lo rojillos que seamos: cuando nos subimos a un coche despierta ese facha conservador que llevamos dentro. Aparta de ahí, la carretera es mía, mira por dónde vas, no ves que soy yo yo yo YO YO MALDITA SEA YO quien quiere pasar, so cretino. De hecho, cualquier innovación que haga sentir pérdida de poder a los conductores se rechaza de plano. Y los diseños más o menos vanguardistas sólo se aceptan una vez han pasado de moda. Es más, creo que esto es lo único que explica convincentemente que en Europa sigamos empeñados en conservar el cambio de marcha manual y la tontería ésa del embrague. Todo es cuestión de tiempo, claro, pero en este caso se trata de más tiempo de la cuenta: si los conductores fueran (fuéramos) algo más atrevidos (y no hablo de conducir a doscientos veinte por una comarcal) igual ya tendríamos esos coches voladores que de niños dábamos por hecho que conduciríamos. Gasolina y embragues, qué vigesímico.
Hablando del tiempo
Al parecer, la información meteorológica es de las cosas que más audiencia tiene en televisión. Y eso a pesar de que los hombres (y mujeres) del tiempo se pasan la mayor parte del ídem hablando del tiempo que hace en ese momento y no del que hará, que es lo que uno diría que interesa al espectador. En todo caso, se trata de una sección en la que es difícil innovar. Un tipo con un croma a sus espaldas va señalando un mapa que en realidad no ve. Y gracias. En algunas televisiones, por aquello de hacerlo más creíble, sacan al hombre del tiempo a la calle. La cosa tiene un divertido punto de castigo: ¿no decías que no iba a llover? Pues ahora te jodes. De todas formas, lo que realmente haría que esta sección fuera más creíble y cercana sería retransmitirla desde un ascensor. Y nada de monólogos: diálogos. --Parece que va a llover, ¿eh? --Pues sí. Es que se acerca una borrasca que viene del centro de Europa. --Ah, por eso han bajado las temperaturas. Y más que lo harán a lo largo de la semana. --Exacto, mañana por la mañana no se llegará a los cinco grados en Barcelona. ¿A qué piso va? Otras secciones podrían hacer algo parecido. Por ejemplo, las tertulias deberían emitirse desde bares y no desde platós. Dependiendo de la hora, con cortados, cervezas, tapitas o directamente cubatas. Y hablando con la boca llena, de pura indignación. Más: los deportes --o sea, el fútbol. Habría que adoptar la típica y tópica figura del seguidor de información y espectáculos deportivos --o sea, del fútbol. Cuando el presentador del informativo dé paso al compañero de deportes --o sea, de fútbol--, que se vea a un tipo en chándal, con un bol de palomitas apoyado contra el barrigón y un par de latas de cerveza bien cerca, una abierta y la otra vacía. Y nada de simular imparcialidad. Que lleve puesta la camiseta de su equipo y celebre las victorias con un "oé, oé, oé". Sin vergüenza ninguna; vamos, como sus compañeros de la sección de política --o sea, de partidos.
