domingo, 6. marzo 2005
Jaime, 6 de marzo de 2005, 22:53:33 CET

Al fin se ha hecho justicia


No es que quiera hacerme el chulo y tal, pero... No, espera, sí que quiero hacerme el chulo.


 
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jueves, 3. marzo 2005
Jaime, 3 de marzo de 2005, 12:48:44 CET

Cuarenta y dos euros


Teresa Martín comparte con no pocas personas una manía: mientras habla por teléfono y si tiene papel y lápiz a mano, va haciendo garabatos. No importa que tenga o no que tomar nota de cuanto le digan; es descogar el teléfono y agarrar un boli. Teresa mantiene esta costumbre a pesar de lo que le ocurrió en una ocasión: "Fue el 3 de marzo de 2001, lo recuerdo perfectamente. Estaba en la oficina, me llamaron y, mientras hablaba, fui haciendo rayotes y dibujitos en una hoja de papel. Cuando colgué y vi lo que había escrito, no sé cómo decirlo, me quedé asustada y extrañada. Y también contenta, muy contenta". Y es que Teresa Martín asegura que de modo inconsciente había garabateado el sentido de la vida: una fórmula que explicaba brevemente y con sencillez por qué estamos en el mundo y qué se espera de nosotros. "Incluso daba una respuesta irrebatible a la pregunta de si hay vida más allá de la muerte", añade. El problema fue que la volvieron a llamar justo en seguida. Comprensiblemente nerviosa, mientras hablaba dibujó sobre la respuesta a todas las preguntas un cubo, la cara de un osito, varios números al azar y algo parecido a una serpiente. "Estuve tres días llorando. No podía descifrar nada y lo había olvidado todo. No es fácil retener el significado de nuestra existencia después de sólo un vistazo, por comprensible que resultara una vez puesto sobre el papel. Recurrí a mi novio, a mis amigos, a expertos en caligrafía, pero de ahí no se pudo sacar ni una palabra. Piense que había dibujitos sobre una escritura ya de por sí garabateada sin prestar atención". Lo único que Teresa Martín recuerda es que el sentido de la vida tiene algo que ver con la mermelada de frambuesa. "No estoy muy segura, pero la cosa iba por ahí. Lo que no sé es si había que evitarla o tomar mucha". Una pequeña compensación: usó aquellos números que había anotado durante la segunda conversación para echar una primitiva. "Acerté cuatro --explica--. Cuarenta y dos euros de premio. No está mal, ¿no?"


 
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viernes, 25. febrero 2005
Jaime, 25 de febrero de 2005, 10:11:23 CET

La edad de la razón


Un vecino al que aún no conocía subió conmigo al ascensor. Un tipo bajito, muy bajito: apenas me llegaba a la rodilla. Vestía un traje verde, pajarita y un sombrero de copa del que salían unas espesas y largas patillas pelirrojas. Llevaba gafas y fumaba una pipa de olor extremadamente dulzón que no se molestó en apagar. --¡No me mire así, que es cosa de la glándula pituitaria! --Dijo, con sorna y acento extranjero.-- La glándula pituitaria... Menudo sinvergüenza. --Er... ¿A qué piso va? --Al séptimo --gruñó y luego añadió--: La pituitaria... Cada vez que lo pienso. Esto me pasa por vivir tantos años y no haberme muerto cuando aún podía. Malditos siglos dieciocho, diecinueve, veinte y veintiuno. Y malditos científicos, ¿es que nadie les va a parar los pies? --Ya, bueno, es lo que tiene la ciencia. --Con lo a gusto que yo estaba en mi bosquecillo --llegamos a su piso y él abre la puerta, pero se queda en el umbral, protestando--. Bueno, bosquecillo, es un decir. Parque grande, y vas que te matas. No tendría que haberme mudado a Collserola. Me dijeron que en España se comía bien y yo me lo creí, claro. La cerveza es horrible, que lo sepas. --Sí, claro, donde esté la cerveza de fuera, que se quite la nacional. --El caso es que el tipo ese me vio y me agarró. Y yo cabreado. ¡Focáil leat! Ya está, pensé, le voy a tener que dar mi caldero lleno de monedas de oro. --Vaya, menudo contratiempo. --Pero el muy desgraciado resultó ser médico. Y en lugar de reclamar su oro, me llevó a un hospital a hacerme pruebas. --Estos médicos... --El resultado lo publicó en una revista: "Estudio de un salvaje adulto con enanismo pituitario". Hijo de puta. Decía que me habría abandonado de niño mi familia gitana al verme pelirrojo y más pequeño de lo normal, debido a una malformación genética que había atrofiado mi glándula pituitaria. Que no emitía más que gruñidos y que pese a mi avanzada edad él había conseguido educarme y enseñarme a hablar, leer y escribir. Gruñidos... ¡Gaélico, múchadh is bá ort, maldito patán! --Ah, gaélico. Ya me parecía usted extranjero, ya. --Y el muy cabrón me fue exhibiendo por las universidades hasta que una asociación de majaras protestó porque no se respetaban mis derechos. Y yo pensé que bien, al fin podré volver a Collserola, pero no, los muy cabrones me consiguieron un trabajo. Un trabajo... ¡Aon cac capaill! En una cafetería, yendo de un lado para otro con una bandeja llena de cortados y poniéndome de puntillas para recoger monedas de dos céntimos que algunos llaman propina. ¡Y además tengo que sonreír! A eso lo llaman derechos y dignidad, los muy... Como me los cruce por la calle les voy a arrancar los genitales a mordiscos. --Bueno, ¿y ahora por qué no deja el trabajo y se vuelve a Collserola? --Claro, claro, deja el trabajo, qué fácil. Téigh trasna ort féin. ¿Y quién paga la hipoteca, so listo? ¿Y el agua, la luz, el teléfono? Mira, me voy, que tengo la carne en el horno y además me estoy poniendo de los nervios. No sé para qué hablo con bichos de más de noventa centímetros y sin alas. Buenas noches.


 
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jueves, 24. febrero 2005
Jaime, 24 de febrero de 2005, 10:23:34 CET

El fútbol es así


Anoche vi seis o siete minutos del partido del Barça contra el Chelsea. Me levanté del sillón justo después de que un tal Belleti marcara un gol en propia puerta. ¿Es que antes de salir a jugar no les dicen cuál es su portería? El caso es que hasta ayer había algo que no tenía claro: si a todo el mundo le gusta el fútbol menos a unos pocos entre los que me cuento, igual es cosa mía y soy yo el que no entiende un deporte inteligente y atractivo. Ahora ya no dudo. Ni siquiera se trata de una cuestión de gustos: el fútbol es aburrido. Igual que el césped es verde y el cielo azul. Y a uno sólo le puede gustar por culpa de alguna malformación genética, quiero pensar que leve. Eso sí, hablo del fútbol como espectáculo. Jugar está bien. De delantero, claro. Imagino que ahora alguno aducirá que se trataba de un partido duro y defensivo, o que pillé los únicos seis minutos aburridos, que también es mala suerte. Pues no. Con lo que cobran los futbolistas y con lo que cuesta una entrada, lo mínimo es no aburrir. Ni seis minutos. Si es necesario, que canten, que cuenten chistes o incluso que corran. Me alegro de que al menos durante esos seis minutos no se oyeran gritos racistas. Aunque diez seguidores del Chelsea acabaron en el cuartelillo por robar y liarse a tortas. Por desgracia, no entre ellos. Es curioso que, salvo contadísimas excepciones, estas cosas sólo pasen en el fútbol.


 
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miércoles, 23. febrero 2005
Jaime, 23 de febrero de 2005, 11:39:43 CET

Fuma, fuma, pero lejos, gracias


En Cataluña se va a prohibir fumar en bares y restaurantes pequeños. Los grandes deberán contar con espacios diferenciados para fumadores y no fumadores. Obviamente, los dueños de estos locales ya están llorando sólo de pensar en el dinero que van a perder, por mucho que no se sepa de nadie que se haya arruinado en los países en los que se han aplicado normativas similares. Por cierto, yo he estado en alguno y es fantástico: uno no tiene que soportar el apestoso puro que se enciende el viejo de turno después de almorzar, o sale de la cafetería sin necesidad de llevar la chaqueta al tinte para que la desinfecten. Claro que yo no soy fumador. Y comprendo que algunos se vean fastidiados por no poder aliviar uno de sus vicios de la misma manera en que lo han hecho toda la vida: destrozando su salud a costa --como mínimo-- de la comodidad de los demás. Además, tampoco soy el dueño de un bar que cree tener derecho a dejar fumar si lo considera conveniente. De todas formas, creo que los únicos responsables de haber llegado a estas prohibiciones son los propios fumadores. Un indicio: que en los hospitales se hayan visto obligados a colgar carteles de no fumar. ¿A quién se le ocurre encender un cigarro en un edificio lleno de enfermos? Obviamente, no todos los fumadores son unos egoístas maleducados. Pero son muy pocos quienes preguntan si a alguien de la mesa le molestaría que encendieran un cigarrillo. Y menos aún los que encajan con elegancia un "no", por muy educado que sea y por mucho que uno explique casi como confesando un delito que el tabaco le molesta. Claro que yo odio el tabaco y nunca contesto que no a los pocos que me piden permiso para fumar. Por la sencilla razón de que ya no viene de aquí: los bares suelen estar tan llenos de humo que el aire se podría untar. Más: en tu propia casa, algunos no piden permiso, sino que preguntan directamente por el cenicero. En las discotecas bailan con los cigarrillos a modo de antorcha, sin preocuparse por si lo apagarán accidentalmente en el brazo de alguien. Otros incluso se meten en el ascensor dando caladas, sin que les importe si hay alguien dentro y si ese alguien es tan caprichoso que quiere, no sé, respirar. En resumen, si estos fumadores que ahora lloran tanto hubieran sido conscientes de que su humo molesta, nadie les hubiera prohibido nada. Porque no hubiera hecho falta. Pero, en fin, se han pasado décadas ignorando a los no fumadores, así que creo que no nos vendrá nada mal un respiro. Claro que reconozco que a alguien igual le molesta el olor de mi colonia, o el niño de esa otra pareja que no para de llorar, o esa señora que habla a gritos. Y a nadie --espero-- se le ocurrirá prohibir hablar en un tono de voz demasiado alto. Pero creo que no hay sospechas razonables de que los gritos ajenos produzcan cáncer. Que yo sepa.


 
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