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En plural
Hay cosas que no se le hacen a uno a las ocho y cuarto de la mañana. El otro día iba a esa hora camino del metro, con tanto sueño que los ojos no sólo se me cerraban, sino que ni siquiera habían llegado a abrirse, y además con prisas porque llegaba tarde. Aunque ¿cómo se puede llegar tarde a ningún sitio a las ocho de la mañana? El caso es que pasé al lado de un tipo que ni siquiera tenía pinta de jubilado y que le decía a su señora: "Voy a por los periódicos y desayunamos". Ojo a los plurales: los periódicos; desayunamos. Aquel hombre fue cruel conmigo. Y no sé si lo hizo sin querer. El desayuno es la comida más deprimente. Si uno desayuna es porque ha salido de la cama más o menos temprano. Entre semana, la cosa es peor, al menos para mí. No sólo porque me he levantado cuando aún es de noche, sino porque además salgo de la cama para que me encierren en un zulo durante ocho horas. Café, galletas, radio. Me toco la frente a ver si es mi día y tengo fiebre. Pero nada. Como un roble, oiga, es que ni una mísera gripe. Pero hay excepciones. Desayunos agradables. Acompañado y con periódicos. En plural. En hoteles o cafeterías de ciudades en las que hablan raro. En Berlín, por ejemplo, donde uno puede desayunar a cualquier hora. Entrar a las dos de la tarde en un bar, pedir un café y unas tostadas y que a uno no le miren raro. Si es que en realidad desayunar tampoco es tan horrible. El problema es que se hace a unas horas muy malas.
Cerdos
Veo una pegatina de estas con animales en el culo de una furgoneta. Para mí es nueva: un cerdo. En el cerdo, unas letras: "Sóc balear. Sa nit balear". Obviamente, esto me hizo temer una nueva plaga de pegatinas, a sumar a toros, gatos y burros. Pero, por lo visto en Google, esta pegatina illenca sería más bien algo puntual y no una epidemia. De todas formas, resulta que sí que se están intentando extender pegatinas con forma de cerdo. Pero en Vic y no en las islas. Como homenaje a la fuente de ingresos por excelencia de la zona. Incluso parece que el ayuntamiento tiene proyectado levantar un monumento dedicado al bicho en cuestión. Al cerdo anónimo, supongo. Más de pegatinas que desconocía: en Valencia se estila el murciélago y en Lleida lo que se lleva es el caracol. Me parece estupendo que la gente se ponga pegatinas de bichos en el coche. Cada uno se puede pegar lo que le dé la gana donde le apetezca. Faltaría. Y, en todo caso, mejor un murciélago que el Elvis bailarín y la pegatina de Scorpia. Pero me da que la cosa está decayendo. Sí, de acuerdo, no falta quien asegura que el burro es un animal hermosísimo o quien afirma con lagrimillas en los ojos que del cerdo le gustan hasta los andares, en versión castiza de Lord Emsworth. Pero de todas formas, del toro al gato, del gato al burro, y del burro al cerdo hemos ido perdiendo. Nadie ha pensado en leones, tigres o elefantes, precisamente. O en dragones, hipogrifos o unicornios, ya puestos. A este paso, lo próximo ya será una rata o una mosca. Aunque, bien mirado, la rata podría ser la mascota perfecta de patriotismos y nacionalismos en general. Una pegatina para todos. Total, vienen a ser lo mismo.
De obras
Ayer tuve que mover el coche porque en mi calle están haciendo nada menos que unas catas geológicas. Y es que justo enfrente de mi casa pasará el túnel que llevará el ave hasta la estación de Sants. Es decir, ante la posibilidad de que se hundan unos cuantos edificios como en el Carmel, o de que salgan grietas hasta en los colchones como en la Teixonera, las autoridades más o menos competentes han decidido pensárselo bien antes de hacer este túnel y añadir el tres por ciento de esfuerzo necesario para que los vecinos del barrio no acabemos en un hotel. Ahora, la cosa no deja de ser cutre. Y es que por las vías que tenemos aquí enfrente pasan el metro y los trenes de cercanías a nivel de calle y al aire libre. No hay túnel hasta llegar a la Plaza de Sants. Pero, claro, un tren como el ave tiene que ir bajo tierra cuando pasa por en medio de una ciudad, por mucho que este ave nuestro más que de alta velocidad vaya a ser de velocidad mediocre. La solución lógica hubiera sido aprovechar que hay que hacer este túnel para soterrar también las vías de metro y cercanías, pero como la cosa era carilla --buf, esto va a subir mucho y no va a quedar nada para gastos de protocolo--, las autoridades más o menos competentes se van a conformar con poner una especie de cajón de hormigón para tapar trenes y vías. Como si fuera el Ibertrén. Pues ya puestos, yo prefiero ver (y oír) el Catalunya Exprés de turno a salir al balcón y tener allá abajo una mancha gris de cemento.
Una fobia comprensible
Lo que nos ocurre en la infancia nos marca para toda la vida. Bien, después de la obviedad, sigo. Hay mucha gente que le tiene miedo a los payasos. El miedo en cuestión tiene hasta nombre: coulrofobia. No se sabe a ciencia cierta por qué tanta gente padece esta fobia, pero se trata de un miedo más que comprensible. De hecho, los que no nos asustamos de estos pobres señores --que bastante tienen con lo suyo-- tampoco nos extrañamos de que un conocido asesino en serie se disfrazara de payaso o de que el comeniños de la novela It llevara narizota roja. Es decir, que lo normal es tenerles miedo, a pesar de las amables intenciones de la mayoría. Y es que la buena voluntad no es suficiente. Si un tipo con la cara pintarrajeada, una nariz roja, el pelo naranja y zapatos de medio metro se acerca demasiado a un niño pequeño, lo normal es que el pobre chaval se ponga a llorar, presa del pánico. Sin ir más lejos, yo mismo he tenido un par de experiencias negativas con payasos. A mí no me asustan, ojo. Yo veo un payaso y le planto cara si es necesario. Disculpa, Ronald, pero no me pienso comer esa hamburguesa. De todas formas, reconozco que es ver a un tipo con la cara pintada de colorines y notar un sabor amargo en la boca. El primero de estos malos recuerdos fue cuando mis padres me llevaron al circo --es un decir-- de Teresa Rabal. La Rabal se pasó dos horas diciéndole a un payaso que aún no era su turno. La gracia --es un decir-- estaba en que cuando realmente le tocaba, el espectáculo --es un decir-- terminó. En el circo de Teresa Rabal sólo salía Teresa Rabal. Desde entonces, claro, no le tengo miedo a nadie con una nariz roja, pero es ver a la Rabal por la tele y ya me entran los sudores fríos. No, por favor, otra canción, no, que no bote más la pelota, por favor, basta. Mi segundo encontronazo con el sórdido mundo de los zapatones fue cuando en un carnaval nos obligaron a toda la clase a disfrazarnos de payaso. Desde entonces conservo un odio más que razonable tanto a los payasos como a los uniformes. Sé que no es justo, pero es ver a un clown, a un policía o al botones de un hotel y ya me entran ganas de soltarles una patada en la espinilla. Obviamente, sé controlar mis impulsos. Claro que si alguna vez leéis un titular como "arrestado por agredir a un cartero mientras gritaba 'malditos fascistas'", no descartéis la posibilidad de que yo sea el responsable. Total, que me da que los únicos que pueden pensar que a los niños les gustan los payasos son los que tuvieron la suerte de pasar su infancia lejos de ellos.
Polvo eres y en estrella te convertirás
Se necesita muerto fotogénico para programa de televisión. Lo cual es un consuelo para todos aquellos que no sufren una vida lo suficientemente ridícula y sórdida como para aparecer en un espacio de testimonios o en Gran Hermano. Lo explica Mike Ibáñez en La Vanguardia: el Channel 4 británico busca un futuro cadáver para retransmitir en directo su putrefacción. El canal de televisión, que ya retransmitió una autopsia, presenta el asunto como un "paso urgentemente requerido por la investigación médico forense" del Reino Unido. Hombre, no conozco a ningún forense, y menos a un forense inglés, pero no sé yo si están todos tan necesitados de este programa. Vamos, yo no he oído hablar de manifestaciones frente a la BBC pidiendo a gritos y consignas que salgan muertos por la tele. Claro que de alguien que se hace forense se puede esperar cualquier cosa. Como de un dentista o de un abogado. En fin, que no son pocas las personas que nos dan motivos para dudar de su salud mental, por mucho que esto sea de mala educación. Pero, claro, siempre es de peor educación ir metiendo la mano en bocas ajenas. En todo caso, lo cierto es que el programa es puro entretenimiento: enlaza con nuestra nada reciente afición al exhibicionismo y a los espectáculos sangrientos. Aunque sí que es verdad que por entretenimiento se suele entender algo más movido que la descomposición de un cadáver comentada por doctores en medicina. Además, el programa no sólo es chocante y morboso, sino que tiene la coartada de lo educativo. Y de hecho no es mala idea echarle un vistazo a lo que le va a pasar a uno con independencia o no de la existencia de Dios. También imagino que alguno temerá que esto vaya más lejos. Es decir, si ya sacamos por la tele a un muerto, ¿por qué no sacar a alguien que se está muriendo? Snuff en abierto. Pero consentido, nada de ejecuciones ni asesinatos. Grabar las últimas palabras del moribundo, repetir el último estertor, comentar las causas de la muerte. Y Juan García ya se nos fue, ha sido un buen fallecimiento, ¿no crees, Matías? Hombre, yo le doy un siete: le he visto poco decidido, esperaba algo más; al fin y al cabo aún era joven. Sí que lo era; y ya lo saben queridos telespectadores, si tienen una enfermedad incurable, están ya algo mayorcitos o simplemente no pueden dejar de fumar, pónganse en contacto con nosotros y llegaremos a un acuerdo. Lo que hacen algunos por salir en la tele. Incluso morirse, ya ves.
