martes, 5. julio 2011
Jaime, 5 de julio de 2011 19:49:19 CEST

Meter la pata


Han arrestado a un par de tipos por atracar a un mosso d'esquadra vestido de paisano. Es la clásica indiscreción que yo cometería. Porque sí, yo soy el típico que siempre se mete en problemas por hablar demasiado.
Por ejemplo, el otro día me crucé por la calle con una señora con barrigota y no pude dejar de gritarle:
-¡Gorda! ¡Gorda! ¡Feaca! ¡Gorda!
Y luego se giró y me dijo que estaba embarazada. Claro, qué vergüenza. Y además su novio, mosso de esquadra, era aquel señor que casualmente caminaba a su lado.
Es mi honestidad, que me mete en líos. Porque yo voy siempre de cara. Con la verdad por delante. Y eso me ha supuesto muchos problemas, claro, porque a veces la gente confunde mi sinceridad con la impertinencia. Como por ejemplo, cuando seguí gritándole a la señora embarazada que sí, que igual estaba esperando un hijo, pero que eso no quitaba que estuviera gorda y fuera poco agraciada.
-¡Gordaca! ¡Tía fea!
-Caballero, le aviso de que soy mosso de esquadra...
-¡Gorda! ¡Gorda! ¡Que pareces un cheetos!
Y así seguí desde el suelo, mientras me inmovilizaba aquel tiparraco y hasta que llegó el coche patrulla.
He tenido otros momentos similares. Por ejemplo, en una ocasión tenía que tratar un tema muy importante y también incómodo con un conocido:
-En fin, como dicen los americanos, deberíamos hablar del elefante que está en la habitación.
-Tío, baja la voz.
-¿Qué? ¿Qué ocurre?
Y entonces me señaló con un gesto al elefante que estaba en la habitación, a uno de verdad, quiero decir, sentado en el sofá y hojeando una revista de decoración.
-¿Pero qué hace un...?
-Baja la voz, que te va a oír.
-¿Pero cómo...?
-Que bajes la voz.
-¿Pero por qué tienes...?
-Basta, que son muy susceptibles.
-¿Pero cómo ha entrado aquí, si no cabe por la puerta? ¡Gordo! ¡Feo! ¡Paquidermo!
Reconozco que a veces puedo herir los sentimientos de los demás. Es que siempre digo lo que no debo. Como el otro día. Me encontré a un ex compañero de trabajo. Acabamos tomando una cerveza. Nos pusimos a hablar de política (mal tema, lo sé) y le dije que a mí la ley del aborto me parecía bien tal y como estaba.
-Eso es porque a ti no te abortaron.
Silencio incómodo.
-¿Cómo? ¿Quieres decir que... ?
Y sí, resultaba que su madre había abortado cuando estaba embarazada de él y lo había matado cuando apenas tenía una decena de semanas.
-Lo siento, yo...
-Es igual, no tenías por qué saberlo.
-De todas formas, para estar muerto...
-¿Qué?
-Estás muy gordo. ¡Gordo! ¡Obeso! ¡Elefante!
-Tío, baja la voz...
Y sí, me giré y había otro elefante en la barra, tomándose un refresco y mirándome con cara de pocos amigos.


 
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