jueves, 10. febrero 2011
Jaime, 10 de febrero de 2011 12:22:16 CET

Muy en contra de los semáforos


Los políticos de hoy en día nos tratan como si fuéramos niños: no hacen más que coartar nuestras libertades e imponer prohibiciones absurdas que en ningún momento hacían falta. Han prohibido los toros, por ejemplo, sin ni siquiera preguntarles a los animales su opinión al respecto. Igual se llevarían una sorpresa. Y el otro día salí a la calle --por primera vez en mucho tiempo, ya que me alimento de patatas y de los gatos que se le escapan al vecino-- y me encontré con que la ciudad está plagada de unos extraños postes con luces arriba del todo.
Pregunté a un tipo que había por allí, que insistió en mirarme raro y largarse corriendo, igual que los otros cinco siguientes, pero finalmente logré retener a una señora, que después de darse cuenta de que no quería matarla, contestó a mi pregunta. Al parecer, esos postes se llaman "semáforos" y cumplen una función que sin duda resulta humillante para cualquier persona adulta: nos informan de cuándo podemos cruzar. Ojo: no se trata de que nos aconsejen acerca de cuándo resulta conveniente o no hacerlo, cosa que sería más o menos útil para niños, ancianos e hinchas futboleros. No. Son de obligado cumplimiento. Es más, la mujer me explicó que la policía podría incluso multar a conductores y peatones por no detenerse en uno en rojo. Lo que se llama "saltárselo".
A pesar de eso, cabe señalar que hay héroes de la libertad individual que no dudan en "saltarse" un semáforo cuando lo creen conveniente, demostrando que estas imposiciones liberticidas no vienen a cuento cuando estamos hablando de adultos responsables y en su mayoría sobrios.
Dicho lo cual, me puse a buscar a un guardia para manifestarle mi inconformidad con el asunto y para ver qué pasos podía seguir para denunciar al ayuntamiento y quizás ponerme en huelga de hambre para reclamar la pronta retirada de estos instrumentos borreguiles y esclaveros.
Después de caminar durante horas gritando "¡policía!", logré dar con un agente, que intentó razonar acerca de la utilidad de estos semáforos. Razonar. Ja. No hacía más que repetir consignas sin plantearse si realmente significaban algo.
--Piense que ordenan el tráfico.
--¡No hay nada como el libre mercado para ordenar las cosas! ¿No se da cuenta de que si un coche ve que no puede girar porque hay coches que vienen de otra calle, no girará? ¿Que la ausencia de semáforos no implica la obligatoriedad de seguir adelante?
--Además, evitan atropellos.
--¿Pero es que acaso estoy ciego? ¿No voy a ver a un coche que se acerca? ¿O a una furgoneta?
--Igual está despistado.
--¿Y si estoy despistado voy a prestar más atención a una lucecita que a un Seat Córdoba? ¿Estamos tontos o qué?
Aquello era increíble. Ese hombre no era más que otro engranaje del sistema, otro siervo encantado con que le dijeran lo que tenía que que pensar. Pues desde luego a mí nadie me iba a decir lo que tenía que hacer. ¡Y menos un semáforo, que no es más que un palo con luces!
De la indignación, le di la espalda y me fui, sin darme cuenta de que me metía en medio del tráfico. Noté un golpe por encima de las rodillas y caí al suelo, dándome en la cabeza.
--Lo siento, lo siento --era el conductor--. No he visto el semáforo.
--¿Se lo ha saltado?
--Sí, lo siento.
--Es usted un héroe... ¡Un héroe!
Mantengo una grata amistad con mi atropellador. Juntos vamos a iniciar una plataforma que recogerá firmas para arrancar los semáforos y respetar así las libertades individuales, cada vez más asfixiadas por este estado opresor, liberticida, socialista y titiritero. Y es que además no sirven para nada. Tanto semáforo y a mí me atropellaron igual. Sólo de pensarlo me indigno tanto que las orejas se me ponen rojas. Gñ.


 
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