martes, 19. febrero 2008
Jaime, 19 de febrero de 2008, 15:16:08 CET

Interiores


He comenzado un nuevo negocio: soy interiorista. Aunque prefiero que me llamen decorador o, mejor aún, sacacuartos. Mi primer cliente ha sido un amiguete que..., Bueno, en realidad, un conocido. Vale, más bien un tipo con quien me crucé por la calle y al que convencí a punta de pistola. Pero el piso ha quedado estupendamente: ha pasado de ser un cuchitril a ser un cuchitril en el que se ha invertido mucho dinero. Lo primero que hice fue quitar los techos. Daban una impresión de cerrado que era inapropiada para su piso, luminoso, pero pequeño. Eso sí, antes no era tan luminoso: forré las paredes con las luces esas que se ponen en los árboles de navidad. Como entonces el piso pasó a ser demasiado luminoso, decidí pintar las paredes de negro para absorber lo que los interioristas llamamos luz. A mitad del trabajo se me acabó la pintura y tuve que terminar la mitad de las paredes de amarillo. El contraste es divertido y alegre, pero a veces se sube alguien y exige que le lleven a la plaza Cataluña, y mejor por la calle Aragón, que está harto de que dar vueltas absurdas con la excusa de que por Aragón hay semáforos y mucho tráfico. Lo de quitar los techos ha sido una buena idea. El piso ha ganado mucho espacio hacia arriba, por lo que se pueden colgar el doble de cuadros y poner estanterías mucho más altas, aunque también es verdad que a veces los vecinos de arriba se despistan y se caen. Pero son buena gente: se disculpan, sonríen, se vuelven a colocar las ventosas y trepan de vuelta a su casa. Para el mobiliario, he optado por un estilo zen. No quiero decir de todo a zen (ja, ja, ja...), sino así sencillo y minimal, ideal (todo a zen, ja, ja, ja...) para relajarse y (ja, ja, aún me hace gracia) olvidar el ajetreo diario. En el zen importan sobre todo los espacios vacíos, así que lo que he hecho ha sido ahuecar los muebles, dejando sólo el contorno, con lo cual conseguimos (ja, ja, ja, de todo a zen, ja, ja...) lo que yo llamo muebles polivalentes: por ejemplo, la mesa del comedor también sirve como marco de cuadros. Claro que también he vaciado los cuadros y estos sirven a su vez como marcos de cuadros. Los marcos de cuadros sólo sirven como marcos de cuadros, pero más finos. De lo que me siento más orgulloso es de las ventunas. El nombre igual suena extraño, pero estoy absolutamente seguro de que dentro de unos años se popularizará tanto que todo el mundo hablará de ellas como si hubieran existido siempre. Hay que anotar este nombre: ventuna. No, en serio, hay que anotarlo. A veces me olvido y es una pena porque se trata de una palabra muy bonita, que he ideado después de juguetear con el término latino para viento, ventum. La idea es hacer unos agujeros preferiblemente rectangulares en la pared y hacia la calle, de modo que entren la luz y el aire. Claro, alguno dirá que también entrarán el frío y la lluvia, pero es que --y aquí viene la parte genial-- esos agujeros estarán tapados con una especie de puertecita, preferiblemente de cristal, para que pueda seguir entrando la luz incluso aunque esté cerrada. Reconozco que las ventunas tienen sus inconvenientes. Por ejemplo, si vas desnudo por casa, tienes que ir con cuidado al pasar por delante de una de ellas. Y, además, tampoco se pueden poner muchas juntas porque los muros se debilitan y los edificios se caen (me pasó un par de veces, en el periodo de pruebas). De todas formas, los resultados son más que satisfactorios. De hecho, mi primer cliente estaba más que contento hasta que se le cayó un vecino encima y le rompió la nuca. Sí, bueno.


 
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