lunes, 10. diciembre 2007
Jaime, 10 de diciembre de 2007 15:40:05 CET

Tres


Convencido de que a la tercera va a la vencida, lo hacía todo tres veces: si a la primera le había salido bien, no dudaba, dado su carácter perfeccionista, de que hubiera margen para la mejora; y si le seguía saliendo mal a la tercera, desistía, sospechando que aquello simplemente no se había hecho para él.
Así, se duchaba y afeitaba tres veces al día, se anudaba la corbata tres veces cada mañana, saludaba a todo el mundo con tres buenos días, reiniciaba el ordenador tres veces antes de ponerse a repetir en tres ocasiones cada una de sus tareas diarias e incluso se cepillaba los dientes tres veces cada una de las tres veces que se los cepillaba cada día.
No era así sólo para las cosas pequeñas y que requerían de simple método: se había quedado en el tercer piso en el que había vivido, sin considerar la posibilidad de mudarse, y pensaba jubilarse en la empresa para la que trabajaba, que era la tercera en la que había estado en toda su vida. Además era católico, satisfecho con la superioridad de la Santísima Trinidad, aunque algo escamado por el hecho de que los evangelistas fueran cuatro y los mandamientos nada menos que diez.
Sin embargo, le asaltó una duda: ¿debía divorciarse de su tercera esposa, la madre de su tercer hijo? Era su tercer matrimonio, pero eso significaba que sólo se había divorciado dos veces. Si quería mantener la coherencia de sus ideas, debería divorciarse de nuevo para no volver a casarse ya nunca.
Una tarde, mientras tomaba su tercer café del día con sus habituales tres cucharadas de azúcar, le comentó esa posibilidad a su mujer, incluyendo la idea poco ética, pero igual aconsejable, de hacer trampas: podrían seguir viviendo juntos una vez divorciados.
Su esposa se puso a llorar y le retiró la palabra durante nada menos que cuatro días, para escándalo de su marido. ¿Cómo podía comportarse así aquella mujer tan inteligentemente escogida, la tercera y última de sus hermanas --igual que sus anteriores esposas--, y por tanto el mejor fruto que podían dar sus padres?
Después de alguna que otra discusión, decidieron posponer la decisión unos meses, hasta su tercer aniversario. Fue por esa época cuando su mujer se decidió a sabotear su modo de vida. Le hacía creer que el despertador sólo había sonado dos veces y que, por tanto, podía apurar un poco más en la cama; comía o incluso tiraba a la basura el número necesario de huevos, mandarinas o galletas para que a su marido le quedaran como mucho dos; se negaba a hacer el amor más de dos veces el mismo día; con relativa frecuencia, cortaba el agua antes de la tercera ducha de su marido, aduciendo una avería inexistente; también le destrozó el tercer coche a martillazos, sumiéndole en una duda que le parecía demasiado terrible para ser real: gastarse en la reparación una suma de dinero que no tenía o adquirir un cuarto vehículo.
La mujer le dio el golpe de gracia el día antes del aniversario: le dijo que estaba embarazada de su segundo hijo (de ella) y el cuarto (de él), para luego anunciarle que le dejaba. "Te quiero demasiado --le dijo-- como para que renuncies por mí a tus ideales".
Absolutamente desorientado, perdiendo la cuenta de todo cuanto hacía, el pobre tipo comenzó a preguntarse si sería posible nacer un par de veces más, para poder repetirlo todo de nuevo, pero esta vez bien.


 
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