lunes, 12. diciembre 2005
Jaime, 12 de diciembre de 2005 9:34:14 CET

Otro desengaño político


La creación del Partido Catalán de los Españoles Catalanes (PCEC) creó una justificada expectativa ante lo que para muchos de nosotros era poco más que un sueño: una organización política que defendiera los intereses reales de los ciudadanos y no los de la partitocracia electoralista. Al fin un grupo de hombres y mujeres valientes y valientas daba un paso al frente para reafirmar lo que es más que obvio: Cataluña no es España, sino que España es Cataluña.
Sí, España no es más que una región de Cataluña con ínfulas secesionistas e imperialistas. No hace falta que me entretenga en lo obvio y vaya a lo que dicen los historiadores --los de verdad-- acerca del nacimiento de España como protectorado tarragonés; baste con recordar que la historiografía moderna se ha empeñado en ocultar este hecho casi evidente y que al fin parecía que teníamos quien diera un intrépido paso al frente y dijera basta.
Obviamente, los grandes ideólogos de esta nueva fuerza política pensaron en mí para formar parte de su grupo y me rogaron encarecidamente que me afiliara. También obviamente me negué, al no querer verme comprometido en una empresa política demasiado elevada y compleja para mi modesta persona. De todas formas, sí que sugerí que me nombraran presidente del partido en cuestión. Después de una ronda de cervezas y tras el cambio de manos de unos cuantos billetes de cincuenta, conseguí que unos pocos de mis más queridos colegas presentaran mi humilde candidatura --¡para grata sorpresa mía!-- en el I Congreso del PCEC.
En mi discurso planteé algunas de las ideas que ya he ido divulgando en libros como El complejo encaje del estado español en la nación catalana, Cómo convencer a un español de que pagar a escote no es ninguna tontería, Cataluña, tierra de cobardes y Hay que matarlos a todos. Es decir y resumiendo, que todos los problemas primero de España y luego del mundo se solucionarían conmigo como líder, ya que para eso he ido a colegios de pago y mis maestros ya decían que yo iba a llegar lejos. Por eso me expulsaron, para que me fuera bien lejos y llegara allí cuanto antes.
Sorprendentemente y como ya he insinuado, este partido defraudó las mencionadas esperanzas de muchos y se mostró aquejado de los males habituales de los partidos políticos más veteranos: una organización anquilosada, un dominio férreo por parte del aparatchik, un miedo absurdo a la juventud y a las ideas frescas y renovadoras. Resumiendo, mi candidatura fue rechazada. No me votaron ni aquellos a quienes soborné.
La presidente electa, María Ruipérez, no tuvo inconveniente en recibirme en su despacho y darme explicaciones un tanto sesgadas por el odio y la envidia: "Compréndelo, Jaime, acabas de llegar a este proyecto, quizás dentro de unos años. Además, está ese problema tuyo con el alcohol, esas deudas de juego y lo de las denuncias de acoso sexual --falsas, por supuesto--. Y, en fin, algunas de tus ideas no conectan con la mayoría. Como eso de expulsar del país a los zurdos, para proteger la raza. Y luego están las formas, que son casi tan importantes como el fondo. No está bien escupir a quien te lleva la contraria, Jaime, no está bien".
Ruipérez aseguró que contaba conmigo --cómo no--, aunque no dijo para qué y se negó a nombrarme secretario general. Ellá sabrá lo que hace. Mis seguidores --los tres, contándome a mí-- no se lo perdonarán y el partido se partirá en dos.
No alargué la conversación, ya que llegaba tarde a una cita con Su Majestad el Príncipe Felipe, así que estreché la mano de Ruipérez, le escupí en todo el ojo y me largué.


 
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