miércoles, 30. noviembre 2005
Jaime, 30 de noviembre de 2005 10:03:39 CET

No la toques más, Sam


De vuelta de Chile y en el aeropuerto del Prat me encontré con Osama Bin Laden.
--Manos arriba, queda usted arrestado.
Siempre le hago la misma broma. Y cómo se ríe. Un día le pillarán de verdad y el tío muerto de risa: "Jaime, siempre igual".
Me dice que va a pasar el puente de diciembre en, bueno, no me dice dónde, no se fía de mí.
--Sólo hago turismo a países fríos y en invierno --avisa--, porque como las mujeres van todas tapadas, me siento como en casa. Pero es horrible. El otro día vi a una tía enseñando las orejas, qué perversión, qué lujuria, qué libertinaje, no sé dónde iremos a parar. Le pegué dos tiros.
--Hombre, ¿no crees que exageras?
--No, en serio, es ver la piel desnuda de una mujer y me entran unas ganas de atarme un cinturón de explosivos que ni te imaginas.
Normalmente no suelo hablar de estas cosas con Sam. Sinceramente, creo que el pobre está reprimiendo algo, no sé si me explico, no es normal verle la nariz a una señorita y ponerse de los nervios.
Pero quiero ayudarle.
--Oye, Sam --le digo--, mira, conozco un local en Madrid donde te hacen lo que tú digas.
--¿De qué hablas?
--Ya me entiendes: ahí tienen de todo. Tú simplemente lo pides y te lo traen. Y no hablo sólo de... Bueno, ya sabes de qué hablo. Discreción garantizada. Nadie sabrá nada nunca. Digo Madrid porque es un sitio tan horrible que nadie en su sano juicio huiría allí y por tanto no creo que te estén buscando.
--Ah, o sea que tú también crees que tengo un problema de virilidad.
--No, yo no he dicho eso.
--¿Te ha llamado Klaus?
--¿Klaus?
--No te hagas el loco. El doctor Fabenmeyer. Me dijo que eran datos confidenciales... Yo creí que siendo católico comprendería lo del secreto de confesión.
--No me ha llamado nadie, Sam.
--No, claro, qué va.
--En serio. Creo que no es buena idea ir matando gente y tapando señoritas. Bueno, a ver, reconozco que a todos nos han entrado ganas de quemar la oficina. Pero no lo hacemos. Y lo de tapar señoritas no tiene excusa. Lo normal es lo contrario, destaparlas, alegría, fiesta, piernas. En fin, señoritas o señoritos, eso ya, cada cual...
--¿Qué insinúas?
--Estás muy susceptible, Sam.
--¡Te he preguntado qué insinúas, perro infiel!
--Mira, cuando te pones así, no hay quien dialogue contigo.
--Maldito puerco cristiano, ¡ME VOY A COMER TU CORAZÓN! ¡ALÁ ES GRANDE! Y YO NO TENGO NINGÚN PROBLEMA CON LAS MUJERES, ¿ENTIENDES? NIN-GU-NO. SON ELLAS LAS QUE TIENEN PROBLEMAS CONMIGO, ¿DE ACUERDO? ¡ELLAS!
--Sam, todo el mundo nos mira.
Entonces se calló, se secó las lágrimas con la manga, dio media vuelta y se marchó, empujando el carrito de las maletas.
Desde entonces tiene el móvil apagado.
Le he enviado un mensaje con la dirección y el teléfono de ese local. Sé que me lo agradecerá.


 
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