miércoles, 8. octubre 2003
Jaime, 8 de octubre de 2003 10:51:18 CEST

La lógica en la guantera


Parece que finalmente se reformará la plaza de las Glòries. Que en realidad no es una plaza, sino más bien una especie de horrible superescalextric al que un peatón en su sano juicio no puede prácticamente ni acercarse.
La reforma consiste básicamente en tirarlo todo abajo (algo razonable) y crear un espacio decente. El problema es que después de las obras no podrá circular el mismo número de coches sin crear un caos de tres pares de narices. La propuesta del ayuntamiento de la ciudad para solucionar este daño colateral pasa por potenciar el transporte público, creando una gran estación de metro, tren, tranvía y ferrocarriles. Al parecer, se asume que si hay transporte público más o menos eficiente y el privado resulta caótico y una pérdida de tiempo, la gente optará por dejar el coche en casa.
Pero, claro, se olvida que en cuanto subimos a un automóvil guardamos la lógica en la guantera y nos convertimos en lo que Zoe Williams catalogó sutilmente de bastardos egoístas. Es decir, llegado el día (y faltan unos diez años) en que las obras concluyan, cada uno de estos conductores pensará que el resto habrá optado por ir en tren o en metro, y que el tráfico no será tan problemático como pueda parecer. En definitiva, cada uno de estos conductores olvidará que también forma parte "del resto" para los demás. O sea, que a muchos les espera una buena ración de atascos y bocinazos cada mañana.
Y es que, pese a que estamos mejor que en Madrid, por ejemplo, el centro de Barcelona (y Glòries de aquí a unos añitos) se colapsa a pesar de las numerosas paradas de tren, metro y autobús que hay por la zona. Muchos de los tocan el claxon en la calle Aragón (porque, claro, las bocinas sirven para desintegrar los coches ajenos y por eso son tan usadas en los atascos) podrían coger el transporte público y ahorrar tiempo y dinero. No todos viven en pueblos dejados de la mano de Dios: muchos residen a cuatro o cinco paradas de sus lugares de trabajo.
Pero sencillamente no les da la gana ir en transporte público. Prefieren su cd, su aire acondicionado y sus asientos de cuero a viajar agarrados a una barra soportando codazos ajenos.
Tampoco les culpo.
Eso sí, dentro de unos años, cuando la plaza de las Glòries sea un espacio menos repugnante para los peatones y un infierno insufrible para quienes van en coche, me gustaría que esos conductores cerrasen la boca y asumieran que la culpa es suya. Porque lo es.
Aunque ya sé la respuesta que me darán: un bocinazo.


 
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