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Motivados
Un conocido experimento empresarial nos muestra lo curioso de los mecanismos de la motivación en el trabajo. En una compañía, a un grupo de trabajadores se le dio el coche de empresa y se le subió el sueldo un quince por ciento. A otro grupo del mismo nivel y con las mismas responsabilidades sólo se le compró una cafetera de las buenas para compartir en la oficina y se le dio dinero para café, azúcar y galletitas danesas. Adivinad qué grupo mejoró más su rendimiento. El del café, obviamente. Al principio se creyó que era por la importancia de esas pequeñas cosas. Hasta que se comprobó que los tipos de los coches llegaban cada día tarde a la oficina por culpa de los atascos. Y que dos de ellos habían muerto en terribles accidentes. Bueno, en realidad uno no murió. Quedó en estado vegetativo. Lo desconectaron, pero aún aguanta gracias a la pila del marcapasos. Esas pilas aguantan diez o doce años tranquilamente. Lo peor vino cuando el grupo de la cafetera se enteró de que a sus compañeros les habían regalado esos audis negros y, resentidos, quemaron la oficina y asesinaron a los primogénitos de los dueños, de los altos directivos, de los psicólogos, del jefe de personal y de un tipo que pasaba por allí y se parecía mucho al fundador. "¡Café --gritaban-- los explotadores nos daban café!" Cuando les recordaban lo contentos que estaban, los empleados aseguraban con los ojos enrojecidos por la ira que hubieran estado aún más contentos con un Audi negro. Incluso con un Audi gris. Los trabajadores fueron juzgados y absueltos de todos los cargos. El juez aseguró en su sentencia que "él hubiera hecho lo mismo" y que estaba "hasta las narices de esas galletas danesas, que te las ponen en todas partes y no tienen ni chocolate ni pasas ni nada".
El coleccionista
Es curioso esto de perder cosas. Sin ir más lejos, no sé dónde he dejado El grito, de Munch. Estaba redecorando, lo descolgué y ahora no sé si lo guardé en algún armario o si lo he tirado sin querer con unas cajas que tenía amontonadas en el altillo. Digo que es curioso porque mientras buscas lo que has perdido no lo encuentras y cuando dejas de buscar, aparece. Ya encontraré el cuadro, imagino. Estará donde menos te lo esperas, ahí a la vista, pero qué tonto, si has pasado cincuenta veces por delante. Es una pena, de todas formas. Con lo que me costó robarlo. Porque me daba pereza, más que nada. Una vez estás allí, no, pero eso de levantarse del sofá, coger un avión, alquilar un coche... En fin, un agobio sólo de pensarlo. Me sobrepuse a mis pocas ganas de salir de casa porque yo soy un amante del arte. Tengo una pequeña, pero destacable colección: una reproducción del Guernica que me regaló la Caixa, una última cena que me regaló la Caixa y uno buenísimo que compré en Sitges con unos perros jugando al póquer. Es superrealista. Parece que vayan a decir de un momento a otro: "¡A mí dame tres!" o "¡Las veo!" Me gusta el arte que representa cosas de verdad. Por eso, debajo del cuadro de Munch tenía una grabadora. Cuando contemplaba el cuadro le daba al play. Había una cinta llena de gritos míos. Noventa minutos de gritos. Así la cosa era más realista porque el cuadro muy real no es. ¡Aaaahh! ¡Aaaaahhh! ¡AHAAAHAAHAA! Que sensación. El Guernica tampoco es realista, pero es que es Picasso, qué esperabas, se le rompió la muñeca y por eso le salían todas las caras de lado. O igual se quedó en primero en la carrera de arte y no pasó de los egipcios. Con lo que se ha avanzado desde entonces. Ahora no hace falta que los edificios acaben en punta, por ejemplo. Y hay ventanas. Las ventanas son un gran invento, y no sólo en verano.
Escándalo
Creo que me he perdido algo estos días. Lo digo porque ayer le llevé mi último cuadro a mi marchante y puso una cara muy rara cuando lo vio. Se titula Retrato de Mahoma borracho bailando la polca con un futbolista desnudo. Mi marchante me pidió que por favor le cambiara el título. Total, decía, si es de estos modernos, con manchas, podría ser cualquier cosa. Obviamente me negué. Qué se ha creído. Yo hago ARTE. Yo no pinto paisajes de encargo que acaban en el pasillo de una casa de Cornellá. Mis cuadros acaban expuestos donde acaban las grandes obras de los más grandes artistas: en las sedes de bancos. Y no son manchas: son sensaciones, impresiones, ideas. Por supuesto, los títulos no son porque sí. Ayudan a comprender el mensaje que quiero transmitir. Lo sitúan. O, por el contrario, son pistas falsas para extraviar a los conformistas de mirada obtusa que no merecen lo que yo doy en cada una de mis obras. Que no es poco. Doy todo un mundo. Vamos, que no soy un mercenario que cambia sus obras sólo para que no se escandalicen los burguesitos. Me ofreció rebajar su comisión y acepté. Ahora se titula Retrato de Mahoma borracho bailando un vals con un futbolista desnudo. Yo no sé qué tiene este hombre con la polca. También me hizo cambiar el título de Jordi Pujol borracho bailando la polca con una señorita de Teruel. El de Mahoma lo ha comprado el mismo banco japonés que compró el de Pujol. Es una serie que estoy preparando. Gente importante bailando borracha. Un vals, claro, porque la polca no le gusta al señorito. No sé qué se imagina que es una polca. En Japón gusta mucho. Mi serie, digo, la polca no. Bueno, igual la polca también, vete a saber, estos japoneses son muy raros. Como viven tan lejos.
Interés informativo
PRESENTADOR: Buenas noches, tenemos con nosotros a Leandro Sevilla, un honrado padre de familia que guarda voto de silencio desde hace ya trece años. Y eso a pesar de haber reconocido por escrito que no tiene ningún motivo para hacer tal cosa. Buenas noches, Leandro. LEANDRO: Buenas noc... ¡Mierda! P: ¿Qué ocurre? L: ¿Cómo que qué ocurre? Trece años sin abrir la boca y ahora, con los nervios del directo, le doy las buenas noches como si nada. P: Vaya, lo siento. L: No se preocupe, no es culpa suya, usted sólo se comportaba de forma educada. Bueno, al menos mi mujer dejará de darme la tabarra. Ya está bien de tanto callar, a ver si hablas un poco, que aquí sólo hablo yo, cocorocó cocorocó. En serio, qué pesada se pone. No sabe respetar las decisiones ajenas. P: Sí, en fin, me sabe mal tener que decirle esto, pero... L: Diga, diga. P: Es que usted ha dejado de tener interés informativo. L: Ya... Lo comprendo. P: Lo siento, pero... L: No se preocupe. Siga con lo suyo. P: Bueno, pues gracias. Buenas noches y buena suerte. L: De nada. Un placer. Buenas noches. P: Pasamos a otros temas de actualidad. ¿Las mariposas son animales homosexuales o su nombre engaña? El próximo reportaje intenta desentrañar este misterio que ha traído de cabeza a los biólogos desde que... L: Oiga, sé tocar el acordeón. P: ¿Perdón? L: No, por si quiere entrevistar a alguien que toque el acordeón. P: No, gracias, no me interesa. Como les decía, el reportaje que verán a continuación... L: También se hacer trucos de magia. Mire, ¿ve esta moneda? Mierda, se me ha caído. P: Oiga, estoy intentando introducir un reportaje de alto nivel. L: ¿Dónde se ha metido...? Aquí abajo está muy oscuro. ¿No tendrá un mechero? P: Pues no. L: Es que era de dos euros. Bueno, es igual. El verano pasado estuve en Vietnam. ¿Vengo mañana con las fotos y hablamos sobre ese exótico país? P: No, gracias. Usted me interesaba cuando no hablaba. Ahora habla, como todo el mundo, y ya no quiero saber nada de usted. Lo siento mucho, la tele es así, no la he inventado yo. L: ¡Comí serpiente! P: ¿Y qué? L: Sabe a pollo. Y tengo fotos. P: ¿Quiere hacer el favor de dejarme trabajar en paz? L: Ah, también soy zurdo. Podría explicarle lo mal que lo tenemos los zurdos para todo. El otro día, sin ir más lejos, estaba escribiendo y la luz entraba por la izquierda, con lo que la mano me hacía sombra sobre lo que escribía. Una experiencia terrible. Los zurdos estamos marginados y maltratados por esta sociedad derechista que... P: ¿Alguien puede sacar a este tipo de aquí? L: Oh, no le interesa. Bueno, lo comprendo. ¿Y si hablamos del alcohol? Soy abstemio. Ni una gota. Ni siquiera en Navidad. Y porque quiero, ¿eh? No tengo ninguna enfermedad de esas que no te dejan beber, como la diabetes, el alcoholismo, ser testigo de Jehová... No, ya veo que no le interesa. Ah, soy capitán del equipo de fútbol de mi oficina. Es un tema de esos humanos, igual quiere hablar sobre mi experiencia. No... ¿Le he dicho ya que he comido carne de serpiente? P: Déjelo ya, por favor. Es usted repugnante. L: Oiga, ésta es una televisión pública. La pago con mis impuestos y tengo derecho a salir en ella. ¡Es mía! P: Se equivoca, ésta es una televisión privada. L: Quizás tenga usted razón o quizás no la tenga. En todo caso, yo compro los artículos de las empresas que pagan la publicidad de esta cadena. Ahora le he pillado, ¿eh? P: Veo que sólo hay una forma de hacerle callar... L: ¿Eh? ¿Qué hace? ¿Por qué me mira así? ¡Socorro! ¡Quieto! ¡Que alguien me ayude! LOCUTOR: Buenas noches. Interrumpimos la emisión de este programa porque el presentador está asesinando con sus propias manos y en horario infantil a uno de los invitados. Les dejamos con la reposición del reportaje: "Los campeonatos de fútbol de empresa: ¿diversión o mafia sectaria?".
En contra de todas las cosas
Sin duda, vivimos tiempos difíciles. Este es el motivo por el que creo necesario poner en marcha una Asociación de Defensa de las Cosas en General. No para defender las cosas, sino para defendernos de ellas. De hecho, estoy recogiendo firmas para mis cosas. Os ruego vuestra colaboración. Gracias. ¿Y las cosas qué tienen de malo? Las cosas en sí son malas. Malísimas. Malérrimas. El trabajo, por ejemplo, es una cosa. Los políticos también son una cosa horrible. Y los cuchillos. Cortan. Tendríamos que hacer algo en contra de los cuchillos. No los soporto, es ver un cuchillo y me entran ganas de rebanar cuellos. Pero me tomo la pastilla y se me pasa. Las pastillas también son un asco. Y los ascensores. ¿Y si se caen? Y los aviones. ¿Y si se caen? Y el tomate. Los tomates son tan repugnantes como las gunufretas, por mucha afición que haya por aquí a esas cosas que se supone que son frutas, pero todo el mundo dice que son hortalizas. Hay más cosas horribles: esas cosas que se te meten en los ojos, las cosas que pasan, las cosas que tiene la vida, la delincuencia, que es una cosa de difícil solución. Y más. Sí, de acuerdo, puede que también haya cosas buenas, pero una cosa buena puede convertirse muy fácilmente --demasiado fácilmente-- en una mala. Una manta puede ser muy agradecida en invierno, pero ¿y si alguien la empapa a traición? Podríamos acabar pulmónicos perdidos. Pido un minuto de silencio en contra de las cosas. No más cosas. Abajo las cosas. También pido un voto en el referéndum de las cosas.
