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Sellos
El gran éxito televisivo de Asnalia fue Sellos. Una serie sobre un grupo de filatélicos y sus métodos poco convencionales para conseguir las mejores piezas de colección. La clave de su éxito estaba en la protagonista, Noelia Karpakova --o K, como la llamaban--, una mujer extraña y solitaria que se sentía más a gusto entre sellos que entre personas. Sólo se emitieron siete episodios. En el último, el equipo de filatélicos buscaba --y encontraba-- un sello de Arabia Saudí en el que por error aparecía la cara de Mahoma. Los cuatro actores principales, el jefe de guionistas, la directora y dos maquilladoras murieron días después en extrañas circunstancias. Sus cuerpos aparecieron degollados o calcinados, y se enviaron grabaciones de sus asesinatos a las redacciones de diarios y televisiones. Se trataba de extraños rituales llevados a cabo por tipos que hablaban árabe. La policía creyó que los culpables eran unos fanáticos psicópatas obsesionados con la serie. Jamás los encontraron. La sustituyó Monedas. Pero, como es habitual en estos casos, muchos dijeron que no era más que una burda copia. Además, del equipo de Monedas no murió nadie, con lo que el interés de la audiencia fue más bien normalito tirando a escaso.
Dónde habrá aprendido eso
A: Je, je, estos niños… Qué ocurrencias. Ahora, que vaya lenguaje. B: Le aseguro que no lo ha aprendido en casa. A: En el colegio, habrá sido. Los colegios de hoy en día son un asco. B: Una puta mierda A: Y los profesores, unos cabronazos. B: Suerte que el niño es listo. A: Si es que parece que no, pero los niños de hoy en día son muy listos, lo aprenden todo más deprisa, y no como en nuestra época, que éramos unos ignorantes y unos inocentones. B: Claro, pero ahora con la tele y con la internet esa... A: Pues sí, se vuelven unos tontos del bote, que no tienen ni idea de nada. B: Unos ignorantes que ni siquiera saben cuál es la capital de Bangladesh. A: ¿La capital de qué? B: Y además se drogan todos en seguida, que el otro día leí que comenzaban a esnifar marihuana a partir de los nueve años. A: Eso en nuestra época no pasaba. B: Qué va. A mí, mi padre me pillaba inyectándome porros y me sacudía una hostia que me arrancaba la cabeza. A: A mí una patada que me rompía las piernas. Las dos. De una sola patada. Lo hizo una vez. Me pilló fumando cocaína. B: Pero, claro, ahora no se les puede ni tocar y así salen. A: Unos consentidos. B: Drogadictos. A: Ladrones. B: Esquinjeds. A: Inmigrantes. B: Negros. A: Como el carbón. B: Y chinos. A: Y chinos. Que hay niños chinos por todas partes. B: Especialmente en la China. A: En Asia en general. B: Claro, con el retraso que hay... Una pena que no tengan niños europeos. Les cuesta más integrarse. A: Ya se lo encontrarán cuando crezcan. B: La vida les va a dar todos los palos que no les dieron sus padres. A: Tarde o temprano. B: Y más temprano que tarde. A: Mejor, que aprendan. B: Que aprendan. B: Putos niños negros. A: Vienen a imponer su cultura. B: En lugar de adaptarse.
Genocida
Jaime Rubio fue juzgado anoche por no reciclar. El juicio se celebró a las tres de la mañana para evitar que una violenta turba de ecologistas se lanzara sobre el acusado y lo linchara como este cronista cree modestamente que merece. Rubio comenzó asegurándole al juez que quería defenderse a sí mismo. Sin embargo, el magistrado le negó esta petición, alegando que el caso era demasiado complicado y serio como para que el acusado se pudiera arriesgar a no tener una defensa justa y adecuada. Así pues, le representó un abogado de oficio, Telesforo Domínguez, famoso por ser el primer chimpancé en licenciarse en Derecho. Durante el interrogatorio al que le sometió el nunca bien ponderado fiscal, Rubio admitió los cargos: "No reciclo porque es demasiado difícil. ¿Dónde pongo el polietileno? ¿Eh? ¿DÓNDE, MALDITO BASTARDO, DÓNDE? ¿Ves como no es tan fácil?" El fiscal le aseguró que con los plásticos y le propinó una sonora bofetada. Rubio adujo que había intentado reciclar durante casi un mes: "Pero con tanto cubo y con el lío de los horarios, les aseguro que el mundo se me vino encima. Fíjense, traigo el parte de lesiones que prueba este accidente". De todas formas, el documento sólo confirmaba que lo que le había caído encima era el norte de Suecia y no el mundo entero. El fiscal añadió que reciclar requería un esfuerzo, sí, pero que este trabajo se veía prontamente compensado por la satisfacción de haber salvado el mundo. "Aprenda de los alemanes --explicó--, gracias a ellos se han salvado hasta el día de hoy mil doscientas cuarenta y siete focas y veintitrés ballenas". El chimpancé Domínguez adujo que no España no es Alemania, a lo que el juez le dio la razón. "Los alemanes --dijo-- son otra cosa. Saben trabajar, y no como aquí". "Tienen otros horarios", añadió el fiscal. "Claro --dijo el juez--, es que es otra cultura". "Centroeuropea", concretó el mono. El abogado de Rubio centró su alegato en su experiencia como chimpancé: "Los monos, igual que todos los seres vivos, dependemos del reciclaje para sobrevivir. Un día de estos el mundo explotará por culpa de gente como Jaime Rubio. Sí, merece un castigo, pero también nuestra compasión. Es un pobre borracho que no duerme las horas que necesita y cuyo único amigo es un pececillo de colores que lleva tres días muerto". El discurso emocionó al juez, que condenó a Rubio a la pena mínima: diez años de trabajos forzados en una planta de reciclaje, fabricando abono a partir de restos orgánicos.
Cine valiente
Hollywood no estaba preparada para una película como Mis amigos del infierno, una dura y comprometida cinta que dirigí, escribí, protagonicé y produje con el dinero de una señora mayor muy despistada --pero no quiero hablar de mi vida privada, gracias. No me extraña que no recibiera ningún Oscar. A mi obra le sobra calidad, pero desde luego hay mucho cobarde carca en las altas esferas del mundo cinematográfico. Mi valiente largometraje narra la historia de un joven y atractivo periodista que comienza a investigar la muerte de Lady Di y acaba dando con una secta de dependientes caníbales en Harrods. El canibalismo es aún un tema tabú para la conservadora academia estadounidense, por lo que mi película fue ninguneada incluso en las candidaturas, a pesar del éxito de crítica y público que obtuvo en Asnalia. La estrené en este país al haber sido censurada en el resto de Europa por motivos políticos y con la falsa excusa de su poca salida comercial. Mis amigos del infierno intenta dejar claro que, en lo que se refiere al canibalismo, no todo es blanco o negro, sino que hay muchos matices de gris. No es para mentes conformistas. Ni para estómagos sensibles. Estoy preparando la segunda parte. Estaría centrada no ya en el joven periodista, sino en la que es su pareja en la película: una joven pacifista estadounidense. Mis amigos del purgatorio hablaría de las dificultades de una veinteañera de Wisconsin para confesar que es zurda sin que la apaleen por creer que es otra de esas comunistas. Obviamente, se trata de una trilogía. La última parte, Mis amigos del paraíso, retomaría el personaje del periodista, que en este caso se vería atrapado en la batalla milenaria entre masones y monjes budistas, que es la que verdad está decidiendo el rumbo del mundo. El momento cumbre es cuando los budistas torturan a Richard Gere para obligarle a profesar su fe. Espero contar con Gere, pero lo cierto es que estoy teniendo problemas con la financiación. Es lo que nos pasa a los cineastas comprometidos: nos censuran y nos oprimen porque nuestras películas comprometen el status quo de los poderes establecidos. Ahí es nada. ¿Qué ha sido ese ruido? Ah, me persiguen, esos censuradores del gobierno me persiguen. La Cia, el FBI, el Mossad, el MI6, todos quieren silenciar mis verdades. No podrán conmigo, no callaré. A no ser que paguen, no cerraré la boca. Sobornad, malditos, sobornad. Si no, la verdad se oirá alta y clara, porque yo soy un gran cineasta independiente, el primero que se ha atrevido a denunciar a los masones, a los monjes budistas y a los dependientes de Harrods, cuya maldad y perfidia nadie había puesto antes sobre la mesa. Con valentía, con arrojo, con determinación. ¿Qué ha sido ese ruido? El viento, ha sido el viento. Un momento... ¿y ese otro cloc? Nada, más viento.
Contra todo
El anarquista húngaro Viktor Magyari dio un paso radical en su lucha contra la opresión del proletariado en 1891, cuando declaró su oposición la ley de la gravedad. Según Magyari, "la ley de la gravedad nos ata al suelo y nos impide alzar las cabezas obreras con merecido orgullo". Desde entonces, Magyari comenzó a flotar y a nadar por el aire, negándose a caer. El filósofo y activista no negó los inconvenientes que esta situación le traía, sobre todo mientras comía y en el cuarto de baño, pero también sostuvo que su actitud era toda una lección de independencia frente al capitalismo opresor. Al poco tiempo se le unió un puñado de seguidores, que flotaban por las calles de Budapest para escándalo de los burgueses y estupor de las autoridades. Y es que, por mucho que la prensa conservadora bramara contra las actividades del grupo de Magyari, la policía no podía arrestarles al no ser un delito el incumplimiento de la ley de la gravedad. El líder anarquista se enamoró de la única mujer de su reducido séquito volador, Natalia Mádl, a pesar de sus ideas contrarias a la esclavitud que suponía el amor burgués. Mádl le correspondió, aunque también compartía estas ideas. Por desgracia, el anarquista descubrió que era un celoso compulsivo: se dedicaba a vigilar a su compañera y a interrogarla cuando la veía hablando con otro hombre, flotara o no. Incluso la seguía y la observaba, oculto entre las ramas de los árboles más altos de la ciudad. Esta actitud posesiva y obsesiva no sólo le trajo discusiones y disgustos con Natalia, sino también enfrentamientos con el resto del grupo: sus compañeros le recordaban la importancia de la confianza y de la libertad como valores opuestos a la opresión patriarcal burguesa, que anulaba los anhelos de libertad y rebelión del hombre y de la mujer. A pesar de que era consciente de que sus amigos tenían razón y aunque intentó controlar los celos, lo cierto es que su actitud persistió y acabó provocando el flaqueo de las convicciones de Mádl. La pérdida de fe de la joven hizo que una tarde y tras una nueva discusión, obedeciera, quizá por despecho, a la ley de la gravedad. Natalia cayó desde unos siete metros de altura sobre un piano que estaban cargando en un carro, rompiéndose la nuca y muriendo al instante. Magyari, consternado, triste, inseguro, se retiró a la casa que su familia tenía cerca de la frontera con Rumanía. No renunció a su lucha contra la ley del burgués Newton y escribió varios libros sobre sus ideas, contradicciones, sentimientos y proyectos. Sin embargo, sus obras jamás se publicaron. Nadie fue capaz de descifrar aquellas páginas, ya que Magyari --quizá en una huida hacia adelante-- también se declaró en contra de la gramática y la ortografía, "esax lelles hobresoras pemsamíêto livre del, erramientas esas capitalisijtas contra rebolución", según se lee en uno de los pocos fragmentos más o menos inteligibles. Murió en 1937, decepcionado con la revolución rusa, temiendo una guerra mundial que ganarían los australianos y habiendo renunciado a la dictadura del léxico. Sus últimas palabras fueron: "Bruppa fujjj lapki ikiroga". Sus amigos más íntimos acertaron a descifrar la frase: "¿Dónde coño he dejado el mando a distancia?" Esto no hizo más que subrayar su merecida fama de visionario.
