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La fiesta de la democracia
Se acostumbra a decir que las elecciones son la fiesta de la democracia. Eso lo dicen quienes no acudieron a su cumpleaños. Aquello sí que fue una fiesta. Nos divertimos tanto con la Demo que al final resultaba ya hasta desagradable. Joder, qué bien lo estamos pasando, me dijo Justicia, toda borracha, agarrada a una bandeja con pastitas de té. Pues sí, le contesté, qué asco, ¿no? Y la Justi me miró toda triste y me dijo ni que lo digas, y se largó suspirando y tropezando con los muebles. No por borracha, que también, sino por ciega. O sea, ciega de nacimiento, de los ojos, no ciega por haber bebido. Que también. A aquella fiesta fuimos todos. Estaban Igualdad, Fraternidad, Libertad, su hermana viciosilla Libertinaje... Ahora parece que sienta cabeza y lleva un tiempo saliendo en serio con Civilización, pero no sé yo. El Civi tiene el supuesto encanto de los intelectuales, pero es un bendito y un soso, y ya sabemos todos lo mucho que le gusta la fiesta a esta chica. De hecho, aquel día ya tonteaba con Fortaleza, con quien estuvo liada hace unos añitos. Ya se lo dije al Civi, que se anduviera con ojo, que fuera con prudencia, pero él me dijo, y no sin razón, que Prudencia ya estaba liada con Templanza. Y esa pareja parece que va a durar por lo menos hasta que se decidan a romper, que, conociéndolas, no será pronto. --Se le ve enamorado --me comentó Parlamentarismo--. Si Libe la deja, eso supondrá el fin de Civilización tal y como lo conocemos. Pero, bueno, los líos de amores se dejaron bastante de lado aquella noche. La gente fue allí a divertirse. Porque vaya noche. Han pasado dos meses y aún tengo resaca. Y eso que dicen que la Demo está enferma. Hombre, desde entonces igual necesita un trasplante de hígado, pero por lo demás, no sé yo. Sí que es verdad que vivimos momentos de pánico cuando se subió a la barandilla del balcón y comenzó a gritar que era la mejor de entre todas las conocidas, pero Política la bajó a empujones y le dijo aquello que dice continuamente de "seriedad, seriedad, ante todo, seriedad". Como siempre, le dimos de collejas. Y, también como siempre, se encerró a llorar en el lavabo. Demagogia la consiguió consolar con sus habituales buenas palabras, pero al final prefirió volverse antes a casa. La idea era acabar la noche en alguna discoteca. Éramos muchos y no había forma de ponerse de acuerdo, así que al final fuimos donde siempre, a Constitución. Más vale malo conocido. Aunque al final y en comparación con la fiesta de antes, nos supo a poco. Eso sí, pusieron bastante música de los ochenta, que tiene su gracia. Acabé a las seis de la mañana arrastrando a Democracia a casita. Estaba ya la pobre a cuatro patas. --Esto sí que ha sido la fiesta de la Democracia, y no las elecciones --le dije, repitiendo por enésima vez el chiste de la noche. --Son unos hijos de puta --contestó--. Habría que matarlos a todos. Se creen importantes porque son mayoría, pero son unos mierdas y unos cobardes. --Anda, anda, vamos a dormir, que ya verás mañana. --Voy a llamar a mi hermana Dictadura y se van a cagar... --Ea, ea... --No voy a consentir más atropellos. --No, no, por supuesto. --Cientos de ancianas mueren atropelladas cada día en las grandes ciudades. Eso es impermeable. --Inadmisible. --También.
Aburrir
Un escritor no puede permitirse el lujo de aburrir. Jamás. Dicen que el aburrimiento puede ser creativo y quizás esto no deje de ser cierto, pero la verdad es que el aburrimiento, sobre todo y ante todo, es aburrido. Por tanto, es importante no aburrir. Aburrir es de mala educación. Y además es aburrido. Es terriblemente monótono. Cuando uno se aburre, bosteza, menea el culo y lee en diagonal. Es fundamental evitar que la gente se aburra leyendo los textos de uno. Por ejemplo, hay que evitar las repeticiones. No se puede ir repitiendo la misma idea. Aunque cambien las palabras, uno aburre si repite el mismo concepto una y otra vez. No es bueno repetirse. Repetirse aburre. Y no está bien eso de aburrir. Es aburrido. Para evitar aburrir a los demás es importante, por ejemplo, no repetirse. Jamás. Nunca. En ningún caso. Nada de repeticiones. No es aconsejable repetirse. Con las excepciones oportunas, mejor si no nos repetimos. Repetirse aburre. Y uno pierde lectores cuando aburre. La mayoría se suicida. La gente se tira por las ventanas, se pega un tiro, se arroja a las vías del tren, se corta las venas con cortauñas y, por tanto, poco a poco. Y todo eso porque se aburre. Sé de gente que incluso prefiere trabajar a aburrirse. Claro que se trata de enfermos. Porque, al fin y al cabo, trabajar es aburrido. Trabajo porque en casa me aburriría, dice alguno. Imbécil. ¿Y no te aburres más en el trabajo? ¿Esa es la vida interior que tienes? ¿La de una patata? Dicho sea con todos mis respetos por las patatas, esos tubérculos tan importantes para la cultura y la civilización, sin los cuales no tendríamos la tortilla de patatas o las patatas fritas. Una palabra curiosa, tubérculo. Suena feo. Por lo del culo al final. Tuber. Culo. Tú ver culo. Eso si hablas como los indios. Tubérculo. Tuberculo. Tubería. Culo. Tubo. Tuvo. Ver. Culo. Culo. Culo... Oh, ¿seguís ahí? Perdón, estaba... er... estaba... Bueno, estaba. Decía que a nadie le gusta aburrirse. A todo el mundo le apetece vivir una vida chisporroteante y excitante. Sin repeticiones. Ni reiteraciones. Ni redundancias. Ni repeticiones. Ni tampoco repeticiones. Ni repecticiones. La excepción: una tribu de la Patagonia, que considera de buena educación aburrirse en presencia de adultos, siempre y cuando uno haya comido antes carne de búfalo, condición que no se da a menudo, ya que la carne de búfalo escasea en la Patagonia por culpa del cambio climático. Y es que el tiempo está loco. Un día tienes frío y el día siguiente, calor. Gracias a la calefacción central y al aire acondicionado conseguimos trampear estas sensaciones contradictorias. De todas formas, el clima siempre está ahí, como valioso recurso para llenar vacíos en conversaciones absurdas con gente a la que sólo le diriges la palabra por pura obligación, al estar, por ejemplo, atrapado en un ascensor o en una reunión de antiguos alumnos, o sea, una de esas cenas ridículas en las que siempre te toca sentarte al lado del tipo soso con gafas que nunca habla con nadie --¡ni siquiera del tiempo!--, y eso cuando tú mismo no eres ese tipo soso con gafas y te das cuenta y gritas y sales corriendo y jamás te vuelven a llamar. Entonces te despiertas y resulta que sólo era una pesadilla: nunca has ido --ni irás-- a una reunión de antiguos alumnos. Entre otras cosas porque tus padres no tenían dinero para pagarte una educación y te pusieron a trabajar a los seis años. ¿De qué estaba hablando? Ah, sí, del aburrimiento. Lo peor del aburrimiento es que es aburrido. Si no fuera por eso, uno podría aburrirse sin temor a aburrirse. Pero no es el caso.
Astenia
Por motivos ajenos a mi voluntad, me veo obligado a tomarme vacaciones. Mi idea era seguir publicando estos días, pero mi ejército de monos redactores no responde como antes a los siempre motivadores insultos y latigazos. El capataz, un chimpancé con un gran sentido de la disciplina y de la organización, me explicó que la culpa es de la astenia primaveral y que trabajar en Semana Santa es cosa de ateos, comunistas y masonazos. Obviamente, monté en cólera y le solté que lo único que era de rojos, sindicalistas y vagos era lo de no querer cumplir con las obligaciones de cada uno. Y no hablo ahora de sus obligaciones conmigo. Yo soy simplemente como un paciente padre que les hace un favor a sus chiquillos, permitiéndoles estar a mi servicio y colaborar así en mi carrera hacia el Nobel. Hablo de las obligaciones que ellos tienen con mis millones de lectores, que van a pasar días de llanto y rechinar de dientes. De todas formas, cedí a sus presiones. Cuando se ponen a gritar, a saltar y a arrojarme cosas --incluida una máquina de escribir-- son más bien convincentes. Especialmente porque el médico me dijo que otro golpe en la cabeza podría ser fatal. En mi magnanimidad, les he concedido unos cuantos días de descanso. Hasta el 18 de abril. Espero que los aprovechen y vuelvan con energías renovadas porque, si no, no les va a salvar ni la protectora de animales, que, por cierto, me trae bastantes quebraderos de cabeza. Están empeñados en que los monos cobren derechos de autor y que no les golpee con el atizador de la chimenea. Estos jipis no saben cómo hay que tratar a un empleado. Hay que ser justo, pero no tonto. Si es que aún querrán que les compre una casa en Niza, que les masajee los pies y que les dé de comer fruta fresca y no el pienso animal que sobró después de lo de las vacas locas. En fin. Cuánto rojo suelto y qué pocas balas.
Exigencias
Eduardo Mendoza dice que "los años enseñan a ser menos exigente con la realidad". Nada más cierto. Yo cada vez espero menos del mundo real. Recuerdo que, cuando era joven, le pedía cierta coherencia, cierta lógica. Que uno no tuviera que trabajar, por ejemplo, o que estuviera prohibido salir de la cama antes de las diez. Pero ya me da lo mismo. El otro día vi a un perro volando. En otros tiempos hubiera entrado en cólera. Pero esto qué es. Dónde iremos a parar. O me hubiera engañado a mí mismo. Qué paloma más grande y más fea y más peluda. Pero simplemente me encogí de hombros. Un perro volador. Y qué. ¿Acaso no hacen helado de chorizo? Pues eso. No se le pueden exigir peras al peral. La realidad lleva muchos años existiendo, casi no duerme. Vieja y cansada, se arrastra sin importarle que los bigotes cambien de lugar, que el zumo de naranja sepa a zumo de melocotón, que las semanas tengan tres jueves y que a veces uno pasee por una calle de Barcelona y al girar la esquina aparezca en Beirut. Eso le pasó a una amiga mía. Dice que el Líbano es precioso y que cuando venga por vacaciones me traerá un cedro para que lo ponga en mi ventana. Porque ahora, por culpa de otro despiste de la realidad, los cedros son enanos y caben en una maceta. En cambio, los cerdos son enormes. Y hay más: las felorinas ya no existen, ni siquiera salen en las enciclopedias. Aunque alguno igual recuerda haber oído hablar de ese animal azul de cuatro o cinco patas, que vivía en el centro de Europa cuando la Tierra era como Dios manda, es decir, plana. No se extinguieron, simplemente la realidad los olvidó. En fin. Tecleo resignado, mientras las letras cambian de sitio y en París un señor se ha comprado una casa en la que no puede entrar porque está a dos mil metros de altura. Va descendiendo a medida que el pobre hombre va pagando la hipoteca. En unos treinta años podrá trepar hasta la puerta por una escalera de bomberos. La culpa es de la realidad, que ahora dice que es normal que esté bien visto deber dinero. A los bancos, claro.
Cambiar de empleo
Muchos deberían tomar ejemplo de Alfredo Urdaci y cambiar de profesión. El mundo iría mejor si los periodistas se hicieran humoristas, los economistas se dedicaran a algo productivo, como por ejemplo montar una tintorería o apilar cajas en el puerto, y los políticos, bueno, se buscaran un trabajo, uno sencillo para comenzar. No siempre es fácil cambiar de profesión. Yo mismo, sin ir más lejos, intenté hace años dejar el periodismo y dedicarme a hacer monólogos de estos que dan mucha risa en los que unos tipos explican que son unos inútiles o unas tipas explican lo inútiles que son sus novios. Mi debut fue un fracaso. Mis primeros chistes no hicieron gracia y acabé insultando a esos patanes que se hacían llamar público, amenazándoles con represalias si no hacían el puto favor de reírse. Aún recuerdo las primeras frases de mi monólogo: "Vengo volando desde Barcelona para esta actuación y tengo las alas destrozadas. (Aquí movía los brazos como si fuera una paloma reumática.) ¿Se han fijado ustedes en que todos los monólogos comienzan preguntando si ustedes se han fijado en algo? (Toses.) ¿Se han fijado en que siempre se ríen de las mismas tonterías? Y no, yo no me dejo la tapa del váter levantada. YA ESTÁ BIEN. Todos los monologuistas deberían estar muertos. (Más toses. Alguno se levantó y fue al lavabo.) Y yo el primero. (En este momento un maleducado me dio la razón.) Bueno, ¿qué? ¿No piensan reírse? Ustedes han venido aquí para eso, para hacerme sentir gracioso. ¡Estúpidos, abran la boca y carcajéense! ¡Se lo ordeno! Ustedes no saben con quién están hablando, feos, más que feos. ¡Son ustedes tan feos que los perros aúllan a su paso! ¡Sus madres se dedican al contrabando aprovechando que trabajan en un burdel! ¡Cuando se mueran, la media del cociente intelectual del país subirá cuatro puntos! ¡Me dan asco! ¡Y les escupo! (Lo hice.) ¡Incluso sus madres les veían feos! ¡Anormales! ¡Vendo Opel Corsa! Ríanse, hijos de la gran puta, ríanse, que he venido aquí para esto..." No pude seguir porque entonces se abalanzaron sobre mí unos violentos de estos que no saben que la violencia no lleva a nada y no entienden el poder del diálogo. Es más fuerte la pluma que la espada, pero la botella que me rompieron en la cabeza era más dura que las dos cosas juntas. Lo siguiente que recuerdo es que desperté en el hospital. Luego me salió trabajo de chófer en una empresa de alquiler de limusinas para despedidas de soltera. Me despidieron a los dos meses. No me quisieron readmitir a pesar de que cedí a sus ridículas y abusivas exigencias y me saqué el carné de conducir. Una vergüenza, la impunidad con la que actúan los empresarios en España. Y aún hay gente que está en contra de la pena de muerte. En fin. Dado mi historial, sólo pude dedicarme de nuevo al periodismo. Y eso, más o menos.
