viernes, 28. junio 2002
Jaime, 28 de junio de 2002, 1:09:57 CEST

La excusa del islam


Desde que Samuel P. Huntington publicara su Choque de civilizaciones, muchos pretenden que se puede entender la historia y la política partiendo de las luchas entre religiones. El enemigo es, especialmente, el islam. La causa de que en el tercer mundo no haya democracias ni economías prósperas es que no optaron por la religión verdadera. Entre todos estos infieles, los más desafortunados fueron los que escogieron ser musulmanes. Así pues, si antes estaba de moda echarle la culpa a la raza, especialmente a la negra y a la judía, ahora le toca el turno a las profesiones de fe, cosa que no suena tan políticamente incorrecta. Y eso a pesar de que Marvin Harris, por ejemplo, recuerda en Nuestra especie que "quienes están más atrasados en un período están más adelantados en el siguiente", en especial referencia al imperio árabe, que, por cierto, revitalizó "la ciencia y el comercio europeos". Harris explica que el desarrollo político y económico de los países subsaharianos "se frustró prematuramente" a causa de las guerras provocadas por el colonialismo. "Las autoridades coloniales -explica- hicieron todos los esfuerzos posibles para mantener a África subyugada y atrasada, fomentando las guerras tribales, limitando la educación de los africanos al nivel más rudimentario posible y, sobre todo, evitando que las colonias desarrollasen una infraestructura industrial que podría haberles permitido competir en el mercado mundial". Harris concluye asegurando que habría que considerar a los africanos "superhombres si por su cuenta consiguen crear una única sociedad industrial avanzada antes de mediados del siglo próximo" (se refiere al actual, claro). Antoni Segura, en Más allá del islam, también aclara que la situación social, política y económica que viven países como Argelia, Palestina o Afganistán no se explican únicamente -ni siquiera principalmente- con el argumento del islam. De hecho, como en el caso de Algeria, no suele ser más que una excusa para tapar corruptelas criminales de ejércitos creados a imagen y semejanza de los occidentales. Y es que la religión, en realidad, nunca ha causado guerras. Simplemente ha funcionado como pretexto: sólo hay que pensar en las cruzadas, cuyos objetivos eran más económicos que espirituales. El atraso del tercer mundo, pues, no tiene su causa en el islam, sino en un colonialismo que no permitió a estos países llegar a instaurar sus propias democracias y a crear sus infraestructuras económicas. Harris, por si hay dudas, pone el ejemplo de Indonesia y Japón. Indonesia fue colonia de Holanda; Japón pudo cerrar sus puertas a "comerciantes y misioneros europeos", aceptando únicamente exportaciones de libros, "especialmente de libros técnicos que explicaban cómo fabricar municiones, construir ferrocarriles y producir sustancias químicas". De eso hace más de tres siglos.
 
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martes, 25. junio 2002

Interpretaciones


Según mi profesor, me han regalado el aprobado del examen práctico de conducir. Estoy de acuerdo: un error grave fue rebajado a error moderado por obra y gracia del posiblemente único examinador compasivo de Barcelona. Al final de la prueba, este examinador me dijo: "Usted lo ha hecho bien. Pero en ese cruce de la Gran Vía sólo se ha parado a mirar a la derecha, por donde venía una bici. Pero por la izquierda venía otra. Para otra vez tenga en cuenta que hay que mirar a los dos lados". Yo iba diciendo que sí a todo, claro, vaya, la bici, claro, a la izquierda también, cierto. Pero la verdad es que no recordaba haber visto ni una sola bicicleta durante el trayecto. La chica que se ha examinado conmigo me ha refrescado la memoria y he recordado el cruce. Pues sí, me paré y miré. Pero no a una bicicleta, sino a un peatón que parecía tener ganas de cruzar a pesar de que su semáforo estaba en rojo. Mi profesor, después del examen, añadió más confusión al asunto. "En el cruce ese -me ha explicado- tenías que pasar por la discontinua y lo has hecho por la continua". Total, que nadie se aclara. En todo caso, eso sí, ha quedado demostradísimo que la realidad, suponiendo que exista tal cosa, es demasiado compleja como para que sea legal conducir.
Yo soy el número 3
 
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lunes, 24. junio 2002

Política y escritores


Teniendo en cuenta que los políticos no tienen ni idea de política, uno puede verse tentado a recurrir a los escritores -mentes preclaras y agudas- para tratar de comprender la cosa pública. Craso error: si hay alguien que no sepa de política, además de un político, es un hombre de letras. Un ejemplo clásico: el saludo y posterior elogio de Pinochet que hizo Jorge Luis Borges en su visita a Chile en 1976. Ya es prácticamente un tópico decir que este desafortunado gesto le robó el Premio Nobel. Pero hay más ejemplos. John Milton estaba en contra de la libertad de expresión y de prensa. Stendhal y Balzac eran bonapartistas exacerbados y la idea de una posible y futura democracia les provocaba urticaria. El caso de Balzac tiene especial gracia: cada vez más legitimista y católico, recibe en 1841 la noticia de que la iglesia ha incluido en su Índice de libros prohibidos todas sus novelas de amor. Gabriel García Márquez vive en Cuba. Mayakovski, Gorki y Brecht eran conocidos marxistas, al igual que Pablo Neruda, que en su Canto general no duda en soltar algún verso de corte stalinista. Peor fue el coqueteo con el fascismo de Ezra Pound, por no hablar del de Louis-Ferdinand Céline. Entre los españoles hay también muestras de ceguera política: Enrique Jardiel Poncela era falangista, Camilo José Cela fue censor en tiempos de Franco, Rafael Alberti elogió a Stalin, Pío Baroja -al igual que Dostoievski- era antisemita. Uno se desespera y busca excepciones: ¿qué tal Thomas Mann? Criticó a Hitler, sus libros fueron prohibidos y quemados y tuvo que exiliarse a Estados Unidos. Sí, correcto, pero antes también se había equivocado: a principios de la década de los 20 publicó un artículo en el que mostraba su simpatía por el naciente fascismo. De acuerdo, fue un error y rectificó, pero como para ir fiándose de los escritores. De todas formas, entre los hombres de letras hay grandes tipos -no muchos- que desde un primer momento tuvieron claro qué partido había que tomar: Stefan Zweig, por ejemplo, austriaco (y judío) criticó implacablemente el auge del nazismo; Bertrand Russell, filósofo Premio Nobel de Literatura, fue un progresista convencido, enemigo de fascismos de derechas y totalitarismos de izquierdas. En todo caso, lo que queda claro es que resulta difícil, por no decir imposible, juzgar a un autor por sus ideas políticas: uno puede leer y disfrutar a todos los escritores citados (y a muchos olvidados, claro está) sin tener en cuenta sus errores públicos. Los escritores parecen ser, simplemente, tipos más o menos bienintencionados y con un contacto con la realidad bastante particular. Por eso no creo a quienes afirman que las ideas políticas de, por ejemplo, Ernst Jünger y Knut Hamsun han eclipsado sus textos. Me temo que sus escritos no son los suficientemente buenos como para superar tanto error y tanta tontería.
 
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sábado, 22. junio 2002

Juan José Millás


Leyendo a Millás me suele dar la impresión de que me ha plagiado los artículos y novelas que nunca escribiré. Y, claro, ahora no me queda nada por narrar. Bueno, tengo una idea para una novela en la que él ya está trabajando.
 
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viernes, 21. junio 2002

Momento de rabia


Resulta desagradable saber (sí, saber) que hay ocasiones en las que yo tengo razón y todo el mundo está equivocado. Sí, todo el mundo. Tú también.
 
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