



| marzo 2026 | ||||||
|---|---|---|---|---|---|---|
| dom | lun | mar | mié | jue | vie | sáb |
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 |
| 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 |
| 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 |
| 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 |
| 29 | 30 | 31 | ||||
| abril | ||||||

Seguros
En Bowling for Columbine, Michael Moore retrata el miedo que sienten los estadounidenses. Miedo a los negros, a los ataques terroristas, a los ladrones, a los violadores, a las abejas africanas, a todo. Moore relaciona este miedo con lo que aparece en las noticias de sus cadenas de televisión: crímenes, reportajes sobre el terrible peligro que suponen las escaleras mecánicas y el cuidado que hay que tener para que a uno no le muerdan las serpientes de cascabel. En la película también se explica cómo a pesar de que el crimen en Los Angeles y en muchas otras ciudades ha ido cayendo en los últimos años, tanto la percepción del crimen como su cobertura por parte de los medios ha ido en aumento. En definitiva, se trata de ir creando enemigos de los que defenderse. Aunque sea con excusas que no se sostienen. Esas famosas abejas africanas, por ejemplo, jamás llegaron a aparecer. Igual que ciertas armas de destrucción masiva. En España la cosa tampoco es muy diferente. ¿Qué otra cosa hace Aznar cuando asegura que barrerá las calles de delicuentes, o cuando relaciona con toda la tranquilidad del mundo inmigración y crimen, aunque luego asegure que no quiere conectar ambas cosas? Al final todo se reduce a crear ese miedo. Se olvida, por ejemplo, que el inmigrante que roba lo hace, simplemente, porque no le permiten trabajar, porque está siendo excluido por culpa de cuatro papeles. Es así de simple. Una prueba es que el índice de criminalidad entre los inmigrantes con los documentos en regla es muy inferior al de los españoles de toda la vida. Pero da lo mismo, claro. Aunque no tenga ninguna lógica creer que la gente emigra pensando "me voy a España, a robar bolsos". Porque el objetivo es que nos olvidemos de los problemas de verdad (paro, vivienda, sanidad), los que necesitan tiempo y esfuerzo para ser resueltos. Hay que buscar un enemigo al que echarle las culpas de todo (¡nos vienen a robar los puestos de trabajo!). Y, sobre todo, prometer mano dura. Mucha mano dura. Para que nos sintamos seguros.
Psicología infantil
Hace ya unos añitos, el psicólogo del colegio de mi prima Laura hizo que todos los niños de su clase dibujaran a su familia. Mi prima dibujo a su madre mucho más alta que a su padre, así que tanto el psicólogo como su tutora decidieron concertar una entrevista con mis tíos, preocupados porque creían apreciar que mi prima menospreciaba a su padre o, quizás, parecía depender demasiado de su madre. Me gustaría haber visto la cara de estos profesionales de la educación cuando vieron a los padres de Laura y se dieron cuenta de que mi tía le saca ocho o nueve centímetros a mi tío. El hermano menor de la niña, Sergio, también ha tenido sus problemas por dibujar a su familia. Sergio es un chaval muy revoltoso y da muchos problemas en el colegio (no en casa), así que los profesores recomendaron a mis tíos que lo llevaran a una psicóloga. La psicóloga le obligaba a dibujar alguna cosilla cada vez que se veían. Lo típico: una casa, sus padres, sus amigos. Pero a Sergio nunca le ha gustado dibujar y cada tarde salía asqueado de la consulta. Sin embargo, el último día que fue aseguró que se lo había pasado en grande. Mis tíos ya se temían algo cuando la psicóloga les hizo pasar a su despacho y comenzó a hacer una serie de preguntas que no había hecho hasta entonces. Que si cómo era el entorno familiar (que, por cierto, es muy bueno), que si cómo se llevan los dos hermanos (que, por cierto, se llevan bien) y demás. Así, hasta que la psicóloga les enseñó el dibujo que había hecho el niño: mi tío salía sentado en el sofá, tan tranquilo; mi tía aparecía gritando, asustada, y en el suelo estaba Laura, en un charco de sangre. Nada raro en un niño cuyos caramelos favoritos son las gominolas con forma de gusano, pero a ver quién se lo explica a la buena señora.
Y ahora, Siria
Ni siquiera ha dado tiempo a designar un gobierno provisional en Iraq, pero ya comienza el goteo de excusas para atacar Siria. La primera: sugerir que Sadam Husein estaría escondido en este país que aún no está incluido en el famoso eje del mal. Todo se andará, claro. Curioso que Pakistán se halle en una situación parecida: no se puede decir que sea una democracia, tiene armas de destrucción masiva (además, de las que existen de verdad) y se supone que Bin Laden anda perdido por esos lares. Pero en este caso nadie habla de invasiones. Menos mal, por otro lado. Lo que sí me gustará ver es si los adalides del plan Democracia por Bombas también se esfuerzan en justificar esta posible (y espero que sólo posible) guerra contra Siria, y si siguen además criticando a los pacifistas por no protestar por lo que pasa, por ejemplo, en el Congo. También es curioso lo del Congo: uno de los países responsables de que ocurre allí es Gran Bretaña, que proporciona importantes ayudas económicas a los dos bandos implicados en la matanza, según explica James Astill en The Guardian. Insisto: no me parece mal la idea de un nuevo orden mundial controlado por Estados Unidos y apoyado por países democráticos. Pero no creo que haga falta instaurarlo a costa de convertir Oriente en un polvorín y de arrinconar el continente africano como si no hiciera más que molestar. Eso ni es paz, ni es seguridad, ni es, claro, democracia.
Jaime, 11 de abril de 2003, 0:13:00 CESTUna novela
Comenzaba a dudar. De hecho, no se atrevía a releer su manuscrito, no fuera a ser que su propia obra no le pareciera ya tan rompedora, tan original, tan transgresora. Tenía miedo de darse cuenta de que había hecho el ridículo. No. El ridículo tampoco. Se había adelantado a su tiempo, sin duda. Y le costaría que le entendieran. Pero lo lograría: le harían caso, como merecía. Esas dudas no tenían justificación ninguna. Le había llevado aquellos papeles a su editora, convencido de que abría un nuevo camino en la literatura, seguro de que se convertiría en el Marcel Duchamp de la novela. Sin embargo, aquella maldita cuarentona que se empeñaba en comprarse modelitos en la planta joven del Corte Inglés le llamó a los dos días y le dijo que aquella broma no había tenido ninguna gracia. -Y ya es hora de que nos traigas otra buena novela. Llevas cuatro años en blanco. Al principio se indignó. No le había comprendido, sin duda. Aunque reconoció que en parte sí se había equivocado. Para colocar aquel libro tan complejo necesitaba un agente, alguien que pudiera defenderlo. A él siempre le costaba hacer ese tipo de cosas: apenas servía para escribir; lo mundano le agotaba. Le consoló el recuerdo de cómo el propio Duchamp había tenido problemas para exponer su Fuente. Y cómo todos habían acabado dando la razón al artista en aquella provocación que cuestionaba los límites del arte. Todo lo que está expuesto en un museo es una obra de arte. Y -¿por qué no?- todo cuanto se publica bajo el epígrafe de "novela", es una novela. Pero nadie se había atrevido a dar aquel paso en literatura. Excepto él mismo, claro, cuando copió las instrucciones de uso de su microondas. 146 folios. Y en ocho idiomas. Ni Ezra Pound. No le costó escoger título: Microondas. Una novela.

Estatuas
Ahora que parece que la guerra está a punto de acabar (afortunadamente), es el momento de preguntarnos (como ya hace Carles) dónde están esas armas de destrucción masiva que posee, en teoría, Sadam Husein. Porque Husein es un dictador despreciable (lo es) y no le cuadra mucho eso de no usar armas químicas en plena guerra, así como por compasión, oye, que no, que me sabe mal, total, para qué, si van a ganar igualmente los americanos. Y que conste, eso sí, que me alegro de que no las tenga y de que, en consecuencia, no haya podido usarlas. Ya ha habido demasiadas muertes, digo yo. También hay que preguntarse cuándo llegará la prometida democracia. Imagino, claro, que no será este mismo mes, que esas cosas llevan su tiempo. Supongo que vendrá un poco después de que se instaure la de Afganistán. Porque allí también se instaurará una, dicen. O sea, que para el juliembre del dos mil y tantos ya estará todo listo, más o menos. Vaya, que no me extrañaría que todo quedara en esas cuatro estatuas tiradas por los suelos. De todas formas, no digo nada nuevo si añado que a Estados Unidos nunca le han importado mucho las dictaduras, siempre que tiranizasen fuera de sus fronteras y siempre que el dictador de turno fuese lo suficientemente sumiso. De hecho, si el propio Sadam hubiera sido tan obediente con Washington durante los años 90 como lo fue durante los 80, ahora podría seguir gaseando kurdos y no estaría emulando el plan de huida de Bin Laden. Lo cual, sin duda, no deja de ser una buena noticia, aunque el método para llegar a esto haya sido repugnante. Además, los gobernantes estadounidenses tampoco deben de estar aterrados por las dichosas armas de destrucción masiva. Total, como muchos han venido recordando estas semanas, los atentados del 11 de septiembre se llevaron a cabo, básicamente, con un par de cúters, y en los aeropuertos daban más miedo las pequeñas tijeras para cortar uñas que paquetes sospechosos que dejaban oír un curioso tic-tac. En definitiva, uno podría coger ese bonito eslogan que los políticos del PP se han sacado de la manga, "Paz y seguridad" (luego hablan de las pancartas de las manifestaciones) y sugerir que el lema de la administración Bush no es tan diferente: "Petróleo y seguridad". Y ahora sólo quedaría saber si para asegurar esta seguridad (que hay que asegurarla, sin duda, y el petróleo sirve en parte para eso) es necesario ir inventándose (sí, inventándose) guerras por todo el mundo.
