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Banderas y récords
No sé por qué a algunos les escuece tanto que los patinadores catalanes puedan subir al podio envueltos en la senyera y escuchando Els segadors. Para empezar, todo este rollo de las selecciones nacionales es, como mucho, una forma sin gracia de sublimar guerras. Jugamos a fútbol contra Francia para ahorrarnos que a cualquier cretino le dé por gritar "¡muerte a los gabachos!", sacar su escopeta de perdigones y dirigirse a la frontera. Del mismo modo, si algunos son felices luchando por las selecciones catalanas, es sólo porque -afortunadamente- no les es posible emprender una guerra de independencia. Y es que por mucho que Esquerra Republicana de Catalunya vaya aumentando el número de votos que consigue, aquí no estamos por la labor. Eso sí, la posibilidad de un partido de fútbol España-Catalunya les tranquiliza y entretiene. Son como niños jugando con llaveros. De todas formas, el deporte de élite tiene muy poco de nacional. Es absolutamente internacional. Mejor dicho, multinacional. Tan multinacional como las compañías farmacéuticas gracias a las que los deportistas logran sus más grandes éxitos. De hecho, creo que atletas, futbolistas e incluso patinadores deberían alinearse con sus verdaderos equipos: Sandoz, GlaxoSmithKline, Bayer, Roche... Que quede claro quién está detrás de los récords. Altius, citius, fortius, dopius. El deporte es tan malo para la salud. El de élite, claro.
A estas alturas
Todo el mundo ya debería saber que el Partido Popular perdió las elecciones por culpa de cuatro cobardes manipulados -y quizás sobornados- por Prisa y el malvado Polanco. Por desgracia, aún hay ingenuos amigos de Sadam, pancarteros que negocian con terroristas, nostálgicos de la época del muro, de las purgas de Stalin y del mangoneo felipista, que siguen pensando que José María Aznar no actuó de buena fe. Y eso que Aznar ha sido el mejor presidente de gobierno que ha tenido España entre 1996 y los tres primeros meses de 2004. Como mínimo. Un ejemplo de este empecinamiento en negar lo obvio es un artículo del Financial Times al que he llegado a través de Quaderns y en cuyo primer párrafo ya se dice que "the Spanish government pursued an aggressive campaign to persuade voters that the Madrid bombs were the work of Basque separatists, long after evidence emerged that the attacks were far more likely to have been carried out by Islamist terrorists". Cuánta inquina revanchista, cuánto odio progre, cuánto ataque injustificado a un gobierno que ha hecho maravillas por la economía de este país, especialmente por su industria inmobiliaria. Un gobierno que, no lo olvidemos ni osemos ponerlo en duda, ha colocado a España como octava potencial mundial -tercera si sólo contamos las que forman parte del bando de los buenos. Por suerte, sólo algún progre ingenuo ignora de qué pie cojea el Financial Times, este panfleto colectivista y liberticida, enemigo del capitalismo, colaborador del terrorismo, nostálgico del felipismo corrupto, de las purgas y los gulags, etcétera, etcétera.
Un fracaso
Ya no puedo decir que siempre acabo todos los libros que comienzo a leer. Hasta ahora no había llegado a pasarlo tan mal como para dejar un librito a medias. Pero finalmente un autor ha podido conmigo. En doce páginas, contando el prólogo. Se trata de Manuel Azaña, con El jardín de los frailes. No es un tocho de memorias o de discursos: es una novelita de unas 170 páginas. Y que nadie crea que iba con prejuicios: tengo mejor opinión del Azaña presidente que de la mayoría de los políticos de su época. Pero no puedo decir lo mismo del Azaña escritor. Asumo mi responsabilidad en este fracaso como lector y prometo volver a intentarlo más adelante, pero lo cierto es que no he conseguido enfrentarme a frases como "quien posea menos humanidad que espíritu crítico, fallará adversamente si el primer encuentro de un mozo con lo grave y lo serio de la vida se diluye en frívolos devaneos de colegio"; o "ignoro si llevaría alguno en el coleto el mismo fárrago de lecturas desordenadas que perturbó los albores de mi adolescencia". Aunque la frase que me ha matado ha sido: "En el aula hostil, la luz cenizosa de noviembre pesaba en los párpados". Sí, señor. En el vagón de metro hostil, la prosa cenizosa de Azaña me cerraba los párpados.
Hay que cambiar alguna cosilla
Gracias a Flann O'Brien, me doy cuenta de que hemos organizado la vida al revés. Creemos y queremos vivir mientras estamos despiertos, y apenas nos tomamos las horas de sueño como un paréntesis que nos sirve para recuperarnos y poder seguir con el ajetreo diurno. Lo contrario sería más adecuado, como explica un personaje de At Swim-Two-Birds: "When a man sleeps, he is steeped and lost in a limp toneless happiness: awake he is restless, tortured by his body and the illusion of existence". Según este personaje, hay que aumentar las horas de sueño e invertir nuestra concepción de reposo y actividad: "We should not sleep to recover the energy expended when awake but rather wake occasionally to defecate the unwanted energy that sleep engenders". Cosa que se puede hacer rápidamente corriendo ocho o nueve kilómetros, como explica el mismo personaje. Perfeccionar el sueño y dormir cada vez más y mejor. Convertir el reposo en el eje de nuestra existencia. Darnos cuenta de que la fatigosa vigilia no es más que un incordio, con todas sus pretensiones de realidad y esos aires de grandeza. "Mírame", parece que dice el mundo de ahí fuera, "yo soy real". Hombre, será si quiero, ¿no?
La dignidad del cobarde
Estos días se habla bastante acerca de la supuesta cobardía de muchos de los que votaron el domingo. Para empezar, me parece mezquino y falso acusar de cobarde a quien hubiera podido cambiar el sentido de su voto. Muchos de los que votaron a Zapatero, sobre todo aquellos que en otras circunstancias se hubieran quedado en casa, no lo hicieron asustados, sino más bien cabreados con un gobierno que parecía querer ocultar información interesadamente. No creo que se pensara en evitar nuevos atentados votando al Psoe: todos somos más o menos conscientes de que, votemos a quien votemos, los terroristas van a asesinar siempre que puedan. Las elecciones no nos van a proteger. En todo caso, y aunque voté a los mismos perdedores de siempre, quiero dejar claro que yo sí soy un cobarde. Siempre lo he sido. Enséñame tus puños y echaré a correr tan rápido que en cinco minutos tendrás que llamar a Nueva Zelanda si quieres decirme alguna cosa. Y dime algo agradable o colgaré. Es más, soy un firme partidario de la cobardía. Si todo el mundo fuera un gallina, nadie tendría valor para ir haciendo guerritas y poniendo bombas. Habría demasiados desertores como para intentarlo. Sé que a alguno todo esto le puede sonar ridículo y poco patriótico, pero yo estoy cansado de bravucones patrioteros o guerrasanteros. Sé que mi ejemplo no servirá de mucho, y a lo mejor es bueno que así sea, pero al menos espero que los salvadores de la patria y los depositarios de la religión verdadera no pretendan que les imite.
