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Un peaje en Barcelona
En Quaderns se propone que el ayuntamiento de Barcelona aplique el peaje interurbano vigente en Londres. En dicha ciudad, la iniciativa ha salido bien porque, como explicó Zoe Williams, los automovilistas no están organizados para hacer frente a ninguna imposición. Cualquier cosa que se haga en restricción de los coches no encontrará mayor resistencia que un par de artículos más o menos furibundos en los periódicos. Y es que es imposible que los conductores hagan frente común contra nada cuando ni siquiera son capaces de ser amables los unos con los otros. Además, es cierto que ir por ciudad en coche de siete de la mañana a ocho de la noche es por lo general una estupidez que trae molestias tanto a los conductores como, lo que es más importante, al resto de ciudadanos, que no tienen culpa de estas absurdas decisiones ajenas. De todas formas, creo que aplicar esta medida en Barcelona sería de momento un exceso. Los problemas de tráfico no son tan graves como en Londres y aún hay barrios y poblaciones del extrarradio cuya comunicación con la ciudad es como mínimo mejorable -Vallvidriera, Ciutat Meridiana, Vallbona. A mí me parecería mejor simplemente ir recortando gradualmente las facilidades al transporte privado en beneficio del público. Sobre todo teniendo en cuenta que actualmente parecen incompatibles. En definitiva, algo parecido a lo que se pretende hacer en la plaza de las Glòries. Ese titánico escalextric que facilita sin duda los desplazamientos en coche por la ciudad resulta un incordio para los peatones y los vecinos, que ven cómo cruzar la calle es una incordiosa odisea. Incluso ir del metro al Teatre Nacional de Catalunya o al centro comercial resulta fatigoso y desagradable. Los planes del Ayuntamiento contemplan tirar abajo ese monstruo de hormigón más feo que pegarle a un padre y construir una gran estación de metro, tren, tranvía, ferrocarriles y autobús. Seguirá habiendo calzada, pero su tamaño se verá reducido en beneficio de peatones y transporte público. Algo así hay que ir haciendo en el resto de la ciudad: ir ganándole terreno al coche y al mismo tiempo proporcionar alternativas. En las Glòries, en la Diagonal, en General Mitre, en la Meridiana. Y sin la timidez con la que se ha actuado hasta ahora. Más aceras, más metro, más autobuses, incluso más tranvía, pero sin prohibiciones. Que al final sólo vaya en coche quien realmente no tenga más remedio. Y, que al hacerlo, no moleste.
El novio de la muerte
José Millán Astray, además de ser un general que perdió una batalla dialéctica contra Miguel de Unamuno, era el director general del Benemérito Cuerpo de Mutilados de Guerra por la Patria. Hay que recordar que el también fundador de la legión había perdido en anteriores campañas un ojo, un brazo y algún dedo de la mano que le quedaba. En el discurso inaugural de dicha institución, dijo solemnemente: "Y ahora, mutilados todos, estad preparados para recibir en cualquier momento la orden o el grito de ¡a mí los mutilados!, para que igual que cuando los legionarios oyen el grito de ¡a mí la legión!, acudamos todos juntos para que con los miembros que nos resten y con nuestros corazones que siguen batiendo con igual ardor, formemos el Tercio de Mutilados". Hugh Thomas añade en La guerra civil española que al oír estas palabras, "los hombres que iban en sillas de ruedas o con muletas hacían lo que podían para ponerse firmes". De este modo, sin querer, Millán Astray hizo una de las parodias más brillantes y crueles que jamás se hayan hecho del valor y del patriotismo.
Villa, corte y sede
Algunos madrileños desconfiados temen que los catalanes no apoyemos la candidatura olímpica de la capital del reino. Estos hombres de poca fe nos piden el mismo ilusionado apoyo que (se supone) dieron a Barcelona cuando la ciudad optaba a ser sede de los Juegos en 1992. Pero yo no sé si apoyar a los madrileños entusiastas o a los escépticos, que también los habrá. Lo digo por una cuestión de solidaridad. Nosotros ya sufrimos una boda principesca que nos permitió salir en portada del Hola y unos Juegos Farmacéuticos que nos dejaron la ciudad estupenda y trajeron a las Ramblas a un montón de turistas. Pero advierto de que todo eso es un coñazo insufrible: no sé si mereció la pena pagar un precio tan alto, aunque supongo que los vecinos de la Vila Olímpica no estarán de acuerdo conmigo. En todo caso, me permito recordarles a los madrileños que tienen por delante, como mínimo, ocho años de oír hablar de las olimpiadas y de sufrir más obras de las habituales, que en su caso no son pocas. Y todo acompañado de un entusiasmo mediático sin fisuras que culminará en la ceremonia de clausura, cuando muchos se crean aquello de que "estos han sido los mejores juegos de la historia", como ocurre cada cuatro años en cada ciudad olímpica cuando se repiten las mismas palabras. Es más, incluso las leerán en algún periódico doce años después, sin que nadie se sonroje por el hecho de que hayan existido tantos "mejores juegos de la historia". Otro factor de riesgo para la capital es que tienen de alcalde a Alberto Ruiz-Gallardón, un tipo que no tiene nada que envidiar a Pasqual Maragall. Es decir, que si la cosa sale bien, que nadie se extrañe si Madrid acoge el quinto Fórum Universal de las Culturas en el 2020. En definitiva, opto por la prudencia: sólo faltaría que mostrara un apoyo cívico e ilusionado y que encima me lo acabaran echando en cara.
Perder el tiempo
Emereci le ha estado sacando punta hábilmente a la anotación sobre Crónicas Marcianas. En una de sus dos docenas de críticas, me pedía con una sorna impagable que le explicara a qué dedico el tiempo libre, "a ver si dejo de desperdiciar el mío". Pero me parece que no le pregunta a la persona más indicada. Sobre todo desde que trabajo ocho horas diarias, que son ocho horas perdidas, por mucho que se suponga que contribuyo a la recuperación económica global, que no es poca cosa. Y es que creo que uno pierde el tiempo cuando tiene la sensación de que podría estar haciendo cosas mejores, y entiéndase esto de "cosas mejores" con toda la amplitud posible: más divertidas, más útiles, más enriquecedoras, más descansadas, lo que sea, dependiendo de cada momento y de cada persona. Aunque, de hecho, cuando trabajo, "cosas mejores" equivale a "cualquier cosa". Es decir, no considero que uno esté perdiendo el tiempo por tumbarse en la cama y dedicarse a contar los bultitos del estucado de la pared, si es que quiere o necesita hacer tal cosa. Ni cuando uno llega cansado a casa y se pone a mirar la tele, ni cuando se cocina, ni cuando se echa una siesta, ni cuando se sueña despierto, ni cuando se hojea una revista, ni cuando uno decide quedarse cinco minutos más en la cama. Es más, a veces incluso desperdiciar el tiempo no es una pérdida de tiempo, porque eso es justamente lo que necesitamos: aburrirnos, saber que podríamos estar haciendo otras cosas. Recordar, como dice Josep, que "nos hemos organizado como si el tiempo existiera. / Y encima llueve".
Justo lo que quería
No sé si es por casualidad o debido a las costumbres amatorias de la generación de nuestros padres, pero el caso es que en mi grupo de amigos casi todos hemos nacido entre abril y agosto, sufriendo el pegajoso calor de Barcelona nada más venir al mundo. Es decir, que llevo ya algunas semanas de cena de cumpleaños en cena de cumpleaños y, lo que es peor, devanándome los sesos para encontrar regalos que sean lo suficientemente dignos como para que mis amigos puedan al menos seguir mirándome a la cara. El caso es que justamente hace poco leía lo que Theodor W. Adorno escribió en Minima Moralia acerca de los regalos. Adorno explica que "el regalo privado se ha rebajado a una función social que se ejecuta con ánimo contrario, con una detenida observación del presupuesto asignado, con una estimación escéptica del otro y con el mínimo esfuerzo posible". "La decadencia del regalar -sigue el filósofo- se observa en el triste invento de los artículos de regalo, ya creados contando con que no se sabe qué regalar, porque en el fondo no se quiere". Y termina criticando aquello del "si prefieres otra cosa, lo puedes cambiar", que para Adorno viene a ser un "aquí tienes tu baratija, haz con ella lo que quieras si no te gusta, a mí me da lo mismo, cámbiala por otra cosa". Creo que al pobre hombre le hubiera dado un síncope si hubiera llegado a ver estos horribles vales regalo por 20 o 50 euros que ofrecen en sitios como el Corte Inglés o Zara. Para acabar de rematar este alentador panorama, llega Quim Monzó y se queja en el Magazine de La Vanguardia de los regalos que "se hacen por compromiso, para cubrir el expediente. Lo último que se valora es que al regalado le puedan o no gustar". De todas formas, y a pesar de Adorno y de Monzó, no acabo de ver claro que los peores regalos sean los que se hacen por puro compromiso o sin ganas. Hay gente que con todo el cariño y la buena intención del mundo regala libros de Coelho o ropa que a los payasos de Micolor les parecería algo atrevida. Por no hablar de los que todos hemos tenido que hacer en el colegio para los días del padre y de la madre. Esos poemas redactados entre treinta alumnos, esos ceniceros con forma de huevo frito o esas absurdas flores de papel. En definitiva, prefiero un regalo horrible hecho sólo para salir del paso que uno de estos regalos bienintencionados. Si a uno le regalan algo espantoso y se sabe que es por compromiso, siempre puede esconderlo en el armario. Pero si se lo regalan con todo el cariño del mundo (y eso, por desgracia, se nota), sólo hay dos opciones: o sufrir el regalo, o esconderlo y sufrir a cambio los remordimientos de conciencia que le recuerdan a uno que es un desagradecido. Visto el panorama, igual me decanto por hacer algo que comenta el propio Monzó: regalar algo espantoso adrede, sólo para ver cuánto tarda el obsequiado "en esconderlo y fingir que se ha roto".
