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El complot de la sardina
No le falta razón a José cuando explica que no sería necesario enriquecer los alimentos si no los hubieran empobrecido previamente. Además, hay más de un enriquecimiento que resulta como mínimo curioso. Como esa leche a la que le añaden omega 3. El ácido graso omega 3 se extrae del pescado. Es más, huele a pescado, por lo que hay que tratarlo antes de echarlo a la leche, ya que nadie bebería zumo de vaca con olor a sardina. Lo que no entiendo es por qué casi nadie se come la sardina y la leche por separado. Al fin y al cabo, beber esos cartones es como agarrar una sardina y usarla como galleta, es decir, mojándola primero en la leche. Antes de que alguien me acuse de defensor de lo natural o de alguna otra cosa horrible por el estilo, aclararé que no me choca esto de la leche con atún porque se trate de algo artificial. Simplemente me resulta desagradable e innecesario. Nada más. De hecho, no creo que lo artificial sea malo, ya que no hacemos casi nada que sea natural y que no requiera de nuestra manipulación. Ni siquiera la agricultura o la ganadería: al fin y al cabo, las vacas no expulsarían la leche en botellas por voluntad propia. Siguiendo con Puleva, aunque dejando las espinas de lado, me llama la atención el cartel que anuncia esta leche. El lema publicitario dice que "el 50% de la población tiene el colesterol alto y no lo sabe". La pregunta es cómo lo sabe la gente de Puleva. Alguno me dirá que no lo sabe y que sólo lo supone porque le interesa suponerlo, pero me temo que en realidad se trata de un complot para hacernos comprar sus productos enriquecidos con sardina. Me explico: los jefazos de Puleva saben que la mitad de nosotros tiene el colesterol alto porque han sobornado a los médicos para que nos mientan acerca de nuestro estado de salud. Además, ¿no habéis sentido jamás un pinchacito sin saber a qué se debía? La próxima vez fijaos mejor en la gente que os rodea, porque lo que ha ocurrido es que os ha extraído sangre uno de los habilidosos analistas de Puleva.
De hombres y delfines
Quim Monzó comentaba en un artículo de hace unos años que una universidad creo que hawaiana había llegado a la conclusión de que los delfines no eran tan inteligentes como se creía. De hecho, el estudio concluía que eran bastante más tontorrones que el más tonto de los perros. Desconozco la solvencia de esta investigación, pero recuerdo que leí el texto de Monzó con cierta alegría. Entonces no comprendía que se pudiera creer que unos bichos como los delfines eran tan listos como nosotros. ¿Por qué? ¿Por qué saltan a través de aros a cambio de un arenque? ¿Por qué emiten unos chillidos como los que soltaría una paloma después de tomarse una buena dosis de anfetaminas? Los delfines tienen además una pronunciada cara de bobo, como de vicepresidente de los Estados Unidos en campaña. Con esa sonrisa ridícula de político que preferiría estar jugando al golf que estrechando todas esas manos. De todas formas y con independencia de posibles nuevos estudios publicados, he cambiado de opinión. Los delfines no pueden ser tan estúpidos como parecen. Lo aclara Douglas Adams en La guía del autoestopista galáctico, cuando escribe que "el hombre siempre supuso que era más inteligente que los delfines porque había producido muchas cosas -la rueda, Nueva York, las guerras, etcétera-, mientras que los delfines lo único que habían hecho consistía en juguetear en el agua y divertirse. Pero a la inversa, los delfines siempre creyeron que eran mucho más inteligentes que el hombre, precisamente por las mismas razones". Digo yo que tampoco seremos tan listos si no somos capaces de pasárnoslo tan bien como los delfines. Es más, hacemos cosas peores que saltar a través de un aro y a cambio de mucho menos que un arenquito. Los delfines, además, no llevan corbata. Punto, juego y set para los mamíferos con aletas.
Todo por la nada
No sé si el fin justifica los medios. Imagino que depende de los fines y de los medios de los que se trate en cada momento. Lo que sí tengo bastante claro es que el terrorismo no está justificado por ningún fin, por muy elevado que sea. Y además de ser injustificable, no hay atentado que consiga ninguno de los objetivos por los que los terroristas dicen luchar. Un ejemplo: Irlanda. Después de treinta años de bombas y tiros, se firma un acuerdo de paz y Londres concede autonomía al Ulster. Como explica Juan Pablo Fusi en La patria lejana, tras este acuerdo "se vería la tragedia del Ulster, de Irlanda del Norte: la violencia había sido inútil; el Acuerdo de 1998 no suponía cambios esenciales respecto de la situación anterior a 1969-1971". No sólo se quedaron más o menos como estaban, sino que seguramente se retrasó la atención a las demandas de los católicos, que se consideraban (con razón) discriminados. La causa: muchas de estas demandas coincidían con objetivos de los terroristas. Costaba que en Londres respetaran el gaélico porque, de haberlo hecho, podría parecer que se plegaban a las exigencias de los asesinos. Cosa parecida a lo ocurrido con la retirada de las tropas españolas de Iraq. Es decir, en relación con sus objetivos, el terrorismo sólo consigue evitarlos o retrasarlos. Como escribe Francisco Veiga en El Periódico: "Las ofensivas terroristas, sobre todo las indiscriminadas, sólo consiguen vigorizar a los regímenes establecidos". En lo único en lo que los terroristas tienen éxito es en extender su lógica militar a lo que ellos consideran el bando contrario. Controles policiales en Belfast, visados para entrar en Estados Unidos, muros -o vallas, tanto da- en Israel, sospechas no muy justificadas de la policía ante inmigrantes de según qué países. Una lógica militar que muchos gobiernos aplican con entusiasmo y sin tener en cuenta ni los derechos que ponen en riesgo, ni el peligro que supone usar el mismo lenguaje que los terroristas. Fernando Savater explica en La tarea del héroe las características de esta lógica militar que el terrorismo ayuda a perpetuar en los Estados: "Maniqueísmo, simplificación extrema de posturas, ausencia de término medio entre adhesión fervorosa y complicidad, jerarquización autoritaria, situación perpetuamente excepcional que muestra poca delicadeza con los derechos individuales o con las consideraciones éticas suprapartidistas, información restringida o deformada, acumulación ilimitada de armamento e invención progresiva de nuevas técnicas de destrucción, doctrina del 'ojo por ojo', escalada permanente de las acciones de 'castigo', supeditación de los representantes civiles a los especialistas bélicos, insensibilización progresiva ante la brutalidad y la muerte, encomio de los 'valores superiores' que justifican tales violencias ('honor', 'patria', 'revolución', etc.)... El terrorismo ha venido a brindar a ciertos Estados el enemigo interior que necesitaban para el desarrollo y consolidación de la lógica militar". Lo curioso es que el copyright de este texto es de 1982. Con lo que tanto hablar del nuevo orden mundial e igual resulta que simplemente se ha alargado el antiguo, cambiando algunos nombres. Lo que parece evidente es que ni los terroristas conseguirán nada haciendo explotar coches, ni el camino para acabar con el terrorismo es convertir en habitual el estado de excepción.
Quién habrá dejado esto en el suelo...
Al parecer, las señoras de la limpieza se plagian unas a otras. Y es que una empleada de la galería Tate tiró a la basura parte de una obra de Gustav Metzger, cosa que ya había ocurrido hace un tiempo con una instalación de Damien Hirst. Aprovechando el despiste de esta señora, no son pocos quienes se han puesto a comparar el arte contemporáneo con la basura. ¿Y por qué este arte tan raro es una porquería, según muchos? Pues básicamente porque a ellos no les gusta. Jamás colgarían una de estas obras en su comedor, suponiendo que pudiera colgarse. Esos cuadros -cuando se trata de cuadros- no son bonitos. Y son fáciles de hacer. Cuatro manchas. En cambio, levantar una reproducción a escala de la Torre Eiffel con mondadientes es complicadísimo. Y nadie lo valora. En definitiva, esta gente opina que el tratamiento grotesco del cliché que hace Jeff Koons no es arte. Tampoco el manejo del absurdo y de lo bárbaro por parte de los hermanos Chapman. Por poner dos ejemplos. De todas formas, está claro que en esto del arte contemporáneo hay mucho de broma -menos mal- y no pocos timos. Y en más de una ocasión nos ponemos delante de alguno de uno de esos lienzos –cuando son lienzos- y no sabemos cómo reaccionar, ni si tenemos que reaccionar de algún modo. A mí, por ejemplo, Tàpies y Barceló me dejan frío. Claro que yo tampoco soy un especialista y esto no me ocurre sólo con las obras de autores vivos. También es recurrente el tópico de que el arte contemporáneo, incluida la música y mucha literatura, se ha alejado del público y es en ocasiones incomprensible para cualquiera que no sea el propio autor. En realidad, creo que estas obras se acercan más al público que las clásicas, ya que se abren a él y le dejan más margen de interpretación. Ya lo explicaba Umberto Eco en Obra abierta: estas obras han de ser completadas por la audiencia; el espectador -o el intérprete- ha de tomarse la molestia de concluir el trabajo del artista, y no sólo plantarse delante. De todas formas, este aparente alejamiento del público no es ninguna novedad. No creo que la música de Brahms sea más asequible que una instalación de los hermanos Chapman, por ejemplo. Y digo que es aparente porque cuando la obra merece la pena, está hablando de nosotros. Y nosotros no acostumbramos a andar demasiado lejos de nosotros mismos. Al menos, la mayor parte del tiempo.
Trueque
Es lo de siempre, mucho hablar y luego al final, cuando a uno le tocan la cartera, nada de nada. Sí es que ya tienen razón los liberales: para ser de izquierdas uno tiene que ser pobre de solemnidad, porque si no, es un hipócrita. Sólo hay que fijarse en los casos de Ana Belén, el Gran Wyoming o Javier Sardá. ¿Acaso reparten sus fortunas entre los más necesitados? No. Se las guardan celosa y avaramente para ellos, aun a sabiendas de que si cada uno me diera un diez por ciento de lo que tiene en su cuenta corriente, yo podría retirarme y vivir sin dar un palo al agua. Otro ejemplo de izquierdoso de boquilla: Otis B. Driftwood. Me explico. Otis disponía nada menos que de cinco cuentas de Gmail para él solo. Si fuera realmente un tipo preocupado por la redistribución de bienes y la igualdad de oportunidades, repartiría esas cuentas sin pedir nada a cambio. Pero no, tenía que solicitar un cuento o algo parecido. Estos rojos son unos vagos que no hacen más que comerciar con el esfuerzo y el dinero ajenos. Ahora, lo propio, ni tocarlo. Así, no me extraña que Otis no haga más que criticar al Partido Popular, como si este partido no fuera tan bueno que lo de "partido" es un insulto: el Entero Popular se tendría que llamar. En definitiva, Otis, como todos los que añoran el muro, no es más que un hipócrita con el cerebro lavado por el Prisoe. Mucho no a la guerra, no a la guerra, pero a la hora de la verdad, sí al comercio y al trapicheo.
