miércoles, 22. septiembre 2004
Jaime, 22 de septiembre de 2004, 10:33:59 CEST

Un libro anticuado


Tina se quejaba de que una dependienta de la Fnac insinuó que "no se había hecho" una Biblia en catalán, mientras que una amiga de Aberrón se lamentaba de que no le habían atendido correctamente en una biblioteca. Con el ánimo de que nadie se corte las venas por la situación en la que se encuentran los libros en espera de lector, diré que a mí en la Alibri me pasó más bien lo contrario. Entré a ver si tenían algo de Otto Rank y en tres segundos tenía El trauma del nacimiento en la mano. Al librero aún le dio tiempo a explicarme que no tenía nada más porque el psicoanalista se había quedado ya anticuado. -Sus libros están casi todos descatalogados y sólo queda alguna antigua edición sudamericana. Ignoro si lo del sudamericanismo de los libros de Rank viene como herencia del franquismo y de esos libros censurados en España que se editaban en Buenos Aires, o si es por el tópico que dice que la mitad de los argentinos son psiquiatras y la otra mitad está en tratamiento. Un tipo curioso este Rank. Según explica, nadie consigue recuperarse del todo del trauma que supone nacer y dejar atrás ese cómodo, cálido y protector útero materno. Esta "tendencia jamás satisfecha a la penetración completa en la madre" lo determina todo. La estructura de la sociedad, por ejemplo, en la que el rey o el jefe "se erige en una suerte de barrera contra el incesto, contra los deseos de retorno a la madre". También los intentos por cambiar esta estructura: "Toda revolución que aspira a derrocar la dominación masculina, tiende a realizar el retorno hacia la madre". Y por supuesto, la religión –la crucifixión sería "un retorno al útero materno"-, y el arte, que "se aproxima al juego infantil, del que ya sabemos que se dirige a rebajar el valor y la significación del trauma primitivo, tratándolo en su conciencia como una cosa desprovista de seriedad". Leyendo este libro no pude evitar acordarme de un cuento bastante malo que escribí cuando aún no era mayor de edad y cuya última versión he colgado aquí abajo.


 
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Jaime, 22 de septiembre de 2004, 10:19:05 CEST

La negativa (o el primer capítulo de mi Autobiografía inventada)


Durante los ocho primeros meses, todo había transcurrido con normalidad. Incluso me había dado la vuelta, como si sintiera curiosidad por saber qué había ahí fuera. Sin embargo, al final decidí que no quería nacer. No es que tuviera miedo de dejar la protección y el cariño que encontraba en el vientre de mi madre: simplemente me daba pereza dejar de vivir como había estado viviendo hasta entonces. Era una idea que se me había metido entre proyecto de ceja y proyecto de ceja y no había forma de disuadirme. Así pues, me puse otra vez del derecho y me acomodé en la placenta. Mis padres se preocuparon ante un cambio tan brusco, y los médicos no supieron tranquilizarles, a pesar de sus explicaciones sobre lo bien que iban las cesáreas para casos extremos como el mío. A mí, que no era ni siquiera un bebé -para serlo hace falta haber nacido-, tanta impaciencia me molestaba. Y eso de la cesárea no me gustaba en absoluto, aunque estaba dispuesto a correr y a esconderme en caso de que vinieran a buscarme. De todas formas, todo estaba bien como estaba: como se suele decir, si algo funciona, no intentes arreglarlo. Ya habría tiempo para salir de allí, si es que alguna vez sentía ganas de hacerlo. Porque imaginaba que tarde o temprano me apetecería nacer. Suponía que el mundo debía de tener muchas ventajas, si todos acababan naciendo. Muchos incluso nacían muertos, como cumpliendo así un último deseo. De todas formas, era consciente de los inconvenientes. Quedándome donde estaba no podría cortarme con el cuchillo del pan, ni tendría que viajar en metro o leer el periódico. Al verme tan tranquilo donde estaba, los médicos decidieron esperar. Al fin y al cabo, yo estaba bien, ellos estaban aún mejor y mi madre estaba regular. Algo hinchada, solamente. Decidieron que, en caso necesario, siempre estarían a tiempo de operar. Esta decisión no les gustó nada a mis padres, que no veían normal el hecho de que yo no naciera. El caso es que fueron de clínica en clínica, pasando de médico a médico y de segunda opinión a segunda opinión, pero nadie se atrevía a hacer nada. Cosa que a mí me parecía perfecta. Estaba cómodo y a salvo. Por desgracia e incomprensiblemente, mi madre comenzaba a resentirse. Al parecer, su vientre no podía seguir ensanchándose eternamente. Su más bien debilucho cuerpo tenía un límite y faltaba muy poco para llegar a él. Porque yo seguía creciendo. He de admitir que en mi juventud era algo egoísta y poco previsor. Si volviera a ser engendrado pondría algo más de atención a mi crecimiento: no es sólo por estética por lo que se prefiere la delgadez. Es para caber mejor en el útero. El caso es que cuando cumplí los dieciocho meses, mi madre ya no podía ni caminar. De todas formas, lo único que hicieron los médicos fue dejarla tirada en la cama de un hospital. Y observarla. Alguno rezó por ella. Sin embargo, hice caso omiso de ruegos y plegarias, y llegué a crecer tanto que en la piel del abdomen de mi madre, que ya no podía seguir estirándose, se iban formando pequeñas heridas, tiras rojas de dos o tres centímetros de largo. Comencé a darme cuenta de lo mucho que sufría, pero mi decisión era irrevocable. Yo ya no podía hacer nada por moderar mi crecimiento, así que tenía que ser ella quien se adaptara a la nueva situación. Por tanto, era su problema, no el mío. Pero cada día que pasaba las heridas eran mayores y más numerosas. La situación había llegado a ser tan extrema que un médico joven y poco reflexivo había propuesto la posibilidad de pensar en intervenir. El resto de médicos dijo que de acuerdo, que lo pensaría, y alguno llegó de hecho a pensarlo un ratito, mientras tomaba un cortado en la cafetería del hospital. Al final se vio cómo los doctores tenían razón en no operar. No hacía falta. Una enorme grieta acabó partiendo en dos el vientre de mi madre, que pudo ver cómo apoyaba mis piececitos y mis manitas en su cuarteado abdomen, para salir del útero por la enorme brecha de la bermeja y brillante herida. Poco después murió, claro. Tanto esfuerzo para nada. Me eché a llorar.


 
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lunes, 20. septiembre 2004
Jaime, 20 de septiembre de 2004, 18:58:15 CEST

Como una novela


El científico y el artista no hacen cosas tan diferentes. Intentan darle sentido a sus experiencias. Sí que usan distintos lenguajes, pero los problemas a los que se enfrentan son más o menos los mismos. Todos parten de una serie de dudas, de preguntas; ya sea cómo vive alguien el proceso de desenamorarse o si la luz está formada por ondas o partículas. Estas dudas son siempre de índole personal, incluso ante algo aparentemente tan prosaico como las partículas elementales. Y es que su inquietud es la misma: cómo somos. Y por qué. Para que un científico sea capaz de enfrentarse con relativo éxito a sus tareas necesita la misma predisposición que un novelista cuando se enfrenta a sus personajes. Y viceversa. Ambos han de saber que al intentar explicar el mundo, en realidad se están explicando a sí mismos. O al revés. Y que nunca llegarán a una conclusión. Con suerte, ofrecerán interpretaciones -guías, mapas que nos ayuden a los demás a situarnos. En el caso del poeta o del músico, esto es evidente: los mejores de todos ellos procuran responder a una pregunta con cuatro preguntas más. Los científicos sí que aspiran a proporcionar una respuesta. Al menos, una provisional. Una respuesta que no es más que el intento de darle sentido a unas experiencias determinadas. Como si se tratara de una novela. Sí que es cierto que en la ciencia se suele dar por sentado cierto progreso. Y que este progreso no se da en el arte. Puede que Joyce necesitara de una tradición para escribir sus libros, pero esto no significa que su Ulises sea mejor que la Odisea. Eso sí, a la hora de ponerse a trabajar, Joyce y, por ejemplo, Newton, no eran tan distintos.


 
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jueves, 16. septiembre 2004
Jaime, 16 de septiembre de 2004, 13:08:59 CEST

La infancia de la llave inglesa


Entre junio y septiembre se suele comentar la posibilidad de recortar las vacaciones de los niños. Según algunos, tres meses son demasiados. Por supuesto, no suelen ser los niños quienes desean que les quiten semanas de descanso. Vamos, yo recuerdo que hubiera alargado las vacaciones otros dos o tres mesecillos. Como mínimo. En cuanto a los profesores, me parece justo que por aguantar a los niños de otros reciban a cambio más semanas de descanso. Un posible aumento de sueldo no compensaría. Por regla general, son los padres quienes piden este recorte. Claro, ellos trabajan y si los niños son pequeños, no los pueden dejar solos, con lo que surgen problemas logísticos. Es decir, no encuentran dónde aparcarlos, si es que la abuela falla o no ha habido manera de convencer al crío para que se vaya de campamento. Además, recurrir a una canguro -¿hay canguros macho?- es como aparcar en la zona azul o en un párking: fácil, pero caro. El resto del año, el aparcamiento es más sencillo: en la escuela, en clases de inglés o de guitarra, en los partidos de baloncesto. No creo que los padres odien a sus hijos o les moleste su olor y por eso quieran tenerlos lejos. No descubro nada si digo que el problema es que los dos trabajan porque con los sueldos de hoy en día son pocas las parejas que pueden permitirse el lujo de que uno de los dos se quede en casa sin cobrar. Hay quien piensa que eso lo tendrían que haber pensado antes: si una pareja no puede pagarse un hijo -con tiempo o con dinero-, no debería tenerlo. Sin duda, ser padres es una opción y no una obligación. Como tener un perro. El problema es que la opción siempre es el niño, porque el trabajo es obligatorio, a no ser que uno sea millonario o no le importe dormir debajo de un puente. En todo caso, y como dice John Gray en Postrimerías e inicios, parece claro que las opciones económicas no tienen mucho de opción: siempre se imponen "a costa de las aspiraciones como seres sociales -como padres, amigos, amantes o vecinos". Primero va nuestro trabajo, nuestra condición de herramienta. Condición maquillada: se nos explica que nuestra carrera nos ayuda a realizarnos, a expresarnos, a alcanzar nuestros sueños. Y en realidad lo que hacemos es dejar de lado a amigos, novias, hijos y, por supuesto, sueños. A nosotros mismos, vaya. Total, para convertirnos en llaves inglesas y acabar pensando que las vacaciones de los niños son muy largas, cuando, en lo que se refiere a las vacaciones, nunca es suficiente.


 
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lunes, 13. septiembre 2004
Jaime, 13 de septiembre de 2004, 17:04:08 CEST

Héroes


Me ayudaría a sentirme catalán que se celebrara una derrota durante la fiesta nacional de este país. Por desgracia no se celebra, sino que se conmemora o, peor, se lamenta. Hay gente que le ve cierta erótica al poder. Yo se la veo al perder. A ser el eterno número dos, a tener que empezar de nuevo y a reírse del dinero que ganan los demás, cuando se lo ganan trabajando y no gracias a la lotería. Por eso no estoy de acuerdo con la castrense opinión de Manuel Fraga, que echa en cara a los catalanes que Rafael Casanova, su héroe nacional, no haya sido fusilado. No es de extrañar que Fraga le recrimine a un político de hace tres siglos que no se haya dejado matar y apenas se conformara con perder su cargo. Al fin y al cabo, el gallego fue ministro de un gobierno presidido por un general golpista. Sin embargo, yo no dejo de verle cierta gracia a un Rafael Casanova que, curado de sus heridas, se dice a sí mismo que otra vez será y vuelve a ejercer de abogado, que de algo hay que comer. Es más, en 1719, cinco años después de la gloriosa derrota, Casanova consiguió que le devolvieran los bienes que le habían sido confiscados. La risita socarrona que se le debió escapar al recibir la noticia de esta devolución fue, sin duda, la risita de un héroe. Héroe, aunque patriota.


 
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