martes, 11. enero 2005
Jaime, 11 de enero de 2005, 11:33:35 CET

Todo pasa y no pasa nada


En uno de sus Articles amb cua, Josep Pla lamenta la Barcelona de postguerra: imbéciles hablando en castellano para no parecer rojillos, amigos exiliados, editoriales que ya no publican libros en catalán, una economía dirigida hasta el ridículo. Pla concluye con una de las frases optimistas más pesimistas que uno puede leer: "El més curiós és que tot s'arreglarà, més o menys bé i d'una manera o d'altra". Sin duda. Todo acaba pasando. Quizás todo lo bueno se acaba, pero al menos no hay mal que cien años dure. Se acabó la Guerra Civil y se acabó el franquismo. Incluso el Plan Ibarretxe pasará, no sin antes aburrirnos hasta la exageración. Palestinos, iraquíes y turcos terminarán demostrando que se puede ser demócrata y musulmán. Bush dejará de ser presidente, aunque igual para cederle amablemente el puesto a su hermano. Pero a veces no basta con recordar que todo se acaba arreglando más o menos bien. A más de uno le gustaría saber cuándo. Por ejemplo, tengo un amigo que lleva tres años en el mismo trabajo. Y ese trabajo no le gusta. "Ya encontraré otra cosa", dice. Lo más curioso es que la encontrará, más o menos bien y de una manera o de otra. Aunque a este paso lo que igual encuentra es la jubilación. Y para eso le quedan casi cuarenta años. Más o menos los mismos que le quedaban a Franco cuando Pla escribió esa frase.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
lunes, 10. enero 2005
Jaime, 10 de enero de 2005, 9:54:53 CET

Si sólo cuesta eso, me llevo cuatro


Igual es porque procuro no pisar las tiendas como mínimo del siete al quince de enero, pero el caso es que este año las rebajas me están pareciendo aún más salvajes de lo normal. Casi de chiste. El viernes a última hora de la tarde, l'Illa parecía recién salida de un incendio. Entramos en Women's Secrets. No, no buscábamos nada para mí. Además, a pesar del nombre, sólo es una tienda de pijamas. Es curioso lo de esta tienda. Esa misma gente que ahora se pelea por comprar pijamas y calcetines, agarraba una rabieta importante si de niños la abuela les regalaba justamente un pijama o unos calcetines. Es como si tuviera éxito un restaurante en el que se sirviera puré de verduras, o como si de repente a todo el mundo le gustaran las matemáticas. Aunque, claro, ahora todo el mundo come soja y pescado crudo, va a restaurantes vegetarianos y considera que saber de informática está muy bien. El caso es que los pijamas y los calcetines estaban tirados de cualquier manera por los mostradores y uno tenía que ir con cuidado no fuera a pisar unas bragas fucsia o una camiseta de tirantes a rayas. Vamos, aquello parecía la habitación de mi hermana. Eso sí, cuando la acaba de ordenar, no exageremos, que las pobres dependientas hacían lo que podían por arreglar el estropicio causado tras diez horas de golpes de visa. Lo que podían no era mucho: las pobres ya no podían ni moverse e iban tropezando con las perchas y los armarios, con la vista perdida y arrastrando los pies. Nos acercamos a una de ellas, con intención de preguntarle por unos pantalones (de pijama). Intentó hacerse la sueca, mirando al techo y haciendo ver que no existíamos, que sólo éramos parte de una pesadilla. Pero finalmente nos atendió. Nos llevó a donde se suponía que tenían que estar los pantaloncitos de marras, agarró una camiseta azul, musitó un "es que esto... lo han dejado... es que" y tras intentar poner algo de orden (sin éxito) nos dijo que sólo quedaba la L. Nosotros nos fuimos (sin pijama), pero, mientras salíamos, creí oír un sollozo a mis espaldas.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
viernes, 7. enero 2005
Jaime, 7 de enero de 2005, 10:55:47 CET

El bosque


Supongo que Eugeni d'Ors cometió un lapsus cuando dijo aquello de que había convertir la anécdota en categoría. Más que nada porque hay que hacer justo lo contrario: elevar la categoría al nivel de la anécdota. Al fin y al cabo, los detalles son más importantes que el conjunto. Asimismo, también son más importantes los sujetos y no los objetos, por lo que intentar ser objetivo, además de imposible, es una tontería. Ya decía Unamuno aquello de que soy subjetivo porque soy un sujeto, sería objetivo si fuera un objeto. El caso es que me está saliendo un párrafo poco anecdótico y no muy subjetivo, así que imagino que lo mejor es citar a Josep Maria Espinàs, sujeto de prosa clara y detallista: "Dicen que los árboles no dejan ver el bosque. Entiendo que se diga con una intención metafórica --los detalles no dejan ver el conjunto--, pero si de verdad hablamos de árboles yo debo decir lo contrario: el bosque no me deja ver los árboles. Quiero decir que la masa arbolada se me impone y no me deja admirar el perfil de un árbol cuando está aislado, perfectamente perfilado, en un campo o un prado". "Si de verdad hablamos de árboles", escribe. Es decir, si de verdad hablamos de algo. Lo demás es blablablá. Más: el árbol no nos deja ver la rama. La rama no nos deja ver la hoja. Y así. A veces se nos imponen las masas. Uno ve cifras y no perfiles. Contornos y no detalles. Encuestas y no preguntas. El todo no es igual a la suma de las partes y a veces casi es mejor dejar las partes sueltas. Esto último ha sonado a cochinada. En resumen: no sería nada raro preferir los fragmentos a la integridad. Según como sea el jarrón, lo mejor es romperlo.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
martes, 4. enero 2005
Jaime, 4 de enero de 2005, 10:12:15 CET

Deja que consulte mi agenda


Las agendas tienen bastantes ventajas. Por ejemplo, uno las estrena con relativa frecuencia. En un año hay tiempo para tomarles cariño, pero también para, finalmente, aborrecerlas. Además, ayudan a desarrollar la imaginación. Uno las llena de tareas que no hará y para las que, por tanto, tendrá que inventarse una buena excusa. Siempre uso una pequeñita, de bolsillo, de estas en las que viene toda la semana en dos páginas. Sólo que esta vez es una Moleskine. Como cuesta el doble de lo normal, espero que el año me vaya el doble de mejor. Es decir, que el doble de gente se crea mis excusas. Pero lo mejor de las agendas es toda esa información absurda con la que los impresores rellenan páginas y páginas. Aparte de los datos personales en los que uno puede anotar hasta el nombre y el teléfono del médico de cabecera, esta agenda dispone de un planning de viajes, un calendario de festivos internacionales, la media de temperaturas máximas y mínimas de enero, abril, julio y octubre de una treintena de ciudades de los cinco continentes, distancias entre otra docena de ciudades, prefijos telefónicos de 120 países, una tabla con equivalencias de medidas (incluidos grados celsius y fahrenheit) y de tallas (hasta las de calcetines). Recuerdo otra agenda que tenía una lista de tipos de vinos, años y calidad de las cosechas. Por no hablar de una que mostraba mapas de los cinco continentes y la población de cada país (en mills. de habs.) Insisto: las agendas cabían en un bolsillo. En todo caso, se trata de información absolutamente inútil incluso antes de que existiera Google. Pero qué mejor que comenzar el año sabiendo que Londres está más cerca de México que de Hong Kong. O que un galón imperial (británico) es más grande que un galón a secas (americano). Además, ahora que sé que mi talla estadounidense de camisas es una 14, ya puedo ir tranquilo por el mundo. ¿Probarme la camisa? ¿Para qué? Déme la catorce, que no tengo tiempo, fíjese en mi agenda: llena de tonterías por no hacer.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo   
 
lunes, 3. enero 2005
Jaime, 3 de enero de 2005, 9:42:48 CET

¡Se sienten, recórcholis!


Me parecería demasiado cruel escribir sobre las cenas de Navidad organizadas por la empresa. Es más, creo que es más agradable darse un martillazo en el dedo gordo del pie que acudir a una o hablar sobre ellas. Pero sí que comentaré una curiosa manía de estas cenas y otras similares que consiste en decirle a cada uno donde se tiene que sentar, como si se tratase con niños pequeños. La excusa que se suele aducir es que así se conoce a gente de otros departamentos e incluso de otros pisos. No sirve para nada explicar que uno ya conoce a la gente de otros departamentos que le interesa. No sirve porque en seguida se añade que siempre queda gente que uno no trata y que también le podría caer de maravilla. Y digo yo, puestos a cenar con desconocidos que podrían llegar a ser nuestros mejores amigos con independencia de que yo al menos ya tengo amigos, ¿por qué limitarlo a la empresa de cada uno? ¿Por qué no hacer intercambios entre las empresas? Al fin y al cabo, hay gente de otras compañías que uno no conoce de nada y que podrían llegar a ser, no sé, nuestra esposa. Además, de estas cenas podrían surgir magníficas posibilidades de negocio. -¡Rubio! -Diga, amo. -Este año le toca ir a la cena de Tutiplén, S.A. No haga como el año pasado, que estos señores comercializan unos magníficos cepillos para cejas que podríamos vender en nuestras tiendas. -Señor, sí, señor. -Nada de vomitarle a nadie encima. -Señor, no, señor. -Ni de desnudarse. -Señor, no, señor. -Ni de hacerle proposiciones indecentes a ninguna camarera. -Señor, no, señor. -Ni a ningún camarero. -Señor, no, señor. -Ni a ambos a la vez. Es más, ya puestos, creo que se podría aprovechar la experiencia de la administración pública en el tema de la lotería y sortear a nivel nacional dónde y con quién celebra cada cual la cena de empresa. Así, a principios de diciembre nos llegaría una carta en la que se diría algo así como: "Señor Rubio, queda usted invitado por la Subsecretaría de Estado de Comuniones, Bodas y Bautizos a la Cena Nacional de Empresas, que en su caso se celebrará en el Hotel Palmeras de Valladolid. Rogamos confirme asistencia o envíe justificante médico". Quizás sea lo mejor porque, evidentemente, ninguno de nosotros ha tenido jamás el criterio suficiente como para saber junto a quién quiere sentarse.


 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo