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Simples
No voy a negar el simplismo y la ingenuidad de aquel discurso de José Luis Rodríguez Zapatero frente a la Onu, en el que proponía luchar contra el terrorismo mediante una difusa alianza de civilizaciones. Es decir, y simplificando la simplificación del presidente, darle la mano a los dictadores que, además de hacerles la vida imposible a sus ciudadanos, financian -supuestamente- ese terrorismo contra el que se pretende luchar. El discurso de Zapatero tuvo un nivel justito. Buenas intenciones para quedar bien con los votantes. Ahora, al otro lado -por ejemplo, en los discursos electorales de Bush o a veces del propio Kerry- tampoco hay mucho más: malas intenciones para quedar bien con los votantes. Y es que me parece grotesco suponer que si el discurso de Zapatero es ingenuo, el de sus antagonistas es un conjunto de razonamientos certeros y hábilmente enlazados, sólo porque dice lo contrario. Me parece igual de simplista el plan ZP de reconciliación mundial, que suponer que la democracia se instaura a cañonazo limpio y que el terrorismo se revienta a bombazos. Sobre todo teniendo en cuenta que los terroristas evitan en lo posible colocarse debajo de las bombas. Por supuesto, tampoco encontramos reyes de los matices entre los teóricos neoconservadores: ¿Huntington, que parece que quiere jugar al Risk cambiando imperios por civilizaciones? ¿Kagan, que viene a decir que ya que tenemos la fuerza, usémosla? ¿Cox and Forkum y sus panfletillos a tinta china? Sí, claro, todos ellos son nuevos Nabokovs, que ponen su fina pluma rebosante de detalles al servicio de unas ideas políticas de peso. Más: aunque suponga caer en un maniqueísmo tan simplista como los simplismos antes mencionados, prefiero la utopía del amor mundial a la distopía de la guerra eterna contra el terrorismo. Y eso a pesar de que me revienten las utopías, que sólo son paradisiacas en las mentes de quienes las maquinan; para los demás, son o acaban siendo infiernos. De todas formas y ya casi al margen, hay que reconocer una cosa: los esfuerzos de muchos por justificar los pretextos para invadir Iraq son dignos de elogio. Como esforzados ejercicios de retórica, claro.
Octubre es un buen mes para conquistar el mundo
Mi bolsillo me informa de que nos acercamos a fin de mes, cosa que me sorprende, teniendo en cuenta que aún no hay noticias de la sorpresa de octubre. ¿Arrestarán a Bin Laden? ¿Aparecerá muerto? ¿Aparecerá vivo? ¿Se publicarán fotos de John Edwards, el Artur Mas estadounidense, sin maquillaje? ¿Nos invadirán los extraterrestres? ¿Nos invadirá un ejército de extraterrestres con un parecido asombroso a Edwards? Curioso lo de estas teorías de la conspiración. Siempre requieren de la intervención de los servicios secretos de Estados Unidos, aunque últimamente están de moda los marroquíes y creo que no falta mucho para que se recupere a los supuestamente desempleados espías del bloque soviético. En especial los búlgaros. Estos agentes secretos actúan de acuerdo con las multinacionales del petróleo y de la industria del armamento. El objetivo: ponernos a todos al servicio de la banca internacional. El resultado final es que acabamos conduciendo todoterrenos -que consumen doce litros de gasolina cada tres quilómetros- hasta el McDonald's más cercano, donde compramos -¡sin bajarnos del coche!- una hamburguesa, acompañada, por supuesto, de patatas y de una coca-cola. De las grandes. Llena de cafeína y de otros aditivos que nos hacen cada vez más adictos y dóciles. Normalmente, estos planes tienen fisuras. Algunos periodistas intrépidos se dan cuenta de estos errores y escriben libros llenos de complots. Así hemos llegado a saber que no se estrelló ningún avión en el Pentágono, que <a href=www.google.com>la Cia asesinó a Kennedy y, por supuesto, que el mes de octubre antes de las elecciones a la presidencia de Estados Unidos siempre ocurren cosas. Cosas curiosas. A quienes publican estos libros no les pasa nada, ya que el plan de las maquiavélicas multinacionales es que nosotros creamos que mienten justamente porque se les deja hablar. Y eso que en sus superventas suele aparecer al menos un cadáver que sabía demasiado. Bien, creo que ha quedado suficientemente claro el poco aprecio que siento por las teorías de la conspiración. Y esta es la razón por la que creo que en lo que queda de octubre lo más fácil es que nos invada un ejército de alienígenas. Y que todos ellos tengan el mismo rostro: el de John Edwards, el Artur Mas estadounidense. Al fin y al cabo, y por lo que sé, los extraterrestres no son de la Cia. Ni del Mossad. Claro que esto no quita que puedan pasar otras cosas, etcétera, etcétera, y aquí un bostezo incrédulo y después gloria.
