lunes, 24. junio 2002
Jaime, 24 de junio de 2002 15:50:33 CEST

Política y escritores


Teniendo en cuenta que los políticos no tienen ni idea de política, uno puede verse tentado a recurrir a los escritores -mentes preclaras y agudas- para tratar de comprender la cosa pública. Craso error: si hay alguien que no sepa de política, además de un político, es un hombre de letras.
Un ejemplo clásico: el saludo y posterior elogio de Pinochet que hizo Jorge Luis Borges en su visita a Chile en 1976. Ya es prácticamente un tópico decir que este desafortunado gesto le robó el Premio Nobel.
Pero hay más ejemplos. John Milton estaba en contra de la libertad de expresión y de prensa. Stendhal y Balzac eran bonapartistas exacerbados y la idea de una posible y futura democracia les provocaba urticaria. El caso de Balzac tiene especial gracia: cada vez más legitimista y católico, recibe en 1841 la noticia de que la iglesia ha incluido en su Índice de libros prohibidos todas sus novelas de amor. Gabriel García Márquez vive en Cuba. Mayakovski, Gorki y Brecht eran conocidos marxistas, al igual que Pablo Neruda, que en su Canto general no duda en soltar algún verso de corte stalinista. Peor fue el coqueteo con el fascismo de Ezra Pound, por no hablar del de Louis-Ferdinand Céline.
Entre los españoles hay también muestras de ceguera política: Enrique Jardiel Poncela era falangista, Camilo José Cela fue censor en tiempos de Franco, Rafael Alberti elogió a Stalin, Pío Baroja -al igual que Dostoievski- era antisemita.
Uno se desespera y busca excepciones: ¿qué tal Thomas Mann? Criticó a Hitler, sus libros fueron prohibidos y quemados y tuvo que exiliarse a Estados Unidos. Sí, correcto, pero antes también se había equivocado: a principios de la década de los 20 publicó un artículo en el que mostraba su simpatía por el naciente fascismo. De acuerdo, fue un error y rectificó, pero como para ir fiándose de los escritores.
De todas formas, entre los hombres de letras hay grandes tipos -no muchos- que desde un primer momento tuvieron claro qué partido había que tomar: Stefan Zweig, por ejemplo, austriaco (y judío) criticó implacablemente el auge del nazismo; Bertrand Russell, filósofo Premio Nobel de Literatura, fue un progresista convencido, enemigo de fascismos de derechas y totalitarismos de izquierdas.
En todo caso, lo que queda claro es que resulta difícil, por no decir imposible, juzgar a un autor por sus ideas políticas: uno puede leer y disfrutar a todos los escritores citados (y a muchos olvidados, claro está) sin tener en cuenta sus errores públicos. Los escritores parecen ser, simplemente, tipos más o menos bienintencionados y con un contacto con la realidad bastante particular. Por eso no creo a quienes afirman que las ideas políticas de, por ejemplo, Ernst Jünger y Knut Hamsun han eclipsado sus textos. Me temo que sus escritos no son los suficientemente buenos como para superar tanto error y tanta tontería.

 
Menéame Envía esta historia a del.icio.us
enlace directo (2 comments)  ... comenta