martes, 16. junio 2009
Jaime, 16 de junio de 2009 13:04:18 CEST
Una forma de actuar como mínimo sospechosa
Tiene que creerme, trama algo, o tramaba algo porque ahora lo he desbaratado. Aquello no era normal, tiene que creer lo que le digo, no sé por qué tengo que justificarme como si estuviera loco.
Desde que llegó al edificio tenía claro que nos iba a traer problemas. Aquello no era normal. Era, no sé cómo decirlo, demasiado bueno para ser cierto. Tan educado, tan amable, tan silencioso. Cediendo el paso en la escalera y saludando con una ligera inclinación de la cabeza. Y con un trabajo importante, porque iba con traje y corbata y un maletín.
Pero claro, eso no era normal, porque era un chico joven y los chicos jóvenes ya se sabe, montan fiestas y traen mujeres y ponen la música alta y hacen ruido. Pero este no, y eso no era normal, todo era demasiado bueno, parecía una, cómo se llama, una tapadera, estaba clarísimo, a mí no se me engaña.
Se lo dije a la señora Martínez, la del cuarto, y ella me dijo que a ella mientras la dejaran en paz, le daba lo mismo. Una egoísta, la señora Martínez. Estaba claro que si ese chico ocultaba algo, sería algo horrible, algo que le hacía mantener un perfil bajo, como se suele decir, y yo sé cómo se suele decir porque sé de estas cosas, que tengo un conocido en la secreta. Es decir, estamos hablando de drogas y de bombas. Si no se hacía algo para remediarlo, morirían niños. Todo por culpa del pasotismo de gente como la señora Martínez. Y no es que a mí me gusten los niños, en general los odio y creo que todo iría mejor si todo el mundo los enviara a internados, sobre todo a los dos de la señora Martínez, que están siempre corriendo y gritando por las escaleras y que si no resbalan y se matan antes, acabarán drogándose por las esquinas y robándonos en nuestro propio portal.
Vale, de acuerdo, me centro. Pero no le quiten el ojo a esos críos. Decía que lo de ese chico era demasiado bueno. Nunca se le oía ningún ruido. Siempre supereducado. Incluso en el ascensor apenas esbozaba una sonrisa y asentía a cuanto se le decía. Claro, no quería problemas. Para que no se descubriera que ocultaba algo. Pero justamente toda esa fachada daba que sospechar y llevaría a que alguien --en este caso, yo-- descubriera que ocultaba algo.
Es que incluso traía a gente de visita, amiguetes, hombres y mujeres, hubo algún sábado que hasta se llenó la casa, que creía que se iba a desplomar el techo encima de mí. Pero no se oía nada. Bueno sí, sillas, pasos, pero poco más. Ni risas. Eso es porque estaban conspirando. Decidiendo qué volar por los aires o por dónde entraría la droga.
No como la chica que estaba antes de que llegara él. Todos los fines de semana con follones y ruidos y música y cosas que se caían. Subí a quejarme más de una vez. Sobre todo los días que no había nadie. Comprenda que no era seguro enfrentarse a la ira de decenas de drogadictos. Tampoco llamaba a la policía por lo mismo. En cuanto la policía, que no hace nada --dicho sea con perdón--, se hubiera marchado, esos locos hubieran bajado a mi piso, hubieran tirado la puerta abajo y me hubieran roto todos los huesos del cuerpo.
El caso es que a veces subía y le decía, qué, hoy no tenemos fiesta. Y ella contestaba, no, hoy no. Ya lo ve. Tenía que aguantar sus sarcasmos, su insolencia, su desfachatez. Y luego decía cosas como sólo he montado dos fiestas, y la última hace no sé cuánto, no entiendo por qué se pone así cada semana. Increíble. Claro que hacía tiempo que no montaba ninguna orgía de las suyas. Gracias a que estaba yo allí atento y zanjé el asunto desde el principio.
Pero el nuevo no daba pie a que zanjara nada. Algo debía ocultar. Algo debe ocultar todavía, insisto, hagan el favor de interrogarle a él y no a mí. ¡Están perdiendo el tie…! Está bien, me centro. Sí, cuanto antes acabe, antes se darán cuenta de que se han equivocado de persona.
Pues eso, que estaba convencido de que escondía algo, probablemente estaba planeando algún atentado. Sería de la Eta o de los moros. Lo que hice fue muy inteligente. Llamé a un cerrajero y le dije que vivía allí, en su piso. Ni una pregunta me hizo el hombre. Claro que con lo que me cobró, qué más le daría. Podría haber comprado el piso entero por ese precio. Supongo que esto me lo devolverá el ministerio de defensa cuando se confirme que soy un héroe. En todo caso, me basta con la satisfacción de saber… Sí, de acuerdo, me centro.
Total, que entré en el piso y me puse a regirar por todas partes, buscando drogas o bombas o no sé, cadáveres, aunque es un piso pequeño, no es para guardar cuerpos de personas, ni siquiera de niños. Y no, de acuerdo, no encontré nada. Pero fue porque me interrumpieron. No llevaba ni dos horas, apenas estaba tirando al suelo los libros para mirar bien por las estanterías, cuando entró el vecino con otros dos amigos… O, mejor dicho, con otros dos cómplices… Tendría que verlos. Se abalanzaron sobre mí como energúmenos y me tiraron contra una silla. Se pusieron a gesticular entre ellos, haciendo unos gestos rarísimos con las manos, abriendo la boca y sin emitir sonidos. Intenté levantarme, pero… Me entran escalofríos y me viene el sudor frío cuando lo recuerdo… Cuando intentaba… levantarme… El chico abrió la boca y con una voz tenebrosa soltó un “quieto” que sonó como un gemido grave y tremebundo… Y luego está el tema de la tecnología. Tenían tecnología yo diría que como mínimo militar. Tenía el teléfono conectado a una especie de teclado. Lo sé porque lo usaron. Imagino que se pusieron a enviar instrucciones, teniendo en cuenta que les había pillado, o al menos eso creían.
Por suerte, grité socorro y supongo que hice algo de ruido, y la policía no tardó en aparecer. Durante todo el tiempo que tardaron en llegar tuve que soportar cómo me mantenían sentado por la fuerza y se hacían gestos entre ellos, usando algún tipo de clave, no sé, y sin hablar, supongo que por miedo a que les entendiera, porque yo sé idiomas.
Lo que no entiendo muy bien es que se me llevaran a mí preso, pero bueno, supongo que una vez dadas las pertinentes explicaciones, podré volver a casa… Aunque no sé si es seguro… ¿Están a buen recaudo mi vecino y sus secuaces? ¿Puedo fiarme de que no les dirán a sus amiguitos dónde vivo y vendrán a matarme? Creo que necesitaré protección. Deben darme protección. Incluso otra identidad, si es necesario. Que probablemente lo sea.
 
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