Jaime, 4 de marzo de 2009, 8:51:22 CET

Hay gente mala por el mundo


Nadie sospechaba que tras la fachada del alegre asesino en serie J. R. H. se ocultaba un aburrido oficinista. Incluso sus vecinos aún explican lo sorprendidos que se quedaron cuando descubrieron que J. R. H. ocupaba su en apariencia inocente tiempo libre cuadrando balances. "No sé --explica una señora que vivía puerta con puerta con él--, parecía muy majo... Yo siempre le veía descuartizando y enterrando cadáveres de universitarias... Lo normal en un chico de su edad. Y a mí siempre me ayudaba cuando iba cargada con mis quilitos de cocaína". No es la única: en su calle recuerdan lo esmerado que era al esparcir los restos de cadáveres, lo mucho que sabía acerca de alegres prácticas como la extorsión y el entusiasmo con el que hablaba del que decía era su hobby: la fabricación de explosivos caseros. Pero no, la nitroglicerina y la sangre no eran el centro de su vida: mientras de día asesinaba y torturaba a universitarias, de noche trabajaba en una oficina, aprovechándose de la diferencia horaria con América. Al parecer y aunque aún está por confirmarse, se dedicaba a llevar la contabilidad de una empresa importadora de cafeteras de inducción. J. R. H. llevaba sus atrocidades al extremo más repugnante: lucía corbata, traía el almuerzo en un táper, leía la prensa, tomaba cortados con sus compañeros de trabajo (sí, no actuaba solo en sus fechorías) y los lunes se quejaba de lo mal que había jugado su equipo de fútbol favorito. Los policías que le apresaron, hombres hechos y derechos que han visto de todo, no pueden disimular una mueca de asco cuando hablan de los interrogatorios llevados a cabo ante el juez. Porque J. R. H. ha confesado muchas otras costumbres repugnantes: tomaba sopa con regularidad, planeaba comprarse un coche de marca francesa, está enganchado a The office y a House y coleccionaba relojes de bolsillo. Según los juristas consultados, J. R. H. podría pasar treinta años en prisión. La pregunta es: ¿qué hacemos con este sujeto dentro de treinta años? ¿Es posible la reinserción? Los datos de contables reincidentes son alarmantes y nos llevan a considerar la posibilidad de quemarlos vivos a todos y a cada uno de ellos y matar a todas y a cada una de sus familias, para erradicar de raíz cualquier posible multiplicación de un hipotético gen de la contabilidad.


 
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