Jaime, 26 de febrero de 2007, 9:07:43 CET

Yo fundé El País


(Cuando me pidieron amablemente que enviara un texto a Blog de bloggers, decidí enviar "Yo fundé El País". También muy amablemente, una de las personas responsables de la sección me pidió que enviara otro, para ahorrar complicaciones. Algo un pelín absurdo, la verdad, porque sólo es un texto tontorrón que no puede ofender a nadie. Creo que la prensa se toma demasiado en serio a sí misma. Por eso los editoriales y muchas columnas de opinión se escriben con ese lenguaje engolado y pomposo y pretenciosamente analítico que sólo resulta ridículo. Y de ahí esa manía de cogérsela con papel de fumar, no se vaya a ofender quien no tiene motivos para ofenderse.)

Mucha gente no lo sabe, pero yo fui uno de los fundadores de El País. Mi paso por el rotativo fue breve, pero intenso, y sin duda ayudó a consolidar el que hoy en día es el periódico de referencia español. Todo comenzó en 1975, cuando vivía en Madrid. Sí, puede que alguno aduzca que en aquella época no sólo no vivía en Madrid, sino que ni siquiera había nacido, pero ¿acaso el verbo aducir no suena fatal? Por aquel entonces necesitaba un nuevo reto profesional. Mi negocio de teléfonos móviles no había funcionado, al parecer porque la sociedad no estaba lo suficientemente madura para el producto. O al revés, no lo recuerdo. Además y sin duda, eran tiempos de cambios. Con Franco recién muerto, uno ya podía salir a la calle sin miedo a cruzárselo y a que le soltara una pena de muerte recién firmada o, peor, un discurso. La gente era más joven que ahora. Muchos de los que ahora están muertos, entonces vivían. No existía internet y un número importante de personas aún era en blanco y negro. Sí, eran otros tiempos, como demuestra el hecho de que hayan pasado más de treinta años. Visto el ambiente, me animé a participar en un proyecto que mis buenos amigos Polanco y Cebrián estaban poniendo en marcha. Les conozco desde hace mucho. Polanco y yo estudiábamos juntos en Polonquia, por allá a comienzos del XVIII. Y Cebrián venía mucho a mi bar. Por aquella época le llamábamos C-Brian. Y sí, tuve un bar. Me vi obligado a cerrarlo porque eran los clientes los que me exigían cada noche que no bebiera más y me fuera a casa de una vez por todas. Y, encima, mi manía de beber a morro del grifo de cerveza no era del agrado de los más quisquillosos. Ciertamente, no hay excusa para este comportamiento, pero tengo que decir en mi favor que estaba pasando por una mala época: mi novia de entonces me había dejado y por algún extraño motivo creía que la recuperaría si me ponía a cantar borracho debajo de su ventana a eso de las cuatro de la mañana. No acabó de funcionar. Demasiado cursi, supongo. El caso es que Polanco y C-brian, rodeados de un equipo de profesionales ejemplares, estaban sacando adelante lo que después sería El País. Por aquel entonces, el proyecto era muy diferente a lo que finalmente fue: ellos pensaban en comercializar relojes con correas de colores. Fui yo quien les convenció de que se lanzaran a la prensa escrita. Quizás tuvieran algo que ver mis ansias de contribuir a la consolidación de la incipiente y aún débil libertad de expresión. Puede que fuera por la pasión que sentía y siento por el periodismo. Quizás fue por el hecho de que había comprado una imprenta y no sabía a quién revendérsela. Por supuesto y dejando al margen los negocios poco éticos, también aproveché para hacer mis pinitos como periodista. Para el primer diario publicado, escribí un artículo certero, crítico, analítico y algún que otro esdrújulo más. Se titulaba: "No a la guerra de Iraq". Los lectores no lo comprendieron. Creo que se trataba de un texto demasiado avanzado para su tiempo. Ah, la historia de mi vida. En definitiva, mi paso por El País fue un negocio redondo. Para mí, porque la imprenta resultó ser un timo de cuidado. Pero para cuando se dieron cuenta yo ya estaba en París, esperando que me recogiera la cigüeña, y el diario comenzaba su andadura con una segunda imprenta, ésta ya con todas las piezas, incluyendo el botón de encendido y el sitio ese por donde se pone el papel. Por cierto, las imprentas de hoy en día son una maravilla, nada que ver con las de hace treinta años: te caben en un bolsillo, van por usb y tienen bluetooth de ése. Y vuelan. Un lujo. La i-offset de Apple es mi favorita. La blanca, claro. Mantengo el contacto con mis viejos amigos Polanco y Cebrián. A través de nuestros abogados.


 
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