Jaime, 13 de febrero de 2006, 10:23:46 CET

El hundimiento de la bolsa


La bolsa de Rubiria marcó cero el mes pasado. En un hecho sin precedentes en la historia de la economía mundial, los inversores decidieron venderlo todo y dedicarse a otras actividades más saludables y divertidas. "No fue propiamente un crack --explica el presidente de la bolsa de Rubiria-- ya que ha sido un proceso tranquilo y paulatino. Fue más bien un plof". Este plof de la bolsa llevó a María Ángeles Gutiérrez a buscarse un "trabajo de verdad", como dice entre risas. Mientras lo encuentra, da clases de economía en la Universidad de Rubiria. Algunos afortunados han podido retirarse, como el director del Banco Meridional, Martín Pescador, que ha descubierto que su verdadera afición es el piano. "De niño fui a clases un par de años, pero ya lo había olvidado. Teníamos este piano abandonado en la biblioteca y me dije, volvamos a aporrearlo, ahora que la bolsa ha hecho plof. He realizado progresos considerables, escuche cómo toco la primera sonata de Brahms". Pescador comienza a tocar la pieza y de repente contemplamos horrorizados como el piano de cola se abalanza sobre el ex director de banco y lo devora, introduciéndolo en la caja y cortando sus miembros con sus rígidas y cortantes cuerdas.

El piano asesino Los pianos asesinos son instrumentos poco comunes, pero también extremadamente peligrosos. Las teorías acerca de su origen son variadas. Algunos dicen que están poseídos por el alma de los mejores solistas, mientras que otros opinan que la culpa es de la polución. El caso es que los pianos asesinos se dedican a devorar a aquellos intérpretes que osan desafinar o se lían con las teclas. Es necesario que los dome un virtuoso. La Filarmónica de Praga tiene a un grupo de exploradores perfectamente preparados para la doma de instrumentos asesinos. En cuanto les informan del piano asesino de Rubiria, salen disparados al aeropuerto, donde tienen aparcada su vieja furgoneta. Después de catorce horas de trayecto, los músicos llegan a la capital de Rubiria. No les cuesta acorralar al piano en un callejón. Lo atraen gracias al típico gramófono trampa. Una vez retenido, la gran virtuosa Natalia Plisimievska se sienta en la banqueta y se pone a tocar. Comienza suave, con unas piezas de Scarlatti, para ir subiendo el nivel con los impromptus de Schubert. Cuando el piano, agotado, parece estar ya a merced de la Plisimievska, esta experimentada concertista comete un error: tocar el tercer movimiento del concierto para piano y orquesta número 3 de Rachmaninov. El instrumento encoleriza por el tópico y se niega a ser sometido por la pieza de doma más usada. En un par de movimientos devora a la pianista. Pero la Filarmónica de Praga es una orquesta valiente y con recursos. Con las teclas aún empapadas en sangre y para aprovechar el cansancio del piano, Matthias Grün se lanza a la banqueta y somete finalmente al instrumento tras dos horas de Poulenc, Beethoven y --el golpe definitivo-- Piazzolla. Grün se levanta, sonriendo, sudando. "Otro piano para el conservatorio de niños huérfanos", dice. Sus compañeros le aplauden. Y en ese momento, el arco de un violín le atraviesa la garganta. El temible violín volador ha vengado la doma del piano. Arranca el arco y se larga, volando y riendo. Los músicos de la Filarmónica de Praga corren a su furgoneta y salen tras el instrumento de cuerda. La Filarmónica de Praga nunca descansa para que nosotros podamos descansar.


 
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