Jaime, 14 de junio de 2005, 11:04:38 CEST

Dejar de fumar no es tan fácil como dicen algunos


Llevo una semana sin fumar. Desde que lo dejé me encuentro mucho mejor: respiro con todo el pulmón, ya no me pongo a toser como un condenado nada más despertar y no rompo a llorar si las escaleras mecánicas del metro están estropeadas. Me costó mucho dejarlo. Sobre todo porque yo no había fumado nunca y, conociéndome, sabía que la mejor forma de quitarme del vicio era dejarlo gradualmente. Esto significaba que debía comenzar fumando un paquete diario y cada día fumar un cigarrillo menos. Cuando llegara a tres o cuatro tendría que aguantar unos días más y luego seguir con el proceso hasta ya no fumar ninguno. El que más me costaba fumar era el de después de las comidas. Incluso hubo algún día que nada más tragar el humo tuve que correr al lavabo a vomitar. El primero de la mañana tampoco era agradable. Me daba dolor de cabeza y me amargaba el día, ya que me recordaba que aún no había conseguido dejar el maldito tabaco. Al menos me consolaba ser consciente de que era necesario sacrificarse para poder disfrutar de los beneficios de haber dejado ese hábito horrible, como que la ropa no oliera a humo o que dientes y dedos no se mancharan de amarillo por culpa de la nicotina. Ahora estoy comiendo algo de más para engordar los preceptivos cuatro o cinco quilos que todos los ex fumadores ganan. Así daré por concluido el proceso. Espero no recaer, con lo que odio el humo, pero si he de hacer caso a las estadísticas, me temo que tendré que apechugar y dejarlo de nuevo dentro de unos meses.


 
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