Jaime, mar 3, 2005, 12:48
Cuarenta y dos euros
Teresa Martín comparte con no pocas personas una manía: mientras habla por teléfono y si tiene papel y lápiz a mano, va haciendo garabatos. No importa que tenga o no que tomar nota de cuanto le digan; es descogar el teléfono y agarrar un boli.
Teresa mantiene esta costumbre a pesar de lo que le ocurrió en una ocasión: "Fue el 3 de marzo de 2001, lo recuerdo perfectamente. Estaba en la oficina, me llamaron y, mientras hablaba, fui haciendo rayotes y dibujitos en una hoja de papel. Cuando colgué y vi lo que había escrito, no sé cómo decirlo, me quedé asustada y extrañada. Y también contenta, muy contenta".
Y es que Teresa Martín asegura que de modo inconsciente había garabateado el sentido de la vida: una fórmula que explicaba brevemente y con sencillez por qué estamos en el mundo y qué se espera de nosotros. "Incluso daba una respuesta irrebatible a la pregunta de si hay vida más allá de la muerte", añade.
El problema fue que la volvieron a llamar justo en seguida. Comprensiblemente nerviosa, mientras hablaba dibujó sobre la respuesta a todas las preguntas un cubo, la cara de un osito, varios números al azar y algo parecido a una serpiente.
"Estuve tres días llorando. No podía descifrar nada y lo había olvidado todo. No es fácil retener el significado de nuestra existencia después de sólo un vistazo, por comprensible que resultara una vez puesto sobre el papel. Recurrí a mi novio, a mis amigos, a expertos en caligrafía, pero de ahí no se pudo sacar ni una palabra. Piense que había dibujitos sobre una escritura ya de por sí garabateada sin prestar atención".
Lo único que Teresa Martín recuerda es que el sentido de la vida tiene algo que ver con la mermelada de frambuesa. "No estoy muy segura, pero la cosa iba por ahí. Lo que no sé es si había que evitarla o tomar mucha".
Una pequeña compensación: usó aquellos números que había anotado durante la segunda conversación para echar una primitiva. "Acerté cuatro --explica--. Cuarenta y dos euros de premio. No está mal, ¿no?"
comenta
el sentido de la vida es @# ¼##÷ ]´{§½¬½# #½½
(maldita manía de garabatear en los comments mientras le leo, Federico)
El último parrafo le da sentido a la vida
Mentiroso, mejor morderse las uñas mientras escribes.
(Por cierto, acabo de cambiar el título y el premio del cuento.)
Muy bueno, Jaime. A mí me pasó una vez lo mismo ;-)
Enhorabuena, Jaime! Es de lo mejor que has escrito.
Muy lindo, me gusto el texto.
;o)
Gracias, Toms y Gaverg :)
No te lo vas a creer pero he experimentado algo parecido. Yo lo llamo pomposamente "sueños de la totalidad" y me ocurre de vez en cuando motivado por una hipoglucemia mientras duermo (el cerebro se alimenta de glucosa; cuando le falta flipas). Una vez traté de escribirlo al despertarme pero cuando quise descifrarlo a la mañana siguiente no entendía nada.
Las neuronas palman pero al menos es entretenido.
Es decir, el azúcar nos impide alcanzar la sabiduría infinita.
No sé si podría renunciar al azúcar.
Si, la vía hipoglucémica hacia el conocimiento :)
Si no puedes renunciar cuando quieras nos marcamos una transfusión.
A ver si la mística va a ser cosa de diabéticos.
Estudiaré lo de la transfusión. Te digo algo antes de treinta años. Si no recibes respuesta, cuenta que no.
¡Muchachos! ¡Esta secuencia de comments es de primera de por sí!
Al que cuestionaba el otro cuento por su sintaxis y no sé qué: Un texto, ¿vale sólo por sus atributos o también por las cosas que inspira?
Bueno, a Coleridge le pasó algo parecido con el Xanadú de Kublai Khan. Llamaron a la puerta, y del peo de opio que llevaba, se le olvidó continuar por donde lo había dejado. Más Opio o prefiere Vd. mermelada de frambuesa?
Mermelada. El opio me repite. ¿O era el apio lo que me repetía?