martes, 7. diciembre 2010
Jaime, 7 de diciembre de 2010, 10:47:39 CET

Débiles y cobardes


Dejar de fumar es fácil. Facilísimo. Sólo hace falta una voluntad de acero como por ejemplo la mía. De hecho, para demostrar a toda esa panda de débiles y cobardes fumadores lo simple que es reunir un poco de fuerza y dejar a un lado el feo y maloliente vicio del tabaco, dejé de fumar hace un par de meses. Sin más. Sin parches, ni chicles, ni heroína. Me compré el último paquete de cigarrillos, salí a la calle, lo alcé y grité: "¡No podrás conmigo, maldito!" Lo estrujé entre mis dedos y lo tiré a una papelera. Mientras tanto, un niño que pasaba por ahí, se puso a llorar y a gritar mamá, mamá, un señor me da miedo. No sé a quién se refería porque yo no soy un "señor", sino un "joven". Cuando les referí este hecho a mis amigos, algunos de ellos se atrevieron a decir que lo mío no tenía ningún mérito, ya que yo no había fumado en mi vida. Indignado, sin soltar una sola palabra y a pesar de los peligros de una posible recaída, le agarré un cigarrillo a uno de esos envidiosos, me lo encendí y aspiré el humo. Después de toser sangre durante tres cuartos de hora, apagué el pitillo sin ni siquiera sentir la necesidad de acabármelo y les miré con mirada de "¡ja!" Sí, lo había vuelto a hacer. Había dejado el tabaco dos veces el mismo día. Y en esa ocasión, después de fumar. Ya nadie me podía reprochar nada. Y lo más importante: ni siquiera había engordado. Está mal que lo diga yo, pero es que soy la hostia. El más empedernido de mis supuestos amigos empezó a poner excusas absurdas para no quedar como UNA NIÑA. Me dijo que con un cigarro no valía, que la dependencia trabajaba durante años y que la nicotina nicotiniza y el cáncer crea adicción o no sé qué historias. Ridículo: cuantos más hayas fumado, más fácil será dejarlo porque estarás más lleno. Evidentemente. -Deberías probar a estar un tiempo sin tomar cerveza, para que te hagas una idea. Eso dijo. Eso. Dijo. Cuando la gente ve que está perdiendo una discusión -como le suele pasar conmigo- no sabe más que esgrimir argumentos ridículos y temerarios. ¡Dejar la cerveza! ¡Y si quieres dejo también de respirar! ¡Hijo de la gran puta! La cerveza es un alimento que se hace a partir de cereales: es el desayuno perfecto, como intento explicar a todos los que me ven en el bar a las nueve de la mañana. La cerveza también tiene antioxidantes, fibra y es de un color bonito. Dejar la cerveza sería como dejar la fruta o el pan. Algo innecesario y estúpido. De hecho, gracias a la cerveza, he dejado la fruta y el pan. ¡No me hacen ninguna falta! Me indigné tanto que las lágrimas me entelaron la mirada. Pero cómo. Pero cómo. Pero cómo se atrevía a decir algo así. A pesar de que sentía un nudo en la garganta fui capaz de darle la espalda a aquel ser tan ruin y despreciable. Casualmente de cara al camarero. Aproveché para pedirle otra cerveza. A partir de entonces imagino que la adrenalina causada por la rabia me hizo perder en parte la consciencia porque recuerdo bien poco de lo que pasó el resto de la noche. Y eso a pesar de que las fotos que han colgado en Facebook iluminan algunas de las escenas olvidadas. Aunque creo que las que me muestran desnudándome en el escenario de Luz de Gas al lado de una señora de cincuenta y dos años son un claro MONTAJE. Pero en fin. Estoy acostumbrado a las campañas de desprestigio. Son las tabacaleras, que saben que no pueden hacer frente a mis denuncias. Soy el Julian Assange de la Philip Morris, como le intenté explicar a la estanquera antes de que llamara a la policía. -No sé, ha entrado aquí y se ha puesto a gritar y a llamarnos débiles y cobardes. Sí, aunque parezca mentira, esas fueron las palabras exactas que le dijo a la policía. ¿Y a quién creyeron los agentes? Obviamente, a aquella embustera. Claro, como la policía está al servicio de las grandes empresas del petróleo y el tabaco, yo no tenía nada que hacer. La prueba es lo mal que les sentó que les dijera que deberían cambiar su placa por el logo de la Shell. Incluso me acusaron de oler a alcohol, cosa simplemente imposible ya que acababa de tomarme un caramelo de menta. Y además, ¿cómo iba a oler a alcohol en un estanco, si el olor a tabaco lo tapa todo? En fin. Todo mentiras. Y dejar el tabaco es fácil. Sólo hace falta tener un poco de fuerza de voluntad y dejarse de excusas propias de gente débil y cobarde. Por cierto, si alguien puede avisar a mi abogado y decirle simplemente que "otra vez lo mismo", me hará un favor. Decidle también que esta vez no me riña. Que cuando me riñe me pongo triste.


 
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