Jaime, mar 18, 2010, 08:17
Juan Carlos I: "¿Abdicar? ¿No me jubilé en 1998?"
Con el corazón compungido y los ojos abiertos como platos leo el siguiente estremecedor titular: La Casa del Rey confirma que Juan Carlos usa audífono. El subtítulo añade el siguiente dato: lo lleva desde hace diez años. Y al pueblo español se le informa ahora. Esto es una vergüenza. Si el rey está sordo no podrá oír las reclamaciones de los españoles. ¡Por eso estamos en crisis, maldita sea!
No tengo más remedio que acudir al palacio de la Zarzuela, grabadora y megáfono en mano para pedir explicaciones. El rey don Juan Carlos I me recibe en su despacho, donde echa su cabezadita de las cuatro de la tarde, posterior a la de las doce del mediodía y anterior a la de las siete.
Igual exagero al decir que me recibe. Lo cierto es que he conseguido colarme en palacio gracias a mi habilidad con los disfraces. Primero he pasado la seguridad con uno de guardia civil, con bigote incluido; después he entrado por la puerta de servicio con un uniforme de pinche de cocina y acarreando una caja de zanahorias; luego he conseguido pasar al interior de la residencia gracias a mi disfraz de señora de la limpieza; al despacho he llegado pasando inadvertido con un traje de chambelán del siglo XVIII, con peluca, bastón y una definición de la palabra chambelán escrita en la frente.
El resto, como siempre, en
Libro de notas
Jaime, mar 11, 2010, 07:39
Gerardo Díaz Ferrán: "Mucho vago es lo que hay"
El presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, me recibe en las oficinas de su nueva empresa, una galera con capacidad para más de doscientos galeotes, con turnos de remo de doce horas, que ejercen a cambio de pan no demasiado duro, agua no demasiado fresca y una onza de chocolate los domingos. “Yo soy un tradicionalista —explica—, a mí eso de los ordenadores, internet, la jornada de ocho horas y los sueldos, no me va. Yo creo más bien en el secuestro de indigentes y su estímulo gracias a este tambor que va marcando el ritmo”.
Este galeote es el primer paso en su plan para reflotar Air Comet. “No necesito a esas sanguijuelas que se hacían llamar trabajadores. Ofreceremos viajes en barco low cost, que pueden ser aún más low cost si el viajero se anima a remar. Una nueva experiencia en turismo”. La empresa establecerá una primera línea llamada Classic Ferry que hará el trayecto Madrid-Barcelona por el alcantarillado navegable a lo largo de la ruta.
El resto, en
Libro de notas
Jaime, mar 2, 2010, 15:36
Pulseras de la mala suerte
Como no podía ser de otra forma y dado mi carácter débil e influenciable, yo también me he comprado una de estas pulseras holográficas con tecnología imantada y radiaciones ultravioleta gamma de baja densidad singular. Se trata de un trozo de goma al que han mirado fijamente diecisiete atletas de élite (alguno incluso de elite) enviando unas frecuencias electromagnéticas que le dan propiedades milagrosas: salto diecinueve centímetros más (tanto a lo alto como a lo largo), aguanto el equilibrio casi dos segundos antes de caer rodando escaleras abajo, puedo beber dos cervezas más, antes de que se me trabe la lengua, soy capaz de correr más rápido, con lo que me da mucha más rabia que se me escape el autobús (lo rozo con la yema de los dedos), y además soy mucho más flexible: me toco la punta de los pies con los dedos. Con los dedos del otro pie. Antes no podía.
Pero no todo son ventajas. Estas malditas pulseras facilitan proezas físicas como las ya mencionadas, pero tienen un defecto: traen mala suerte. Se trata del clásico efecto compensador, también llamado "¿tú qué te crees, que lo puedes tener todo? ¿Quién te piensas que eres? ¿Flavio Briatore?" En definitiva: hay pulseras que traen buena suerte, pero no proporcionan ninguna mejora física, mientras que éstas te convierten prácticamente en un atleta profesional, pero también en un gafe de mucho cuidado.
Nada más comprarla, por ejemplo, se me cayó la caja registradora de la tienda sobre el pie izquierdo. Si la hubiera llevado puesta (la pulsera, no la registradora), hubiera sido capaz de esquivarla, pero ah, el destino es así de cruel.
A partir de ese momento, las desgracias se han amontonado sobre mis hombros como cajas registradoras sobre mi pie izquierdo: chaquetas enganchadas y rasgadas en pomos de puertas, pinchazos en el coche, un desfalco accidental en el trabajo que me llevó dos meses a la cárcel hasta que pude aclararlo todo, perdí la cartera en tres ocasiones, una de ellas en casa (cosa que no impidió que alguien usara mi tarjeta de crédito), y suspendí dos veces un examen de Física de segundo de Bup al que tuve que presentarme porque alguien perdió mi expediente.
Pocos pueden relatar un conjunto de desgracias semejantes. Una de esas chaquetas era mi favorita. Bueno, lo había sido. Ya estaba vieja. Pero me seguía gustando mucho y me la ponía bastante a menudo. Total, que poca gente hay en el mundo tan desgraciada como yo.
Por suerte y gracias a internet, he encontrado un foro de afectados por las pulseras holográficas, también llamadas holo
gáficas (jajajaja, enteritis…) en el que nos debatimos entre si es mejor vivir con las ventajas de poder rascarnos las orejas sin usar un palo o por el contrario vivir sin el riesgo permanente de que a uno se le caiga en el pie una caja registradora.
Lo de la caja registradora es curioso. Al parecer, le ha pasado a todo el mundo en esa tienda. Incluso a personas que no habían comprado la pulsera. Se sospechó la posibilidad de que fuera el propio cajero quien arrojara la caja registradora sobre sus clientes, pero su respuesta (¿yo? No, no… No sé de qué estáis hablando) nos resultó muy convincente al comité de investigación, por lo que dedujimos que la gente
miraba las pulseras expuestas mientras pagaba y eso bastaba para que la caja registradora cayera sobre el pie izquierdo del desafortunado y ya gafado cliente. Además, hemos realizado varias observaciones desde el escaparate con unos prismáticos, y hemos podido comprobar que el cajero silba mientras la caja cae. Todo el mundo sabe que es imposible hacer dos cosas al mismo tiempo, así que si silba, no puede empujar.
Jaime, feb 19, 2010, 15:00
Pingüinos muertos
Después de las últimas amenazas de muerte que he recibido, he decidido contratar a un doble. Nada más contratarle, le he pegado un tiro, cumpliendo un doble (como su propio nombre indica) propósito; uno: he hecho creer a mis numerosos enemigos (es lo que tiene hablar claro contra los poderosos, aunque sea desnudo, a gritos y en el parque de la Ciutadella) que ya estoy muerto, y dos: al estar ya muerto, el precio de mis cuadros se ha multiplicado por diez. Ayer se vendió uno por siete euros con cincuenta. Siguiendo el dicho y rematándolo con un hábil juego de palabras, he matado un doble pájaro de un tiro.
Han sido unas semanas muy malas, de tensión y, por qué no reconocerlo, miedo. Cada vez que me llegaba una de esas amenazas en clave, ocultas tras lo que parecía una factura de la luz para no levantar las sospechas de mis chimpancés guardaespaldas, me daba un vuelco el corazón. Estaban bien pensadas todas aquellas historias de kilowatios, de consumo, de dinero que tengo que pagar yo (¡yo!) por la electricidad, cuando la electricidad ya me venía con la casa. Bajo la inocente apariencia de un error administrativo se ocultaba un claro mensaje cifrado: “vamos a por ti”. KW. Es decir, Kill William. ¿Y quién es el William Shakespeare 2.0?
Efectivamente.
Es evidente que no tenía otra opción que comprarme un doble para cargármelo. Era él o yo. O yo o él, según se mire. La verdad es que no se me parecía mucho: para hacerme la pelota, el de la tienda de dobles insistió en que yo era más guapo de lo que en realidad soy, y eso que yo de por mí no estoy nada mal, gracias a mi manejable metro cuarenta y dos, mis poderosos noventa y siete kilos de peso, mi ausencia de orejas (ah, esas asquerosas protuberancias) y mi elegante costumbre de escupir para no tragar saliva. Sí, mi doble medía metro ochenta y siete, y llevaba veinte de sus veinticuatro años acudiendo a un gimnasio dos horas diarias, pero lo importante es que el vendedor hizo bien su trabajo: consiguió una venta.
La ventaja de matar a un doble es que legalmente está considerado suicidio, así que las únicas consecuencias negativas para mí fueron la extraña desazón interior que supone haber asesinado a alguien que en cierto modo era yo y una multa por haber arrojado el cuerpo al contenedor de papel y no al de materiales orgánicos.
Reciclar es muy importante. Lo reconozco. El otro día no reciclé y murieron seis gaviotas más. Por mi culpa. Y un pingüino. Y a todo el mundo le gustan los pingüinos. Bueno, a todo el mundo, no, sólo a quien no los ha visto de cerca. Los pingüinos son graciosos, pero a kilómetros de distancia de donde vivan, huele a mierda. Prácticamente se hacen sus nidos con su mierda. Con sus propios excrementos. Eso es asqueroso. Mejor edificar, no sé, con los cadáveres de tus hijos. Por favor. Y que todo el mundo diga que son tan graciosos y que parece que vayan de etiqueta, ja ja. Pues no. Unos cochinos. Putos pingüinos. Hoy no pienso reciclar. ¡Que se mueran todos! Seguro que son de la SGAE. Sí, mezclaré papel con cáscaras de huevos y botellas de cristal mientras pienso entre carcajadas en todos esos pingüinos muertos.
Jaime, feb 18, 2010, 07:50
José Ignacio de Juana Chaos: "Yo también tengo derecho a reinsertarme y ser un Pío Moa de la vida"
“Como comprenderás, no sólo de heroísmo vive el hombre, sino también de pan. A pesar de que intenté demostrar lo contrario durante mi huelga de hambre”, explica José Ignacio de Juana Chaos mientras vuelvo a asegurarme de que mi billetera sigue en el bolsillo de la chaqueta.
Nachete explica que es cierto que ahora lo que quiere es ser taxista. Después de una vida dedicada a luchar por el País Vasco matando gente escondido y desde lejos ha llegado el momento de relajarme al volante y poner la Cope”. ¿La Cope? “Hombre, si nos vamos a hacer taxistas, habrá que hacerse taxistas de verdad. A escuchar la Cope y a quejarse del gobierno y de los catalanes, como tiene que ser. Eso sí, en Belfast”.
Al parecer, su intención es trabajar para una compañía norirlandesa que cree firmemente en la reinserción: ahí trabajan quince ex terroristas y la mujer de De Juana. Pero aún no le dejan. “Dicen que tienen que pasar al menos tres años desde que haya salido de la cárcel. Me parece injusto. ¿Por qué tres años y no tres meses? Si recuperé el peso con tres bocatas. Es más, como no me dejen conducir un taxi, agarro y me deprimo. Y yo cuando me deprimo no como nada. ¡Y NO RESPIRO!” De Juana coge aire, cruza los brazos y frunce el ceño. Le pongo el dedo debajo de la nariz. Es cierto: no está respirando.
El resto, en
Libro de Notas.