Jaime, abr 30, 2010, 13:29
Anna Purna
Pues sí, como iba diciendo (en
Twitter) yo también subí al Annapurna. Fue durante mi época de alpinista, que duró del 12 de septiembre al 3 de octubre de 2005. Sin duda eran otros tiempos: aún pensábamos en pesetas y uno podía arriesgarse a comprar los serpas en destino y no hacía falta reservarlos antes en la agencia de viajes. Hoy está todo más comercializado y además Lady Gaga tiene éxito y jode un poco oír a todas horas a esa tipa.
El caso es que yo también quería hacer algún ocho mil; opté por el Annapurna porque se llamaba igual que una ex mía (Anna Purna) y aún pretendía impresionarla. De todas formas, no quería conformarme con escalar la montaña, porque al fin y al cabo eso ya lo hace todo el mundo y a mí lo que me interesa es la originalidad. Cosa que explica mi peinado.
Mi objetivo era subir la montaña de otra forma, como cuando Spike Milligan escaló el Everest por dentro. Pero ¿qué hacer? ¿Trepar bocabajo? ¿Ser el primer alpinista que llega borracho a la cima? Finalmente di con la idea que necesitaba. Subiría al Annapurna desnudo y así protestaría contra las matanzas de focas. Para evitar el frío, contaba con un aceite especial hecho con grasa de foca que me facilitaron mis patrocinadores: Pieles Martínez, S.A.
A pesar de ir en bolas, sabía que tenía que ir preparado, así que me hice una mochila con mi Ipad chino de imitación, un pack de zumos y otro de barritas energéticas, una navaja con brújula, mi cámara y por supuesto mi pulsera Power Balance. Dirán que es un timo, pero desde que la tengo no me he muerto de cáncer.
Ya bien preparado como estaba, cogí el 57, que pasa por plaza de España y te deja en la zona sur del Himalaya. De ahí al Annapurna hay que coger otro autobús, pero en fin, en tres cuartos de hora te plantas.
Cuando llegué y a pesar de que el frío había hecho estragos en mi virilidad, los serpas me recibieron amablemente y me ayudaron a llegar al primer campamento base, situado a tres mil metros de altura y al que se accedía gracias al teleférico. Allí me dieron a comer el plato típico del Himalaya (paella fría) y después me pegaron una paliza, me robaron el Ipad y la mitad de las barritas energéticas, y me dejaron tirado en la nieve.
Por algún extraño motivo, no les había hecho gracia que decidiera llamarles oompa loompas y pretendiera que me subieran en camilla. Gástate ciento veinte euros para conseguir esta porquería de servicio. En fin.
De todas formas, no me aminalé… Animalé… Amina… No me eché atrás, como buen alpinista naturista que era. Pasé una noche complicada porque estaba todo oscuro y no había tele y yo quería ver House, pero aun así desperté con buen ánimo e inicié el ascenso a la cumbre. A esa noche le siguieron días y noches también reguleros. Se me acabaron los zumos. Nevó. Anunciaron la cancelación de
Arrested development. Me perdí y tuve que preguntar, como un vulgar turista. ¿La cumbre, para dónde queda? Hacia arriba, caballero. Gracias. De nada.
Finalmente me llegué a la cima y me senté a contemplar el paisaje. Había tormenta, así que no se veía nada. Noté la piedra y la nieve contra mi peludo culo desnudo, cada vez más desprotegido del frío. Se me estaba acabando la grasa de foca. Clavé la bandera de mi peletería, con el eslogan "siempre foca y siempre nutria, calor y calidad", y me dispuse a descender.
Bajar es más fácil que subir, como sabe cualquiera que tenga experiencia en cuestas. Sólo hay que dejarse llevar correteando, abrir un poco los brazos y gritar ue, ue, ue.
Pero no contaba con el verdadero peligro del Annapurna. Este pico presenta una mortalidad del 40 por ciento, pero no porque sea complicado de subir (yo lo hice en siete horas y soy novato) sino porque es
la residencia del yeti. Y fue el yeti el que se plantó delante de mí, más o menos a unos cinco mil metros de altura. Y encima se rió de mi desnudez. El frío, es el frío, intenté explicarle. Pero nada, no hubo manera de que dejara de descojonarse a mi costa.
Una vez se secó las lagrimillas, me anunció su intención de comerme. Yo le manifesté mi poca voluntad de ceder y él me recordó que medía casi tres metros. Le expliqué que todos mis amigos aseguran que mi personalidad es "indigesta" y que "no hay quien me trague", pero no coló. El yeti me agarró con sus enormes y peludos brazos, abrió la boca, cerré los ojos y…
Y…
Er…
Y…
Y DIOS ME SALVÓ.
Convertíos, ateos de mierda, Dios me salvó del yeti.
En cuanto a Anna Purna, en fin, fui a verla con los recortes de periódico, pero no surtieron el efecto deseado. Los malditos periodistas no habían titulado "Heroico ascenso al Annapurna" sino simplemente "Alpinista pierde medio culo por congelación". Pero en fin, no se puede tener todo en esta vida. Ni siquiera todo el culo.
Jaime, mar 30, 2010, 16:53
Iguales (fragmento)
Los dos miembros del jurado de los que hablamos son Julián Sánchez García y Julián Sánchez García, dos personas iguales y por tanto elegibles para participar en el mismo juicio, al igual que los otros dos varones miembros del jurado: Julián Sánchez García y Julián Sánchez García.
Sánchez y Sánchez eran aún más iguales que Sánchez y Sánchez. Tanto, que los confundieron ya en el hospital, apenas minutos después de haber nacido al mismo tiempo. Eran tan parecidos que las dos enfermeras salieron al pasillo cada uno con su bebé en brazos, y al encontrarse la una con la otra, ya no sabían si el bebé que sostenían era el bueno o si ya se habían equivocado nada más verse. Como la confusión era inevitable, las enfermeras pusieron a los niños en la misma cuna y esperaron a que los padres decidieran qué era lo mejor.
Las dos familias estaban desconsoladas e irritadas a partes iguales. Ni las propias madres sabían quién de los dos era Julián y quién era Julián. Con los nervios, la única solución que consideraron acertada fue sortear a los niños. Pero además, como sus madres también eran iguales y durante el sorteo estuvieron en la misma habitación, los padres se vieron sobrepasados por esa igualdad y ante el temor de confundir a la Montse de uno con la Montse del otro, decidieron sortear a sus esposas. Evidentemente, las esposas también habían visto a sus maridos entrar juntos en la habitación, así que no tuvieron más remedio que sortearlos a su vez.
Las dos familias vivieron más o menos felices hasta que los chicos cumplieron doce años. Ese día unos hechos en apariencia inocentes desembocaron en una tragedia familiar. Los dos julianes recibieron por su cumpleaños un kit para hacer pruebas de ADN. Emocionados ante lo que creían un inicio en el fascinante mundo de la criminología científica, hicieron una primera prueba con sus padres. Los dos julianes descubrieron con horror que ni su padre era su padre, ni su madre era su madre. Que ya es mala suerte, porque uno de los dos, al menos, lo podría haber sido.
Las madres respiraron aliviadas al saber que no habían sido infieles a sus maridos, mientras que los maridos, en un resto de machismo del que hay que reconocer que se avergonzaron, lamentaron no haber aprovechado para acostarse con otra mujer, por muy igual que fuera y por muy poca cuenta que se hubieran dado.
Obviamente, las dos familias no tuvieron problema en ponerse en contacto, ya que en su momento se habían intercambiado los teléfonos, por si las moscas. Tras unos días de llanto e inquietud, los dos julianes decidieron seguir cada cual con la familia que les había criado, a pesar de ciertas reticencias iniciales. Y es que en realidad no tardaron en darse cuenta de que la otra familia les hubiera criado igual y hubiera venido todo a dar lo mismo.
Sin embargo, ellos estaban decididos a no cometer los mismos errores que sus padres. Sabedores de que siendo iguales corrían el riesgo de casarse con mujeres iguales, concebir el mismo día y confundir sus hijos, tomaron una decisión quizás demasiado drástica, sobre todo teniendo en cuenta que en el jurado había otros dos hombres iguales también a ellos, cuyas vidas, aun siendo más bien iguales, no lo habían sido tanto como para dar lugar a confusiones tontas.
En definitiva, lo que los julianes decidieron fue casarse con la misma mujer, y turnarse la convivencia semana sí, semana no, sin que ella lo supiera.
La cosa tenía sus indudables inconvenientes, como los celos, las tardes de soledad y, por qué no decirlo, las lamentaciones de quien tenía que pasar por un mal rato de pareja –discusiones, caprichos, agobios- mientras el otro Julián estaba, por ejemplo, emborrachándose con sus amigos.
El trimonio tuvo dos hijos perfectamente sanos y más bien parecidos, sin que ninguno de los dos julianes tuviese el menor deseo de desenterrar su kit de identificación de ADN para comprobar cuál de los dos era el padre de cada uno de los dos. Total, si daba lo mismo. Daba tanto lo mismo que a los dos bebés los llamaron Julián y Julián. A pesar de que uno era niña.
Jaime, mar 26, 2010, 11:15
Sangre medianamente fácil
Hay gente que no lo sabe, como mis padres y mis suegros, pero yo estuve casado durante dos meses. Fue hace muchos años: yo era joven y estábamos en plena crisis de 2009. Había que espabilar para sacar adelante el país, a pesar de los sociatas. Una tarde, mientras oíamos el tump-tump de los trabajadores de France Telecom que se suicidaban ventana abajo, una amiga y yo montamos un plan perfecto para sacarnos un dinerillo que nos permitiera aguantar unos meses.
La idea era sencilla: yo me hacía un seguro de vida por valor de un millón de euros, nos casábamos y luego planeábamos mi asesinato. Era importante que no pudieran inculparla a ella y que tampoco fuera un suicidio, porque si no, no cobraríamos. Pero todo plan tiene sus pequeñas imperfecciones. Y fueron esos pequeños detalles, porque el diablo está en los detalles, los que nos impidieron tener éxito en unas maquinaciones que sobre el papel parecían tan brillantes que las teníamos que leer con gafas de sol.
Intentamos asesinarme ya en la luna de miel. Normal que nos pusiéramos manos a la obra en seguida: no practicábamos el sexo (o sea, que no follábamos) porque era un matrimonio de pura conveniencia y además ella decía que le daba asco tocarme, por culpa de una enfermedad que pasé de niño y que convirtió todos mis músculos en grasa líquida.
Así, la segunda noche se disfrazó de ladrona, entró en la habitación y me disparó dos disparos en el pecho y uno en la cabeza. Pero los nervios y la inexperiencia le jugaron una mala pasada.
En el hospital, mientras yo recobraba la conciencia, se enteró de que las balas en el pecho no habían sido mortales, ya que en realidad me había dado en los sobacos, que los tengo hipertrofiados, y el tiro en la cabeza había sido justo en la mitad derecha del cerebro, la que me extirparon de niño cuando los médicos vieron que no le iba a dar uso a tanto cerebro y que mejor donárselo a algún niño listo.
Cuando me recuperé y mi mujercita aceptó mis disculpas por no haberme muerto y seguir siendo pobre, lo volvió a intentar en el mismo hospital. La idea era desenchufar las máquinas que me ayudaban a respirar y culpar al hospital de la negligencia, con lo que podríamos sacar el dinero del seguro y el de la demanda que le iba a caer al centro sanitario.
Pero se equivocó y desenchufó la tele. Ojo, se lo dije. Pero es que mi ex mujer se ponía de muy mal humor cuando le llevaba la contraria y sólo conseguí que me tirara la tele encima. No le faltaba razón: yo tenía que morirme y sólo me preocupaba por la tele. Que si está apagada, que si me aburro, que si no puedo ver nada. Es que no estaba a lo que estaba. No tendría que haberla molestado con tonterías.
Después de aquello pensamos que un accidente de tráfico era una buena forma de matarme y de cobrar. Por supuesto, había una pega: yo conduzco muy bien. ¿Cómo me voy a pegar un piño con lo bueno que soy al volante? Si no me he dedicado a la Fórmula 1 o a los rallies es sólo porque no he querido y además no me han dejado.
En todo caso, mi pichoncito, que tenía una mente ágil como un colibrí, dio con una buena idea: me dejaría sin líquido de frenos por sorpresa.
Maté a dos ancianas en un paso de cebra.
Por desgracia yo salí ileso del accidente.
Lo probamos de más formas: me dio a comer yogures caducados, me empujó por un barranco mientras yo gritaba "ay, qué resbalón más tonto", me puso un cedé de Extremoduro, incluso me volvió a disparar, con la mala suerte de que me pudieron trasplantar un corazón a tiempo.
Era el corazón de un niño que había nacido muy malo y no necesitaba tanto corazón.
Ay.
Sí, el médico era un lector empedernido de
El principito. Mató al niño y acabó en la cárcel. Pero salvó una vida: la mía. Que quería morirme para poder forrarme, pero bueno, son esas cosas que tiene la vida, que continúa cuando menos te lo esperas y, sobre todo, cuando menos a cuenta te sale.
Al final vimos claro que no estábamos hechos para matarnos el uno al otro y de que jamás conseguiríamos estafar a la aseguradora. De hecho, en realidad resultó que la aseguradora nos había estafado a nosotros. El caso es que habíamos contratado un seguro de vida a un señor que los vendía por la calle y que no nos dejó ni su número de teléfono, pero que a cambio de dos mil euros en efectivo, nos hizo una póliza en un momento, en una libretita que llevaba encima. Todo muy práctico. Pero por sorprendente que parezca, era un timo. ¡Nos habían estafado! Es increíble cómo te engañan sin que te des ni cuenta. Aún conservo el papel que nos dio: está FIRMADO y todo. Y parece una firma auténtica. Pero no, no era su nombre. Y la empresa Seguros Del Todo se ve que no existe ni nada.
En consecuencia, decidimos divorciarnos. De la rabia, me dio una paliza con un bate de béisbol. Pasé dos semanas en coma. Lo comprendo. Era un momento difícil y había que echarle las culpas a alguien. Y el que no se había muerto era yo.
Luego le supo mal. Vino al hospital a disculparse y todo, pero justo cuando estaba llegando, la atropelló una ambulancia. Una pena. Murió en la flor de la vida, con apenas sesenta y dos años. Con la ilusión que le hacía tener niños o en su defecto varios perros a los que ponerles jerseicitos. En fin.
Y aquí viene el toque irónico de la historia. Resulta que cuando nos casamos, sus padres le habían hecho a ella una póliza de seguros. ¡No hacía falta que hiciéramos otra! ¡Podríamos haberla matado a ella y cobrar! Supongo que no quería morirse, ya que era muy religiosa: incluso ponía e pesebre todos los años. El caso es que como todavía no estábamos divorciados, pude cobrar los nada menos que mil doscientos euros del seguro. Me compré varias grapadoras, que siempre vienen bien, y el resto me lo gasté en vinilos y cedés de coleccionista de Ramoncín. Es decir, no de música compuesta o interpretada por Ramoncín, sino que se los compré a Ramoncín. Con esto del pirateo, el pobre está viviendo debajo de un puente y no tiene más remedio que vender sus posesiones más preciadas. Dejad de robarle, malditos. Cada vez que os bajáis un episodio de
House, le desaparecen siete euros y medio. Yo os maldigo.
Jaime, mar 25, 2010, 07:55
Jaime Mayor Oreja: "El PSOE está conspirando con Eta, al-Qaeda, Erc y la Sgae para dar un golpe de estado en septiembre, vamos, digo yo"
Nada más entrar en el despacho de Jaime Mayor Oreja, le agarro de las narices para evitar una molesta redundancia y le grito, procurando escupir un poquito.
-Señor Oreja, ¿NO ES CIERTO QUE USTED EN REALIDAD ES TENIENTE?
Y entonces empiezo a carcajearme, jaja, Teniente Oreja, jaja, en lugar de mayor. Porque es menos rango y eso. Y luego además que teniente significa sordo.
Pasado el susto, Oreja también se ríe, con esa carcajadita tímida de niño al que no dejaban jugar en la calle. Charlamos tranquilamente durante unos minutejos, recordando los viejos tiempos en los que la vida entera nos parecía una trampa de la que sólo podríamos escapar yendo a Bruselas, y finalmente disparo. Con perdón. O sea, que pregunto.
-En fin, don Jaime (don Jaime tú, no don Jaime yo), ya sabes para qué he venido. ¿Qué nuevas conspiraciones has descubierto?
Mayor Oreja me explica que “el PSOE está conspirando con Eta, al-Qaeda, Erc y la Sgae para dar un golpe de estado en septiembre, vamos digo yo”, golpe que concluiría con Otegi como dictador de las Españas y la instauración “de un régimen del terror que se alternaría con treguas que Eta usaría para independizar las Vascongadas poco a poco y comenzando por Navalcarnero”.
El resto, gratis del todo, en
Libro de notas.
Jaime, mar 19, 2010, 10:52
¡Acabáramos!
Después de casi un año de duro trabajo (por parte de otras personas), sale a la luz el número 0 (porque nosotros no somos monjes medievales y sabemos que se empieza a contar por el cero. Ejemplo:
OOOO
Ahí hay tres redonditas:
0: O
1: O
2: O
3: O) del fanzine
¡Acabáramos!, concebido y dirigido de forma tiránica por los hermanos Alonso. Se puede descargar aquí:
¡Aquí!
La idea es que se lea EN PAPEL. Así que aprovechad que el jefe no mira para imprimirlo.
Ah sí, hay un cuento mío:
Durante el año en el que trabajé en France Telecom, me suicidé tres veces. Tres veces, maldita sea. ¿Y me sirvió para algo? No, claro que no. Para nada. Hazme caso, lo de los suicidios es la zanahoria colgada del palo, la forma de hacerte trabajar como un burro, de darte esperanzas, pero nada más.
Unos cabrones. Unos putos cabrones es lo que son. Joder. Lo das todo y luego. Joder. Hijos de puta. Y el caso es que la primera vez hasta me gustó. Me había quedado trabajando hasta tarde y estaba solo en mi departamento. Ahí, acabando unas cosillas, lo normal. Quiero decir, lo de las ocho horas es para los débiles. Si
realmente quieres algo, tienes que dar algo a cambio, tienes que demostrar que de verdad lo quieres. Los que tengan alma de funcionario, que hagan oposiciones. Coño, si no te esfuerzas un poco, no destacas y hay que destacar, hay que llamar la atención. Vale, no me enrollo, me centro.
Y sigue así durante cuatro páginas repletas de sexo, violencia, tacos, dinero e hilarantes saltos por la ventana.