Jaime, jul 1, 2009, 12:12
Así se enfrenta uno a una crisis
La crisis nos ha llevado a nosotros los aguerridos empresarios a tomar decisiones difíciles. Algunos de mis amigos se han visto obligados incluso a despedir empleados. Yo mismo estuve planteándome una solución similar, ante las dificultades que pasaba la empresa por culpa de la mala gestión de un sobrino mío al que puse como gerente.
Pero yo soy una persona con sentimientos y para mí, mis empleados son como hijos; qué digo como hijos, más, son como sobrinos; qué digo como sobrinos, más, son como los hijos de mis amigos; qué digo como los hijos de mis amigos, más, son como los niños que me cruzo por la calle; qué digo como los niños que me cruzo por la calle, más, son como perros sarnosos que viven entre cubos de basura y se pasan el día lamiendo charquitos sospechosos.
Así las cosas, yo no podía despedir a mis hijos, digo, a mis perros, y quedarme con la conciencia tranquila. Para mí lo más importante es mi conciencia. Que esté tranquila. Recurro a cualquier cosa para conseguir la tranquilidad de conciencia; normalmente me basta con engañarme a mí mismo, a veces necesito recurrir a drogas duras como por ejemplo los hidratos de carbono, y en casos extremos le cuento mis cosas a un amigo que se limita a contestar cosas como “aham… Sí… Aham… Claro… Si es que… Aham… Sí…”
Los mejores interlocutores son los que nos dan la razón con monosílabos. No es que nos comprendan y sean buenos escuchando, es que les importa una mierda y nos dan la razón para que nos callemos cuanto antes. Nadie quiere un intercambio de opiniones cuando va a “explicar sus problemas” o a “pedir consejo”: uno sólo busca sentirse reconfortado por el sentimiento de que tiene razón y de que todos los que no lo ven así son unos subnormales que merecen una tortura larga y dolorosa por venir a molestar.
¿Por dónde iba? Ah sí, mis sentimientos. No hubiera soportado la idea de despedir a uno sólo de mis trabajadores y dejar a sus hijos morirse de hambre. Porque al ser sus hijos, son como mis nietos, qué digo mis nietos, etcétera.
Por suerte, los empresarios nos caracterizamos por una mente ágil, rápida, despierta; una mente que nos permite ganar fortunas con las que nos pagaremos las fianzas que probablemente tendremos que abonar en un futuro. Ah, pero a quién le importa el futuro, habiendo un presente y un pasado, entre otras cosas, como sofás y cacerolas.
Y así se me ocurrió una gran idea, lo que viene a ser una ideaca, para poder mantener todos y cada uno de los puestos de trabajo, para no tener que despedir absolutamente a nadie. Y era una solución fácil, rápida y casi limpia. Limpia del todo, no, porque luego había que fregar.
Y es que consistía en cortar un brazo a todos y cada uno de mis empleados. El izquierdo. A todos. Lo de los zurdos me da igual porque esta es una empresa laica y no creo que nos tengamos que regir por las creencias de los demás. Que usen la derecha, como buenos católicos, y punto. No entiendo eso de que vengan los extranjeros a imponernos su cultura. Tendrán que adaptarse ellos, ¿no?
Esta hábil solución ha permitido recortar los sueldos en un ocho por ciento sin que haya excusa para las quejas. Porque claro, ¿para qué querrían tanto dinero si, al tener menos cuerpo, necesitan menos calorías? Cae por su propio peso. Como los brazos, cuando los serrábamos, que también caían por su propio peso. Es lo que tiene la gravedad.
Están guardados en hielo. Cuando las cosas vuelvan a ir bien, se los recoseremos. Y si las cosas empeoran aún más, pues ningún problema: había pensado en cortar los brazos izquierdos a sus esposas. Luego a sus hijos. Y luego las piernas izquierdas y las piernas derechas y las orejas y las cabezas y todo hasta que quede el brazo derecho, que es el que se usa para trabajar en mi empresa.
Ah sí, qué no haría yo por mis empleados. Soy como un padre para ellos. Como el clásico padre que amputa los miembros a sus retoños para no tener que gastar tanto dinero en comida. Es época de sacrificios. Pero saldremos de esta. Y algunos ni lo habremos notado.
 
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Jaime, jun 12, 2009, 09:39
Pues a mí no me parece tanto
Ha habido mucho revuelo por el hecho de que el Real Madrid haya pagado más de noventa millones de euros por un jugador de fútbol. Al parecer, se trata de una cifra desorbitada en los tiempos de crisis que corren. Cada vez hay más gente sin trabajo y todo ese dinero se malgasta en un tipo que probablemente no tenga estudios y que lo único que sabe hacer son cosas de estas del fútbol, como regatear y pasar y meter triples y eso. Y que menuda ironía si, por ejemplo, la empresa de la que es dueño Florentino Pérez se pone a despedir a gente.
Pero creo que esta argumentación es equivocada. El futbolista en cuestión podrá ser un lerdo, alguien que de no existir el deporte profesional estaría por las calles endrogado y robando a las pocas ancianitas que no se lo pudieran sacar de encima a bolsazos. Pero es una persona. Un persona humana, incluso. El Real Madrid compra un jugador de fútbol y, por tanto, compra una persona humana incluso. ¿Acaso se le puede poner precio a la vida de un incluso, que es incluso sagrada? ¿No es poco cuanto se pague, por mucho que sea?
Y tanto que lo es. Y tanto. Y tonta. Se podría pagar el doble y no llegar a rozar el verdadero precio de una persona inclusa, o incluso de una persona coche. Y tente. Por tanto, tanta queja sobra. Es muy triste que cualquiera de nosotros pudiera vivir cómodamente el resto de sus vidas con una vigésima parte de esa cantidad. Pero hoygan, cualquier gasto es poco si se trata de una persona.
Propongo una colecta para enviar dinero al Real Madrid y pagar así aún más por la inclusa y que no queden como unos cicateros miserables que regatean por el precio de una vida humana, porque la vida que en realidad no tiene precio, tiene… VALOR.
Porque sólo un necio confunde valor con etcétera.
Venga, todos a soltar pasta, malditos tacaños, no vayamos a quedar como unos nazis. Que hoy es Cristiano Ronaldo, pero mañana puede que pongan PRECIO a TU VIDA. Y no quieres eso, no quieres ser tratado como un esclavo, no quieres ver cómo regatean por tus servicios, cómo pagan una suma ridícula (¿cincuenta millones de euros?) por el incalculable valor de tu vida y luego pasas a lo mejor tres o cuatro años encadenado, esclavizado a un empresario que te paga, qué se yo, diez millones anuales de mierda por trabajar dos horas al día, algunos días a la semana.
Con estas cosas no se juega. Esclavismo, pase. Pero sin perder la dignidad.
Dicho lo cual, a mis lectores les interesará saber --a vosotros igual no, pero a ellos sí-- que al final conseguí que el vagón pasara por la puerta. Tuve que tirar media pared abajo y los bomberos han evacuado el edificio, pero bah, nada que no se arregle con un poco de pintura y masilla.
Sigo trabajando en mi prototipo. Tengo problemas para inflar el globo bajo techo. Pero creo que estoy cerca de conseguir elevar por los aires mi primer CAVIÓN.
 
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Jaime, jun 10, 2009, 10:14
Trenes voladores
Estaba pensando el otro día y se me ocurrió que los trenes no están mal: es decir, transportan gente de un punto a otro a una velocidad razonable, con una comodidad no despreciable y una puntualidad meritoria (al menos en el resto del mundo).
Pero los trenes tienen un problema: necesitan de la construcción de vías para su desplazamiento, cosa que limita su velocidad de implantación y la elección de destinos: si no hay vías, no se puede llegar.
Por eso se me ocurrió que sería una buena idea hacer trenes voladores. En realidad hablaríamos de un solo vagón volador; eso sí, algo más largo de lo común: no sería factible la idea de un tren volador articulado. Esto permitiría prescindir de las vías en caso necesario.
Estos trenes voladores no irían con alas, como sugirió un conocido mío de pocas luces. La idea de volar con alas que se agiten, imitando a las palomas, es ridícula. La anatomía de las aves no tiene nada que ver con la configuración de un tren: las aves tienen por ejemplo los huesos huecos, mientras que los trenes no están huecos, sino rellenos de gente y asientos.
Mi idea es que estos trenes se eleven al llevar encima suyo un globo enorme con gases inflamables, como por ejemplo hidrógeno. Los gases serían inflamables por razones de seguridad: en caso de accidente en un lugar de difícil acceso, es mejor que los cuerpos ardan y no se propaguen enfermedades ni se contaminen las aguas de los ríos cercanos.
Incluso he pensado un nombre para estos trenes voladores: caviones. Mezcla entre ave y camión. Es importante remarcar el parecido con un camión, al no tener alas. Además, la terminación –ón ayudaría a dejar claro que los caviones son más grandes que por ejemplo una gaviota y así la gente no se asustaría pensando en cómo puede un pajarraco de esos llevar a tantas personas encima.
La verdad es que no entiendo cómo no se le ha ocurrido a nadie antes. En fin. Mejor para mí. Voy a vender mi idea a las compañías constructoras de ferrocarriles. Volveré para cenar. Rico y famoso. Jaime Rubio, el inventor de los caviones.
 
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Jaime, abr 21, 2009, 12:57
Porque sí
Su obsesión con el cumplimiento de las normas le llevaba a cruzar la calle cada vez que veía un semáforo en verde. Sabía que el verde quería decir que tenía permiso para cruzar y no que estuviera obligado, pero no podía dejar de pensar que si tenía permiso sería por algo. Asimismo, cuando se encontraba un semáforo en rojo no esperaba a que cambiara de color, sino que seguía caminando por la acera hasta que daba con uno en verde.
Y es que las cosas no se hacen porque sí. Las autoridades competentes no son tontas, de ahí que se llamen “competentes”, y si permitían cruzar la calle en determinados momentos era por supuesto pensando en el bien general de la sociedad. Se permitía el paso porque este paso era adecuado. No se obligaba, claro, pero una cosa era la ley y otra la ética. Cada semáforo en verde era por tanto un ruego: haznos las cosas más fáciles, parecían decirle los gobernantes, cruza ahora y por aquí, sigue nuestro plan y todo irá mucho mejor para todos.
Estaba convencido de que actuar de otra forma era un error que iba en perjuicio del bien común. De hecho, cuando estaba con sus amigos y familiares y surgía el tema, no dudaba en defender su práctica: los semáforos están estudiadísimos, los intervalos y sus frecuencias, medidísimas; si una de estas señales se ponía en verde permitiendo el paso, no era porque sí. No. Las cosas no se hacen porque sí. En absoluto. Había causas bien fundadas. Motivos imperiosos. Razones consistentes. Todo con vistas a que los peatones pudieran circular con la mayor fluidez posible.
Y sí, reconocía que a veces perdía el tiempo cruzando a cada semáforo o caminando hasta encontrar uno que le diera vía libre. Pero si todo el mundo lo hiciera, esto llevaría sin duda grandes beneficios a la sociedad. Por ejemplo, los peatones no se pararían en medio de la calle, esperando a cruzar y obstaculizando así a los demás su camino. Y… Er… Hm… Entonces miraba muy serio a sus interlocutores, bebía un trago de lo que estuviera bebiendo y… Er… Hm… En serio, sería… Lo mejor… Porque no se… Hm… Pararían… Las cosas no se hacen… No se hacen… Las cosas no se hacen porque sí, ¿no? No, en absoluto. Y se reafirmaba en sus ideas con cada burla, con cada duda, con cada pregunta fuera de lugar. No, no se hacen porque sí. Y si la gente le hiciera caso, todo iría mucho mejor. Las calles serían ríos de gente, con meandros fluidos y… En fin… Las cosas no se hacen porque sí y punto.
 
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Jaime, mar 4, 2009, 08:51
Hay gente mala por el mundo
Nadie sospechaba que tras la fachada del alegre asesino en serie J. R. H. se ocultaba un aburrido oficinista. Incluso sus vecinos aún explican lo sorprendidos que se quedaron cuando descubrieron que J. R. H. ocupaba su en apariencia inocente tiempo libre cuadrando balances.
"No sé --explica una señora que vivía puerta con puerta con él--, parecía muy majo... Yo siempre le veía descuartizando y enterrando cadáveres de universitarias... Lo normal en un chico de su edad. Y a mí siempre me ayudaba cuando iba cargada con mis quilitos de cocaína".
No es la única: en su calle recuerdan lo esmerado que era al esparcir los restos de cadáveres, lo mucho que sabía acerca de alegres prácticas como la extorsión y el entusiasmo con el que hablaba del que decía era su hobby: la fabricación de explosivos caseros.
Pero no, la nitroglicerina y la sangre no eran el centro de su vida: mientras de día asesinaba y torturaba a universitarias, de noche trabajaba en una oficina, aprovechándose de la diferencia horaria con América. Al parecer y aunque aún está por confirmarse, se dedicaba a llevar la contabilidad de una empresa importadora de cafeteras de inducción.
J. R. H. llevaba sus atrocidades al extremo más repugnante: lucía corbata, traía el almuerzo en un táper, leía la prensa, tomaba cortados con sus compañeros de trabajo (sí, no actuaba solo en sus fechorías) y los lunes se quejaba de lo mal que había jugado su equipo de fútbol favorito.
Los policías que le apresaron, hombres hechos y derechos que han visto de todo, no pueden disimular una mueca de asco cuando hablan de los interrogatorios llevados a cabo ante el juez. Porque J. R. H. ha confesado muchas otras costumbres repugnantes: tomaba sopa con regularidad, planeaba comprarse un coche de marca francesa, está enganchado a The office y a House y coleccionaba relojes de bolsillo.
Según los juristas consultados, J. R. H. podría pasar treinta años en prisión. La pregunta es: ¿qué hacemos con este sujeto dentro de treinta años? ¿Es posible la reinserción? Los datos de contables reincidentes son alarmantes y nos llevan a considerar la posibilidad de quemarlos vivos a todos y a cada uno de ellos y matar a todas y a cada una de sus familias, para erradicar de raíz cualquier posible multiplicación de un hipotético gen de la contabilidad.
 
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