Jaime, 19 de noviembre de 2008, 15:51:52 CET

Acerca de la importancia de tener insecticida en casa


Le despertó un zumbido en la oreja. Maldito bicho. Primero lo apartó con la mano. Luego ya usó el brazo entero. Pero volvía. A la oreja. ¿Qué tenían las moscas y los mosquitos con las orejas, especialmente las suyas y sobre todo cuando estaba durmiendo? O intentándolo. Miró el despertador: las nueve de la mañana. Y era sábado. Gritaría exigiendo venganza, pero tenía demasiado sueño. La mosca parecía saberlo: otro zumbido en la oreja. Soltó otro manotazo al aire. Sin darle a nada que no fuera el aire. Se sentó sobre la cama. El bicho estaba parado en la pared de enfrente. Se levantó, cabreado, pero aún atontado, con la boca pastosa y los ojos casi abiertos. Sábado. Nueve de la mañana. Aquello era un insulto. Agarró una zapatilla y la lanzó contra el bicho. Nada. Oyó el zumbido y vio la manchita negra moverse de un lado a otro de la habitación con lo que le pareció orgullo. Cogió su otra zapatilla e intentó golpear al insecto cada vez que dejaba de volar, pero lo único que consiguió fue ensuciar la pared. Bien pensado, genio. Salió a la cocina en busca de algún esprái matabichos. Pero lo único que encontró fue fairy, KH7 y una sandwichera que no recordaba haber comprado. Buscó un periódico, el clásico periódico que enrollado se podía convertir en la némesis de cualquier mosca, por ágil que fuera, pero en toda la casa no tenía ni uno. Maldito internet. La prensa online estaba matando el papel y dejando vivos a muchos bichos. Demasiados. Recordó que una vez había leído que el ciclo de la vida de una mosca era de apenas tres días. ¿Y por qué todas las que veía estaban vivas? ¿Adónde iban a parar los cadáveres? Oyó un zumbido y unos golpecitos. Se giró. No podía creer lo que estaba viendo. El maldito bicho estaba intentando salir de la casa y lo hacía por la mitad cerrada de la ventana. Era increíble. Claro, no se le podía exigir mucho a un bicho, pero maldita sea. Diez centímetros a la izquierda. Sólo diez centímetros a la izquierda. Bien mirado, una ejecución no era necesaria. Se conformaría con el exilio: expulsar a la mosca de sus dominios y tomarse un café. Que buena falta le hacía. Intentó dirigir al bicho hacia la parte abierta de la ventana. Pero el muy idiota se debió despistar o incluso asustar (¿los insectos se asustan?) y se fue hacia el techo. Estaba quieto. Muy quieto. Acercó una silla. Agarró un cojín. Seguía sin moverse. Subió muy lentamente a la silla, preguntándose si para una mosca suponía alguna diferencia estar bocabajo en el techo o si le daba exactamente igual. Una vez encaramado, intentó golpear al bicho con el cojín. Con el ímpetu asesino, la silla se tambaleó. Él resbaló. Intentó recuperar el equilibrio, pero no encontró nada a lo que agarrarse. Mientras caía, vio cómo la mosca se largaba volando. Con orgullo y cierta sorna. Se golpeó en la cadera contra la cornisa de la ventana y cayó hacia fuera. También era mala suerte. Sólo diez centímetros a la derecha y se hubiera golpeado contra el cristal. Durante el funeral, todo el mundo le recordó como una buena persona. Al fin y al cabo lo había sido. De hecho, fue incapaz de matar una mosca.


 
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