sábado, 10. diciembre 2011
Jaime, 10 de diciembre de 2011 13:01:41 CET

Exigencias del guión. Pantalones. Incluye JUEGO DE PALABRAS, pero ya al final


No tengo ningún problema con desnudarme si lo exige el guión. El problema es que a veces entiendo mal lo que se espera de mí y esto lleva a cómicas y simpáticas situaciones. El otro día por ejemplo, subí al autobús y, creyendo que lo exigía el guión, me bajé los pantalones.
Jaja, fue divertidísimo.
Gritos, un frenazo brusco, varios golpes, caída al suelo, patadas, llegó la policía, me llevaron a comisaría, más patadas, firma de una declaración en la que admití que me resistí y cuatro noches en el calabozo hasta que el abogado de oficio se presentó, más patadas y finalmente pude salir a la calle. Donde entendí mal un comentario que no iba dirigido hacia mí de una persona que en realidad no estaba allí y me volví a bajar los pantalones, tras lo que oí unos gritos, sentí varios golpes y perdí el conocimiento.
Desperté en el hospital. De hecho, me despertaron los puñetazos que me estaban propinando unos señores y señoras que identifiqué con doctores, doctoras, enfermeras y celadores. Al rato me acostumbré y pude seguir durmiendo.
Soñé que estaba jugando a béisbol. Y de repente todo el equipo paraba de jugar y comenzaba a golpearme con los bates. Eso sí, bien coordinados, primero uno y luego el otro, sin molestarse, alternándose con un ritmo envidiable. Les felicitaba, escupiendo sangre y dientes, por el gran trabajo que habían hecho para acabar tan compenetrados, y sonreía, confiando en que finalmente ese año podríamos ganar el campeonato.
Es curioso cómo funciona el cerebro. Uno sueña por ejemplo que llega tarde al trabajo y se despierta y se da cuenta de que ha apagado el despertador medio dormido y por eso el cerebro le está avisando, de una forma un tanto retorcida, de que sí, de que está llegando tarde.
Algo parecido me pasó a mí. Soñaba con ese equipo de béisbol, cuando yo no he jugado en mi vida a ese deporte (ni a ningún otro) y cuando desperté me di cuenta de que mi padre me estaba golpeando la cara con un bate de béisbol mientras mi madre empujaba la silla de ruedas, camino ya de la calle porque me habían dado el alta.
Por desgracia y un poco de mala suerte, los golpes de bate en la cara hicieron que aquella alta no tuviera mucho sentido, ya que era evidente que necesitaba volver al hospital, así que una vez en el taxi nos dirigimos a otro centro. Otro, claro, porque volver al mismo hubiera sido abusar de la hospitalidad de aquellos señores.
Mis padres me arrojaron del taxi en marcha más o menos a la altura de la entrada de urgencias, donde fueron a buscarme dos enfermeros con muletas, que usaron para seguir golpeándome.
Cuando se cansaron y se fueron, comencé a arrastrarme por la calle, en dirección más o menos a mi casa. Por suerte, me encontré a un conocido que me ayudó a levantarme y a encontrar mi ojo izquierdo.
--Jolín, ¿qué ha pasado? --Preguntó.
--No veas qué semana más dura. QUÉ PALIZÓN. ¿Eh? ¿Lo pillas? ¿Eh? Es bueno, ¿eh? Qué palizón. ¿Lo pillas? ¿Eh? Es bueno, ¿eh? Palizón por la paliza y como si fuera que estoy cansado de trabajar o algo así. ¿Lo pillas? Es bueno, ¿eh? ¿Eh? ¿Eh? Te guiñaría un ojo, pero lo tengo en el bolsillo.
No lo acabó de pillar, porque no sabía el resto de la historia. Pero amablemente me subió a un taxi y me acompañó a unos grandes almacenes. Subimos a la planta de deportes, donde estuvo probando varios palos de golf, comparando pesos, longitudes y materiales, hasta que dio con un hierro 7 perfecto con el que me rompió la mandíbula.


 
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