miércoles, 20. mayo 2009
Jaime, 20 de mayo de 2009 14:38:35 CEST

Bastaría con fijarse un poco


Odio las confusiones. Comprendo que son inevitables, que no hay nada que hacer, que somos humanos y que los humanos nos equivocamos. Pero a veces es demasiado. En serio. A veces. Me enfado y todo. Porque a veces. En serio. Es que. Es por no fijarse. No llega ni a incompetencia. Por no fijarse.
Yo fui víctima de una confusión poco menos que irritante. Un claro ejemplo de lo que comentaba. Ni incompetencia: dejadez. La gente no se implica de lleno en su trabajo. Es que ni siquiera presta un mínimo de atención. Todo le es igual. No es que no sepa, no es que no sea capaz. Es que ni lo intenta. Ni se preocupa. Le importa un bledo. Un bledo así de grande.
Pues bien, hace poco me enteré de que yo en realidad no soy yo, sino que soy Jacobo Moreno. Socio de un concesionario en Ciudad Real. Cuarenta y siete años. Casado y con tres hijas. Al parecer, alguien se había liado en el departamento correspondiente. El típico despistado que no se fija en las cosas. Que hace su trabajo rápido y mal. Por cumplir el expediente. De cualquier manera y entre café y café. Y así no se hacen las cosas, no señor. Porque así es como salen mal. Igual hasta se dio cuenta. Pero dijo bah, qué más dará. Ya está hecho. La carpeta está archivada. Nadie se enterará. Da lo mismo.
Ah, pero yo me enteré. Porque al final estas cosas se saben y desde luego no dan lo mismo, no señor. Es que uno acaba percibiendo que no es quien cree ser. Por esa desazón y comezón interior. Esa sensación de estar en el lugar equivocado. Un constante preguntarse por el sentido de la vida, no ya cuál es, sino si ni siquiera hay alguno. La exasperante sensación de no encontrar trajes de mi talla.
Me puse rojo de la rabia nada más enterarme. Me salió hasta un sarpullido, fíjense, aún me ve un poco aquí en el brazo. Porque claro, y ahora qué. Ese señor ya se había acostumbrado a mi vida y a mi identidad. Y yo a la suya, por supuesto. Pero en fin, las cosas, o se hacen bien o no se hacen. Y había que buscar una solución.
Intenté explicárselo de forma racional. Pero no escuchaba. Decía que no, que su vida era suya, por no hablar de su identidad. Argüía que mis sentimientos eran normales: ante el misterio de la vida y nuestra ignorancia respecto al origen de la misma, lo normal era sentirse abrumado y superado.
También se lo intenté explicar a su esposa. Pero me trataba de loco. Aunque me miraba con buenos ojos. Normal, se había enamorado de él, que en realidad era yo. Y yo era un yo mejorado al yo que ella conocía. Más joven y atractivo, para empezar.
Al final la señora y yo entablamos una relación más que amistosa. Ella no acababa de entender el problema existencial que nos atañía a Jacobo y a mí, pero me ayudó a disponer del cadáver de su marido, que en realidad no era su marido porque su marido era yo.
A alguno le puede parecer una solución excesiva. Pero dadas las circunstancias, era lo mejor. De pura lógica: mejor que una persona fuera quien debía ser a que no lo fuera ninguna de las dos por culpa de la comodidad y de la estrechez de miras de uno de ellos, que en realidad no era el uno sino el otro.
El juicio fue desagradable, pero se admitió mi impecable razonamiento. Tenía mis dudas, porque la gente además de vaga tiene la costumbre de ser medio idiota, pero supongo que supe explicarme. El caso es que había dos identidades en disputa: la mía y la de Jacobo. Yo disponía de la de Jacobo y exigía la mía de vuelta. Jacobo no tenía derecho a la mía y rechazaba la suya. Si la rechazaba, si no la quería, si no la usaba, no dejaba de ser también mía, así que el hecho de matarle no fue más que un suicidio.
Lo malo es que su mujer no es mi tipo. Pero en fin, es normal, no le puedo echar nada en cara al pobre hombre. Hizo lo que pudo con mi identidad, del mismo modo que yo seguro que cometí errores al vivir su vida. Pero es una buena mujer y los chicos, ja ja, son unos diablillos encantadores.
Ahora ya está todo bien. Prácticamente ha desaparecido la desazón existencial que sentía sin saber bien por qué. Esa náusea que me provocaba una vida que me parecía absurda. Y con razón. Porque no era la mía. Todo por culpa de un inepto. Un cretino incapaz de hacer lo mínimo. De leer bien un par de nombres. Quiero pensar que fue sin mala intención. Pero es que hay mucho inútil suelto. Mucho vago. Mucho idiota.


 
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