martes, 9. noviembre 2004
Jaime, 9 de noviembre de 2004, 15:51:02 CET

Pollo con peras


Arturo Sánchez vivió sus semanas de gloria televisiva el año pasado, después de llamar la atención de todo el mundo en el Diario de Patricia. El tema del programa ya era de por sí escandaloso: "Le soy fiel a mi mujer". Pero de entre la gente extravagante con historias enrevesadas que se presentó aquella tarde, destacó Arturo, que había conocido a su novia a los dieciocho y llevaba veintitrés años con ella, quince de ellos casado. Además, en el transcurso de aquella morbosa entrevista, Arturo confesó que le gustaba ir al cine los domingos y que su plato favorito era el pollo con peras. También explicó que tenía dos hijos, que iba a misa las fiestas de guardar, que jamás había fumado un porro y que le gustaba leer libros de historia. A pesar de eso, explicó, ejercía como maestro en una escuela pública. Al respecto añadió que, obviamente, muchos padres no se fiaban de él, especialmente porque -y aquí parte del público incluso le insultó- era abstemio. Pocos le creyeron, pero eso no fue obstáculo para que se convirtiera en un habitual de los platós de televisión y de los estudios de radio. Incluso fue a Crónicas Marcianas, donde explicó, para pasmo de los espectadores, que jamás se había discutido con su suegra y que de niño no había sufrido malos tratos. Más detalles escabrosos de su vida: la relación con sus padres era buena, no tenía ninguna malformación, su mujer no era drogadicta y sus hijos no habían sido violados por ningún cura ni por ningún monitor de esplai. Sin embargo, supuestos amigos y compañeros de trabajo de Arturo no tardaron en llamar y acudir a los mismos platós para explicar que nada de lo que decía era cierto. Su mejor amigo afirmó –"lo hago por su propio bien", dijo- que el difunto padre de Arturo había sido alcohólico y que cuando Arturo era niño no hacía más que insultarle a él y a su madre. La canguro de sus hijos explicó con todo lujo de detalles cómo le había intentado meter mano una noche. Y cómo ella había accedido. Su mujer no explicó nada porque resultó que llevaba dos años muerta. Había fallecido en circunstancias muy sospechosas, poco después de aquel asunto con la canguro. Un antiguo compañero de trabajo contó cómo había robado dinero de la empresa para pagarse su adicción al juego. Su suegra se quejó de que en más de una ocasión Arturo la había llamado "vieja, gorda y estúpida". También se supo que su hijo de doce años había muerto en una pelea de bandas callejeras y que su hija de nueve se había fugado con un monitor de esplai. En definitiva, que su vida era absolutamente normal. Arturo se defendió torpemente de aquellas acusaciones. Insistía en que decía la verdad, en que sus principios morales le prohibían mentir, en que lo de su mujer se podía explicar fácilmente, en que el único juego al que era adicto era el ajedrez. En que él no era como los demás. Pero los pocos que le creían dejaron de defenderle. Imagino que por lo tranquilizador que era suponerle igual de anodino que todo el mundo. Arturo, por tanto, no tardó en ser olvidado y apartado de la televisión. Creo recordar que le sucedieron como estrelluchas de lo grotesco un tipo que aseguraba ser heterosexual y una señora que quería ser funcionaria. Hablo de todo esto porque la semana pasada vi a Arturo Sánchez en una cafetería. Me costó reconocerle, a pesar de que vestía ese traje gris que le había hecho famoso. Llevaba barba de tres o cuatro días, y el cabello grasiento y descudidado. Además, no eran ni las seis de la tarde y ya iba medio borracho. Estaba hablando con alguien a quien probablemente acababa de conocer. Le explicaba que en realidad no había mentido. -Tú me crees porque eres mi amigo y hay confianza, aunque hace poco que nos conocemos –decía-. Has de saber que no es verdad todo lo que se dijo acerca de mí. Pero en la tele, ya se sabe, te condenan sin dejar que te defiendas. Puede que exagerara los hechos, puede que quisiera ser famoso, puede que quisiera parecer extravagante. Y quién no. Lo que importa es que gran parte de lo que dije era verdad. La mayor parte. Y lo que cuenta es el fondo, no los detalles –Hizo una pausa para tomar otro trago de cerveza-. Me encanta el pollo con peras –añadió-. No sabes cuánto. Y la puta de mi suegra lo hacía mejor que nadie.


 
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