miércoles, 3. noviembre 2004
Jaime, 3 de noviembre de 2004 13:03:57 CET

¿Hay algún médico en la sala?


Aquello había sido aún mejor que cuando se subió a un taxi envuelto en una gabardina y fumando un cigarrillo sólo para decir aquello de "siga a ese coche". Ese coche era un Peugeot gris que fue de la Plaza Catalunya hasta la calle Numancia, para desaparecer en un parking subterráneo.
Sí, mucho mejor.
A un tipo le había dado un ataque. En medio de la calle. Otro hombre -también cincuentón, también trajeado- estaba llamando a una ambulancia. Dos señoras y un veinteañero se habían parado a ver si podían hacer algo, aunque ya sabían que no podían hacer nada. Tenían ganas de irse -muchas-, pero no hubiera sido nada bonito. El civismo inútil.
Cuando vio la escena, Javi se acercó a grandes zancadas mientras se quitaba la chaqueta.
-Apártense -bramó, mientras colgaba la cazadora del brazo de una de las mujeres- soy médico.
Se agachó junto al hombre, que estaba sentado, apoyado contra un portal. Le deshizo el nudo de la corbata y le desabrochó los dos primeros botones de la camisa.
-No intente hablar. Respóndame moviendo la cabeza muy lentamente. ¿Le duele el pecho?
El hombre asintió. Javi alzó la mirada.
-¿Han llamado a una ambulancia?
Y todos dijeron que sí.
-Hace rato, pero no vienen...
-Ya les he llamado dos veces.
-¿Qué es lo que tiene?
-Señora -contestó Javi-, si llevara un electrocardiograma en el bolsillo se lo diría.
-¿Un infarto?
-O una angina de pecho, o una arritmia, o un susto. Lo sabremos cuando lleguemos al hospital. ¿Usted le conoce? –Preguntó al otro encorbatado.
-Sí, somos compañeros de trabajo.
-¡Pues háblele! ¿No ve que se siente solo? Todas las enfermedades vienen porque nos sentimos solos. No lo olviden. Cásense, tengan hijos y trabajen en multinacionales: no enfermarán.
Y el cincuentón se agachó.
-Alberto... Er... ¿Cómo llevas el informe de ventas? Si quieres, te puedo echar una mano... Mientras te recuperas...
-¡Cójale la mano, que se nos va!
El hombre obedeció.
-Tú descansa... Que en nada estaremos tomándonos unas cervecitas... Bueno, si te dejan los médicos.
-Y oiga –dijo una de las señoras; sesentona, con el pelo blanco azulado y un abrigo que podría haber llevado Jackie Onassis- ¿se va a poner bueno este pobre hombre?
Javi alzó la mirada. Luego alzó el resto del cuerpo. Por último, se llevó la mano derecha al corazón.
-No debería decir esto porque los médicos no decimos estas cosas hasta que estamos totalmente seguros, pero sí, este hombre vivirá. Desde que durante mi primera noche en urgencias se me murió en los brazos una señora por culpa de un infarto, me prometí a mí mismo que no volvería a perder a ningún cardiópata. Me equivoqué con la medicación, ¿sabe? Le receté tripocasina, que como usted ya sabrá...
El hombre que estaba tendido en el suelo comenzó a respirar con más dificultad, casi gimiendo. Javi volvió a arrodillarse y acercó la oreja al pecho.
-¡Necesita veinticinco miligramos de tridecodeína! ¡Y un vasodilatador! ¿Dónde está esa ambulancia? ¿Alguno de ustedes lleva gelocatina? ¿No? ¿Y tridifeldespato? ¿Tampoco? ¿Y permanganato de potasa? Maldita sea, ¿por qué no viene la ambulancia?
Una de las señoras se santiguó, la otra miró apartó la mirada y el amigo del moribundo usó su mano libre para sacar el móvil del bolsillo y llamar de nuevo al 061. Algún otro curioso se paró. ¿Qué ocurre? A ese hombre le ha dado un ataque. ¿Y la ambulancia no llega? Mierda de seguridad social.
-¡No hay tiempo, no hay tiempo! ¡Van a llegar tarde! ¡Usted -le dijo al veinteañero-, levántele las piernas!
El chaval agarró al enfermo por los tobillos y alzó las extremidades.
-¡Señora, aparte que me tapa la luz!
Javi comenzó a soltar puñetazos en el pecho del hombre. Los nudillos contra el esternón.
-Oiga, ¿eso no es un poco bestia? -Sugirió el veinteañero al oír cómo los gemidos del hombre cobraban fuerza. El encorbatado sonaba como un asmático que intentara cantar ópera después de subir cinco o seis pisos corriendo por las escaleras.
-¿Usted es médico? ¿Eh? ¿Lo es? No, ¿verdad? Ésta es la maniobra Korsakov. Salva vidas. Las preguntas idiotas, no.
A todo esto, el hombre se iba poniendo violeta y los ojos se le iban quedando en blanco.
-¡Coño! -Soltó su amigo- ¡Alberto! ¡Oiga, que está azul! ¡Alberto! –Y le agarró más fuerte de la mano.
-Apártense -dijo Javi, para volver a insistir con los puñetazos. Uno tras otro. Con rabia. Haciéndose daño. Cuatro, cinco, seis. Y otro. Y otro más. Y otro. Hasta que el cuerpo del tal Alberto dejó de sacudirse y arquearse, y se quedó totalmente inmóvil.
-Mierda... Lo hemos perdido. Hora de la muerte: dieciséis veintidós.
Y entonces se oyeron las sirenas. La ambulancia aparcó. Bajaron un médico y un camillero.
-Buenas -dijo Javi-, soy el doctor García, del Hospital del Norte. Es un varón de cincuenta años. Posible causa de la muerte: parada cardiorespiratoria. Y ahora, si me permiten.
Y cogió su chaqueta del brazo de la señora y se fue calle abajo, mientras los médicos, las señoras, el veinteañero, algún que otro curioso, el compañero del muerto y el muerto se quedaban todos muy quietos y con los ojos muy abiertos.
Mejor que lo del taxi. Desde luego. Ni punto de comparación. Por suerte, aún le quedaban cosas por hacer. Te he dicho que no me llames a casa. Lleve este avión al aeropuerto de Tel Aviv o estallará por los aires. Me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir. En realidad estoy huyendo de mí mismo. Haz que parezca un accidente.
Y tantas otras.


 
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